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Domingo

Diarios de saliva y encierro


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Cuando el 11 de marzo de 2020 Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, OMS, declaró el carácter de pandemia del coronavirus el mundo entró en una etapa desconocida en este siglo: la virulenta epidemia había traspasado las fronteras de China y de la ciudad de Wuhan y comenzaba a regarse por todas partes. En unas pocas semanas un virus microscópico había creado macro problemas en todo el planeta, evidenciándose que muchos servicios de salud no respondían a los intereses de la humanidad sino a grupos privados.

Vino la pandemia a Guatemala y Carolina Escobar Sarti durante su confinamiento escribió el libro de poemas Diarios de saliva y encierro (F & G Editores). El poemario, en forma de diario, comienza con la fecha del 16 de marzo, Escobar Sarti consigna: “Llegó a Guatemala hace cinco días”. La poeta menciona el origen del virus: China. Pero lo encierra en la acepción antigua de Catay, como Marco Polo llamó al enorme país situado entre los ríos Amarillo y Yangtsé. Esta arcaización deliberada, Catay en lugar de China, cumpliría una función de amplitud histórica: el COVID no es la primera pandemia que ha padecido la humanidad.  

El color azul ha sido tradicionalmente un símbolo de la libertad. Como en el modernismo el Pájaro azul y el Azul de Darío, todo el azul del modernismo. Carolina Escobar Sarti por su parte se abre al mundo desde su ventana azul: “El balcón de mi apartamento/es mi pedazo de aire/entre los árboles y el azul”. 

El azul suele ser una representación cromática de la estabilidad. Y el azul marino está relacionado a la profundidad, a la esfera de lo sagrado mientras el azul celeste del cielo se asocia con la energía y la seguridad. El azul uniendo cielo y mar, la tierra y las alturas. En lo profundo del océano se encuentra la muerte aunque también el origen de la vida. Así lo entendió durante una época Pablo Picasso, por ejemplo en su célebre pintura La guitarra que encarna tanto la alegría y como la tristeza humanas. El ser humano entre dos realidades contrarias, entre dos azules. Carolina Escobar Sarti lo expresa a su manera: “hoy el universo/ha levantado su mirada/y ha clavado su pupila azul/en nuestra ceguera/y nuestra ambición. 

Y esa pupila universal se ha clavado también en ese lugar del mundo llamado Guatemala:

Guatemala no es un país

sino siempre una lágrima

vestida de lagos azules

y cordilleras bravas.

los políticos de mi lágrima

no llevan vestido azul

sino putrefacta desnudez

Pero la voz lírica se niega a circunscribirse en la simple localidad, a un nacionalismo chato e ignorante del resto del mundo. La actual pandemia no es un asunto privado sino global y nos compete a todos. La pandemia ha hecho reflexionar a millones en todo el mundo, despertando inquietudes que parecían olvidadas. La más notable sea acaso la solidaridad:

diré que no fui 

de ninguna parte

porque estuve en el centro 

de todas las agonías

y en todos los lugares 

sin el otro

sabrán que no fui 

solo latinoamericana

centroamericana o entrañablemente guatemalteca

porque, más que nunca, 

fui de todas partes.

No deja sin embargo de ser “entrañablemente guatemalteca” y expresar el dolor social que se respira en la atmósfera urbana, en los parques, en las avenidas y hasta en la propia morada: 

En la puerta de 

Guatemala, la muerte,

ya descalza y los 

grillos cantando…

entre gente que resucita 

cada día

para verse al espejo

y descubrir las ojeras 

inciertas

y los planes en el refrigerador.

Leer estos poemas es recorrer calles pobladas de sombras sabiendo que “en la noche los huesos no son girasoles”. Es escuchar el silenciado murmullo de las multitudes. Pero son poemas existencialistas más que sociales. Ontológicos más que morales. Por ejemplo estos versos enredados entre la memoria y las privadas utopías: “Huele a tierra mojada/y mis barquitos de papel/están listos para cruzar/las grandes aguas”.

El encierro nos obligaba a buscar formas de comunicarnos. En el caso de Escobar Sarti entablando diálogos en diferentes niveles: con los indigentes  de Nueva York, con la gente de Italia y de Beirut, con un vecino que ha muerto (el del apartamento 7), con Rumi, la lavandera, con sus propios hijos y con su admirable madre de 97 años que encarna la historia del país: “Sobreviviste/a una guerra mundial/a una ausencia paterna/a una revolución de octubre/a cinco maternidades/a una guerra interna de 36 años…”

Diálogos de saliva, desde el encierro: todo diálogo implica dosis de saliva. Pero también encontramos diálogos interiores. La poeta se aventura a una exploración interior en donde el mismo lenguaje es medio y fin: “Estoy amontonando las ramas de las palabras/que traje de mis desiertos/para hacer un fuego de lenguas vivas…/he vuelto al viaje,/a la cuna de los dioses, al destino/a la palabra.”

En su poemario Escobar Sarti deja ir dardos líricos contra las injusticias del mundo, denuncia la pobreza y el hambre, la corrupción de los políticos, el genocidio de las mujeres ixiles perpetuado por el  General (ya sabemos a qué militar fallecido se refiere) y denuncia sin ambages al patriarcado inclemente y despótico. La poeta nos pregunta: “¿Alguien oyó a una mujer llorar?”  Y enfatiza entonces en las niñas, acaso reflejo de su compromiso con la Asociación La Alianza. Nos hace recorrer pasajes de chicas violadas, masacradas, embarazadas, humilladas.

Las consecuencias finales de la pandemia solo pueden adivinarse, en el mejor de los casos, con predicciones calificadas de los expertos. En el plano económico y social se ven miles de empresas quebrando y creciente desempleo. Escobar Sarti nos recuerda estas asimetrías, las diferencias entre el rico Norte y el desposeído Sur. Pero más allá de la distopía que estamos viviendo en la realidad, Escobar Sarti apuesta porque el mundo no será el mismo cuando todo esto haya pasado. Que la humanidad pueda salir triunfante, a pesar de las enormes pérdidas en vidas y materiales, porque “todo comienza de nuevo”.

Los seres humanos al experimentar su vulnerabilidad descubren la imperiosa necesidad de unirse para salir triunfantes de la pavorosa plaga. De ahí que no se trata solo del mundo que tenemos, del tipo de sociedad actual donde hay desnutrición, migrantes, déficit habitacional, corrupción, desigualdad, en una palabra pobreza, sino se trata también del futuro de países como Guatemala, y el futuro del mundo, del cambio para un devenir más humano. 

El espíritu crítico de Escobar Sarti no abandona nunca la confianza en un tiempo mejor, mucho mejor. La certeza de que “volveremos” expresada desde el primer poema, concluyendo el libro con una anunciación conmovedora: “Porque la esperanza es más obstinada que la muerte”. Antes lo había advertido con coraje en la mitad del poemario: “Mañana lloraremos/ hoy la vida nos espera”.

La lectura de este libro resulta obligatoria para los amantes de la literatura. Es poesía de gran  factura, de talla continental. Un poemario de madurez como bien lo resalta la celebrada poeta nicaragüense Gioconda Belli, insistiendo en que este libro es “para leer y releer”. Un encuentro con el ser, un diálogo permanente con el mundo interno y externo. Una reflexión poética sobre un país que urge recuperar. Así lo expresa magistralmente en el epigrama Hemos vuelto a casa: “Para volver a casa/no necesitamos un mapa/sino un espejo./ En el retorno al amor/ la cartografía sobra”.

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