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Domingo

Un ruidoso silbador


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En el universo metafísico de Borges, un aleph es un pequeño cuerpo celeste situado en algún punto del espacio donde coinciden todos los lugares del cosmos, vistos desde todos los ángulos posibles. Ha de ser un objeto precioso, pero nunca pude concebirlo ni menos aún visualizarlo. Quizá por su carácter tan abarcador, tan inclusivo, el curioso astro escapó siempre a mis
entendederas. 

A fuerza de quererlo descifrar, no obstante, logré al fin medio atraparlo poniéndole algunos adjetivos. Y así, un aleph taurino vino a ser para mí el que acaece en una plaza de toros cuando todo el público coincide en gritar a un tiempo ¡olé! Un aleph futbolístico, el que brota de un estadio cuando los aficionados rugen al unísono ¡gol! Y un aleph político, el que emerge del seno de una sociedad cuando esta se lanza a la calle y grita enardecida ¡basta!

Me hago esta reflexión teniendo a la vista el 14 de este mes, aniversario de la toma de La Bastilla, el sobrecogedor aleph que en 1789 cambió la deriva de la civilización occidental. El más imitado también, el más estudiado, el más repetido. Un proceso político que, en pocos años, partiendo del alzamiento popular contra el absolutismo, pasó de la democracia al Terror, la República, la dictadura militar y el Imperio, para concluir cuarenta años más tarde —paradoja circular donde las haya— en la monarquía despótica de la cual había surgido. 

El jurista y pensador alemán del siglo pasado, Carl Schmitt, llamó Estado de Justicia a sublevaciones como la de La Bastilla y lo identificó con el momento en que la dinámica política de un país empieza a ser dictada desde la calle mediante protestas, motines, saqueos y otros desmanes. Ideólogo del franquismo, héroe de golpistas latinoamericanos, inspiración de nazis, fascistas y marxistas (así lo retrata Silva-Herzog en un luminoso ensayo sobre este intelectual), Schmitt vendría a ser el estandarte de quienes pretenden hoy reemplazar la democracia representativa por un régimen autoritario semejante a los que ya existen en Nicaragua y Venezuela. 

En la Francia en 1789, la gente moría de hambre. Hoy, un virus siega a diario numerosas vidas. ¿Qué de extraño puede haber en que, estando su vida en juego, las personas se la jueguen a un lance como el de La Bastilla? En política, lo sabemos, hay asuntos que no se resuelven por las buenas. Y si el Estado de Derecho ha llegado a su límite, si el poder judicial no funciona, si las cortes se han vuelto instancias de intereses espurios, si el descontento y la desaprobación del Gobierno son unánimes porque este no responde, digamos, a la urgente necesidad de proteger la salud pública, solo va quedando una solución: sustituir el Estado de Derecho por el Estado de Justicia, como aconsejaba Schmitt. O dicho en términos proverbiales, fiat iustitia et pereat mundus, hágase justicia y que el mundo se derrumbe, la vieja y catastrófica sentencia que tantos éxitos ha cosechado a la hora de conducir naciones al caos, el terror y la tiranía.

En nuestra cultura, el péndulo político ha oscilado siempre entre el bastonazo autoritario y la insurrección jacobina. Pero el Estado de Justicia que preconizaba el ideólogo teutón no tiene un color definido. Es sencillamente un aleph que sobreviene cuando todas las sensibilidades políticas y sociales, en forma abarcadora e inclusiva, acuerdan decir hasta aquí y chiflar como uno de esos inquietantes silbadores que vuelan sobre la cabeza de uno la noche de Fin de Año. 

Pinochet y Castro, Franco y el sandinismo, los militares argentinos de derecha o los militares peruanos de izquierda, se aprovecharon de situaciones así. Unos pretendían salvar al pueblo llano; otros, a las clases altas y medias. Y todos eran la même chose, todos perseguían el mismo fin: borrar del mapa el Estado de Derecho y crear un Leviatán que se acomodara a sus designios. Maduro y Ortega son las nuevas caras de este monstruo del cual, en nombre de la “justicia” schmittiana, solo cabe esperar una progresiva asfixia de la política partidista, las instituciones democráticas, la separación de poderes o la libertad de expresión, como ocurre hoy en México, donde la semana pasada López Obrador calificaba a la prensa de su país de “corrupta, integrista y rastrera”, alabado sea el Santísimo. 

Buena parte de América Latina se encuentra hoy al borde de tan indeseable Estado merced al deterioro económico y social causado por la pandemia. Y es indeseable porque una vez que se desata, es difícil de sujetar. Díganlo si no Colombia o Chile. O como lo expresara en su día Casimir-Pierre Périer , diputado opositor durante el brote de otro aleph, la insurrección popular de 1830 contra al gobierno autocrático del rey Carlos X de Francia, “la dificultad no estriba en hacer salir al pueblo a la calle, sino en que regrese a sus casas”.

Uno valora el orden democrático tanto por los principios en los que se funda como por la dignidad y la honradez de las personas que lo manejan. Pero la percepción que hoy tenemos de la democracia (muy parecida por cierto a la que los franceses tenían ayer de su decrépita monarquía) es que sus operadores no son honrados ni dignos y que el sistema es refractario a reformarse y a desaforar a los corruptos. Con un agregado más. Y es que, al igual de lo que ocurría en la Francia prerrevolucionaria, es deprimente observar cómo los responsables del sistema escuchan el clamor contra ellos como quien oye llover. 

Los aleph políticos suelen venir en diferentes modelos, tallas y colores. No todos son como el que surgió en Francia aquel tumultuoso verano de 1789, claro está, pero es obvio que sigue siendo un espejo en el que mirarse. Será por tanto difícil no evocarlo este 14 de julio y compararlo con ese inquietante y ruidoso silbador que se aproxima a uno en la noche, sin saber de dónde viene ni dónde irá a aterrizar, si te cegará un ojo o los dos o se te meterá escupiendo fuego entre el pecho y la camisa.

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