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Domingo

Bolívar: el acierto del estadista


“Por la ignorancia nos han dominado más que por la fuerza”. Simón Bolívar

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Pocos días han pasado del 24 de julio, día del mes en que hace 238 años nació para el mundo Simón Bolívar. La diversa valoración que su vida y su obra ha tenido, hechas desde tantas perspectivas, parecería agotada, por lo que sería muy poco lo que pueda agregar al conocimiento del personaje, a quien se ha visto en todas sus actividades, hasta las más íntimas y en rigor infranqueables, y en todos sus matices, siendo el de estadista uno de los más tratados, sin tener el presente ninguna originalidad que la apreciación –y que por lo sucedido a otras biografías notables tampoco es motivo de asombro– de contrastar el acierto del estadista con el fracaso del político, o sea, la muy corriente incoherencia de que el talento visionario no vaya acompañado del pragmatismo para alcanzar el poder o para retenerlo con el fin de reconducir la historia, y es porque la verdad, que es la tarea del sabio, no se acomoda con la astucia, que es la corrupción de la inteligencia, tanto así como se deforma el técnico por el tecnócrata también el estadista es suplantado por el oportunista. No era hombre para un periodo electoral, mero accidente del poder humano (…) estéril triunfo de un bando sobre otro (José Martí).

Es precisamente Martí el que exclamaba: porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hoy; porque Bolívar tiene que hacer en América todavía. Pero esta tarea no resultaba factible ni para Bolívar porque, como justifica Graciela Soriano, él había destruido un orden tres veces secular y era imposible que pudiera instaurar uno nuevo en tres años. Y lo era aún menos cuando esta realización le exigía hacerlo desde la cúspide del poder, en la que para sostenerse no precisaba de la claridad de sus ideas ni de la nobleza de sus fines, sino de practicar los halagos, las concesiones, la simulación y el engaño, artificios seductores de sus generales, de sus caudillos, de sus togados y de los grupos de presión, ansiosos de recompensas al ego o al bolsillo. Y es que el estadista Bolívar no encuentra en el Bolívar político el punto de apoyo necesario, puesto que la naturaleza genuina de aquel habría de chocar con la impostura que a este le repugnaba y que se negó a adoptar. 

Indiscutiblemente fue una de las inteligencias más esclarecidas de su tiempo, cuya cultura se palpa en los testimonios vivos de su creatividad. Se dice que estuvo influido por la Ilustración y por los arquetipos constitucionales y políticos de Inglaterra, de Estados Unidos de América y la de Cádiz de 1812. Pero su cultura fue más vasta, pues tenía conocimientos clásicos, de historia antigua y precolombina americana, de ciencias económicas y sociales. Indudablemente  conoció a los grandes de la literatura, pues, de otra manera, no se explicaría la elegancia de su palabra y la corrección de su gramática. Tenemos aquí la primera condición de un estadista: posesión de una cultura que, como a José Cecilio del Valle, su contemporáneo, le dotaba para comprender la estructura social de su tiempo y prever los procesos futuros. 

Esa cultura le permitió tener percepción cabal de América, de sus problemas clave y de prospectiva para prever su difícil futuro, que angustiosa, pero infructuosamente, trató de aliviar. Para principiar, se lamentaba que en materia de estadística –técnica en aquellos días de utilidad especulativa– América estuviera cubierta de tinieblas. Reconocía las diferencias étnicas de la población americana e, implícito, aceptaba que injusticia y discriminación pondrían en peligro la causa popular, necesaria para el triunfo de la independencia, evocando con mención respetuosa a las dignidades indígenas y exalta el celo, verdad y virtudes de Las Casas, a quien llamó “amigo de la humanidad” y cuyo nombre quería para uno de los pueblos. 

¿Qué es un político, cómo debe actuar y qué debe hacer? Sabía el Caudillo de la temporalidad del hombre y del carácter relativo de la adhesión de los pueblos. Gran conocedor del alma colectiva, que tan pronto manifestaba ferviente aceptación de los dictados del hombre fuerte, para luego rechazarlos hasta con ingratitud. Así, él no pensaba que un orden político pudiera o debiera depender de un individuo, por mucho que estuviera dotado de sabiduría y prudencia. Se explica que en su Mensaje al Congreso Constituyente de Colombia, prevenga: Si un hombre fuese necesario para sostener el Estado, este Estado no debería subsistir.

Mario Efraín Nájera Farfán, uno de los juristas más significativos del foro nacional, escribió con humor volteriano las Máximas con las que pretendía ilustrar a los futuros gobernantes sobre las condiciones necesarias para su oficio. Siguiendo algunas de sus pautas, se confirma que Bolívar tuvo la calidad del estadista, en relación a lo profundo de su ideación, y la talla del político en cuanto a su carácter y voluntad pero que careció de paciencia para lo prosaico. 

Nájera Farfán establece que hay tres clases de gobierno: los de “mano dura”, que se sostienen por el temor que imponen a los gobernados, son férreos y de estructura cuartelaria y degeneran en mediocre dictadura o en burda tiranía. Los de “mano suave” que se caracterizan por su benevolencia e inhibición. Son clementes como tolerantes pero no por su fuerza sino por su debilidad, son de los que se dice un gobierno bueno, pero no un buen gobierno; y, finalmente, los de “mano fuerte”, que son seguros de sí mismos, respetuosos de las libertades, no temen a la opinión pública sino que en ella buscan un sostén, son tolerantes con los adversarios pero no por debilidad sino por fortaleza. Estos mantienen incólume el principio de autoridad porque lo hacen descansar en las instituciones y porque de pretender quebrantársele, tienen la capacidad y la decisión necesarias para impedirlo utilizando la fuerza con la energía que el caso exija. Indudablemente, Bolívar solamente podía hacer un gobierno de este tipo. 

El político no solo actúa individualmente, pues su actividad se relaciona con otros hombres de Estado, colaboradores, servidores, amigos, administradores y observadores. En este campo, uno de los factores por considerar es el de la adulación, de la que Bolívar no quedó a salvo, porque en sus grandes momentos de triunfo y de gloria la recibió prodigiosamente, pero no sé si con su tolerancia. Los amigos, que pueden influir tanto en las decisiones de un gobernante, son tan necesarios para que este pueda romper el angustioso aislamiento y poder encontrar formas de desahogar confidencias, pero se advierte del peligro del amigo falso, aquel que quiere el bien del gobernante en la medida que eso sea en beneficio de su propio interés. Ignoro de los amigos de Bolívar, porque se le enrostra a él que al final no haya tenido ninguno, pero ¿no es acaso injusto endilgarle haberlos perdido y no censurar a estos por haber dado motivo para el enojo? 

Algunos comentaristas, al explicar a Bolívar, se apresuran aclarando que él no era más que un individuo humano, como diciéndonos que sus flaquezas, que las tuvo, habrían de ser justificadas como errores, insuficientes para opacar su grandeza. También dejan esclarecido el entorno histórico y la realidad social de su tiempo, para que la interpretación se haga a la luz de tales factores, para ponerlo a salvo de la mordacidad y la malicia. Quizás hayan sido necesarias dichas advertencias en ocasiones en que la tarea de escribir la historia se comparte (o se arrebata) maniqueamente entre los detractores y los aduladores de los hechos. Pero es ahora superfluo tratar de atribuir sus errores (si es que lo son, según el relativismo) simplemente a su naturaleza humana, porque eso es tanto como suponerlo un dios imperfecto, casi como aquellos del Olimpo que tanto tenían de mundano. Bolívar, es claro, era un hombre, pero sus actos se explican y se interpretan porque era un guerrero, un político, un estadista y, como dice su severo crítico Madariaga, un gran espíritu.

Bolívar no pudo perpetuarse en el mando, teniendo la virtualidad ideológica para merecerlo y el valor moral y digno de sus triunfos militares y políticos para avalarlo. No llegó a la indignidad ni a la bajeza para el acomodo. 

Bolívar no improvisaba. Era un hombre de ideas, revelándonos que su carácter reflexivo, demostrado en la guerra como en la práctica política, le había guiado, igual que a Napoleón, por el camino de un profundo respeto por el valor del pensamiento. Estas palabras de Napoleón, pudieron haber sido pronunciadas con la misma exactitud por el Libertador americano: Francia es un país demasiado noble y demasiado inteligente para someterse al poder material y para sentir el culto de la Fuerza… A la larga, el sable es derrotado siempre por el espíritu

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