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Domingo

La deuda de los países ricos con los estados insulares


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ROMA – La aparición el mes de julio del huracán Elsa en el Caribe, mucho antes del inicio habitual de la temporada de huracanes en el Atlántico, es un recordatorio de lo que les aguarda en los años venideros a los pequeños estados insulares en desarrollo (PEID). Estos países ya están sufriendo los efectos devastadores del cambio climático, y ahora tienen que hacer grandes gastos en reparaciones y generación de resiliencia. Puesto que los países ricos y sus empresas gaspetroleras fueron los principales causantes del problema, deben ayudar a cubrir los crecientes costos que el clima genera para los PEID.

Por sus circunstancias particulares, los 58 PEID del mundo (de los que 38 son miembros de Naciones Unidas) pertenecen a un grupo especial del organismo desde 1992. En un nuevo estudio del grupo realizado para la ONU, identificamos tres grandes vulnerabilidades estructurales que enfrentan los PEID en la actualidad.

En primer lugar, como la mayoría de los PEID tienen poblaciones pequeñas (menos de un millón de personas), sus exportaciones se concentran en unas pocas actividades. Cuando estalló la pandemia de COVID‑19, los PEID dependientes del turismo resultaron mucho más afectados que otros países, en particular las economías desarrolladas. En 2020, el PIB de Barbados, Fiyi y las Maldivas disminuyó 17.6, 19 y 32.2 por ciento, respectivamente, mientras que la caída fue 3.5 por ciento en Estados Unidos. Muchos PEID también sufrieron una abrupta contracción de las remesas internacionales (otra fuente fundamental de sustento).

En segundo lugar, es común que los PEID deban incurrir en costos más altos para el transporte en barco, porque están lejos de las principales rutas marítimas y hacen compras por volúmenes más pequeños que las economías de mayor tamaño. Los estados insulares del Océano Pacífico son los más remotos. En el Océano Índico, las Maldivas y las Seychelles se encuentran muy alejadas de las rutas marítimas y de los mercados principales. En el Caribe, las distancias varían: algunas islas están mucho más cerca de los puertos estadounidenses que otras.

Finalmente, debido a su geografía física, los PEID enfrentan vulnerabilidades ambientales extraordinarias y riesgos especiales, entre ellos la inseguridad alimentaria. En un país de gran tamaño, los efectos directos de un huracán o de una sequía se sentirán por lo general en una única región; pero en una pequeña nación insular, el desastre suele afectar la mayor parte o la totalidad del país al mismo tiempo, lo que dificulta la respuesta de emergencia y aumenta los costos de la recuperación económica. Además, la dependencia extrema de alimentos importados provocó en muchos PEID epidemias de diabetes y obesidad, un problema que debe verse como una acusación contra la industria alimentaria mundial, y como una vulnerabilidad geográfica de estos países.

Elsa dista de ser un hecho aislado. El cambio climático antropogénico ya está produciendo aumento del nivel de los mares e intensificación de huracanes, inundaciones, sequías, incendios forestales, olas de calor y pérdidas de cosechas. La superficie terrestre de varios países insulares del Pacífico ya se contrajo, de modo que es posible que sus poblaciones deban emigrar a otro lugar en algún momento. En las Maldivas, donde siempre hubo escasez de agua dulce, las fuentes subterráneas están bajo la amenaza constante del aumento de nivel de los mares y de los cambios en las pautas de lluvia. Y en el Caribe, huracanes de alta intensidad como los tres que hubo en 2017 no solo causan muerte y destrucción sino que también generan gastos inmensos de recuperación y pesadas deudas. Estos países pueden aumentar su resiliencia fortaleciendo la infraestructura física, lo cual supone un alto rédito social, pero también una importante inversión inicial de capital.

Hace poco el Fondo Monetario Internacional publicó un informe sobre los costos adicionales que deberán sufragar los pequeños estados en desarrollo para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible; de los 25 países estudiados, todos menos dos pertenecen al grupo PEID. El FMI hizo especial énfasis en el costo adicional de la construcción de infraestructuras sostenibles en estos países, y concluyó que los 25 pequeños estados en desarrollo no pueden financiar los ODS por sí solos. El único modo de cumplir la promesa de la comunidad internacional de no dejar a nadie rezagado en la carrera hacia el desarrollo sostenible es proveer financiación adicional a los PEID.

Pero a pesar de sus necesidades urgentes y cada vez mayores, muchos PEID no tienen acceso a financiación con condiciones favorables de los bancos de desarrollo oficiales y de los nuevos fondos especiales para el clima. Se les dice que son demasiado ricos, mientras sufren un desastre ambiental tras otro, y mientras la pandemia sigue paralizando sus economías y poniendo en peligro sus poblaciones.

Hay tres aportes principales que pueden (y deben) hacer los países ricos para compensar el daño que han causado. En primer lugar, deben asignar más capital a los bancos de desarrollo multilaterales (incluidos el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco de Desarrollo del Caribe, el Banco Asiático de Desarrollo y el Banco Africano de Desarrollo). Con su capacidad de endeudarse a bajos tipos de interés en los mercados internacionales, los bancos de desarrollo multilaterales pueden convertir cada dólar de capital adicional que reciban en otros cinco dólares o más de nuevos préstamos a países que los necesitan con urgencia.

En segundo lugar, los países ricos deben cobrar impuestos a sus industrias basadas en los combustibles fósiles para ayudar a cubrir los crecientes costos mundiales que provoca su producción. La industria gaspetrolera conserva un importante valor de mercado, pese a la necesidad de descontinuar el uso de sus productos de aquí a mediados de siglo. En vez de distribuir enormes dividendos entre sus accionistas, las empresas gaspetroleras deben pagar impuestos cuya recaudación se transfiera a los PEID y otros países vulnerables para cubrir los costos de los daños climáticos y de la generación de resiliencia.

En tercer lugar, los países ricos deben cobrar impuestos a su clase milmillonaria, sobre todo ahora que su riqueza alcanzó proporciones inimaginables. Los 2 mil 755 milmillonarios del mundo hoy controlan US$13.1 billones (unos cinco billones más que al inicio de la pandemia). Como muestran declaraciones de impuestos que se filtraron hace poco, muchos milmillonarios estadounidenses pagan impuestos desproporcionadamente bajos o incluso nulos. Es necesario que empiecen a pagar lo que les corresponde, en vez de hacer turismo espacial. La recaudación adicional debe destinarse a necesidades de desarrollo sostenible urgentes, incluidas las de los PEID.

El mundo está cerca de un punto de inflexión. Los ricos están vacunados; los pobres no. Los ricos emiten gases de efecto invernadero; los pobres sufren las consecuencias. Los ricos obtienen cada vez más ganancias financieras; los pobres pierden sus empleos y medios de vida. Pero en definitiva nuestros destinos están entrelazados. Las pandemias y las crisis ambientales globales no respetan fronteras nacionales. El propio interés futuro de los países ricos demanda justicia, decencia y una estrategia financiera global que reconozca y encare las necesidades acuciantes de estados y pueblos vulnerables.

Traducción: Esteban Flamini

© Jeffrey D. Sachs es profesor de Economía y Director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia. También es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
© Project Syndicate 1995–2021.

www.project-syndicate.org

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