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Domingo

Pisístrato Oriental


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Al salir de las puertas principales del aeropuerto, una onda térmica inédita de cuarenta y tantos grados centígrados marcó el cruce de una nueva frontera. Un chofer de origen tamil me recibió y me dirigió hacia el hotel que me albergaría durante mis primeras semanas en el Emirato. Camino al hotel, me percataba, con cierto asombro tropical, de toda la opulencia y desmesura ingenieril de la autopista del Jeque Zayed, la arteria principal de Dubái, que a su vez se adornaba con retratos en vallas y edificios de los emires de Abu Dhabi y Dubái, que conjuntamente detentan la totalidad del poder ejecutivo federal de la nación del Golfo. 

En un reflejo casi animal, vi todo esto con profunda sospecha. Todas las tradiciones y concepciones políticas en las que he sido formado, vertientes que mal podríamos llamar occidentales, denuncian el culto a la personalidad como una práctica nociva que irremediablemente lleva a totalitarismos de indistintos tintes ideológicos, caos político-económico y una pérdida general de libertades. Y es que aquí no las existen todas, admisiblemente. El Internet es extensivamente monitoreado. La prensa crítica no existe. Los castigos corporales siguen vigentes y a las mujeres musulmanas se les niega agencia al estar bajo tutela legal permanente de sus padres o esposos. Hasta el año pasado, la ley proscribía la cohabitación de parejas no casadas. Sin entrar en el sofístico ejercicio de contraponer o colocar las libertades civiles en la misma escala del bienestar económico como en una especie de perverso 

cálculo utilitarista, constaté que la evolución de los estándares de vida promedio en los emiratos no corresponden con la “evolución” de sus derechos sociales y políticos.

El culto a la personalidad también a menudo implica decisiones unilaterales desastrosas en la gestión económica de un país, se dice. Fomenta la corrupción y el capitalismo de rentas, especialmente en países que tienen una dotación significativa de recursos tales como minerales o petróleo. En Emiratos Árabes Unidos, no obstante, de generar el 50 por ciento de sus ingresos por exportaciones en 1993, el petróleo ha pasado a generar a menos del 20 por ciento para el país en 2017. Esto en parte gracias a la estrategia estatal de desarrollo de nuevos sectores económicos en zonas francas enfocadas en servicios y actividades logísticas, además de otros sectores de alto valor agregado como el turismo de lujo. Es en una autocracia favorable a los negocios que el país ha conseguido diversificarse fuera de la maldición de los recursos naturales.

Tal vez lo más exótico de las expresiones civiles y económicas de un sistema autocrático estable, en tanto que el ciudadano de un país que tiene el hábito premoderno de hablar de “representatividad sectorial” en asuntos de Estado, es la relativa universalidad de la ley y la absoluta legitimidad de la acción pública. La importancia estratégica para la otrora colonia británica y el declive de la importancia del comercio de perlas y su clase comerciante le otorgaron al emir de Dubái autonomía en el manejo del Estado desde los años cuarenta, mucho antes del descubrimiento de petróleo en la región.

“Esta especie de justicia, que consiste en mantener a cada parte separada del Estado, se encuentra en la contradicción más perfecta con las necesarias exigencias del Estado respecto a cada uno de sus miembros particulares” anotaba un filósofo alemán, mientras vivía de primera mano la avanzada del ejército republicano francés revelando las falencias bélicas de una débil coalición de estados germanos cuyos intereses de corto plazo a menudo entraban en conflicto. Someter los objetivos del Estado a intereses faccionalistas eventualmente abren la posibilidad de personajes como Pisístrato de Grecia, que, ante las paralizantes dicotomías ideológicas de su época, pudo cimentar la legitimidad de poderes tiránicos virtuosos que “acostumbraron a los griegos a obedecer la ley”, como decía también el alemán. Un Estado hecho de facciones no dista mucho de la anarquía.

En mi primera semana en la ciudad, me volví cliente habitual de un restaurante manejado en su totalidad por inmigrantes indios y filipinos. Al entrar, nuevamente me recibía otro retrato del 

Sheikh Mohammed bin Rashid Al Maktoum, como tratando de hacerme ver el estatuto espiritual y olímpico del líder político del Emirato de Dubái. La diversidad de los platillos ofrecidos en el lugar me hacía pensar en esa noción de universalidad capaz de contener muchas expresiones singulares de individualidad; la de ellos y la mía. ¿Cuáles son entonces las condiciones que universalizan la presencia y legitimidad del Estado hasta en el sujeto cuyo locus social tiende a los márgenes? ¿Va a tener que ser una persona?

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