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Domingo

Fragilidad


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“Papito Carlos está muy enfermo y mi mami está muy triste” —me advierte seria mi nieta de siete años— como toda una adulta… una niña que desde que la vi, a través del vidrio de la sala cuna, capturó toda la ternura posible y con quien mantenemos una relación tan hermosa que sería imposible de explicar. Nos amamos tanto que sería absurdo negarlo y yo estoy obligado, por mandato sobrenatural a protegerla, aunque no necesite mi protección; una conexión mágica que existe, porque —indudablemente— así lo quiso Dios. 

Nada fue igual, desde aquella preocupación infantil que sonaba tan seria. En adelante: lágrimas, angustia, noticias malas todo el tiempo; nosotros pasando unos días de descanso y mi consuegro, grave de un hospital a otro. El COVID había impactado de forma terrible en su organismo —aparentemente saludable— de setenta y cinco años y su saturación de oxígeno, no llegaba a 50. 

Todos buscábamos la esperanza, en aquellos momentos de inesperados nubarrones. Dos días antes le había enviado un WhatsApp, preguntándole “¿cómo va la gripe, mi querido consue?”, y él me comentó entusiasmado “ya saliendo”. Su constante era justamente el buen ánimo, el optimismo, buen apetito e infaltable fe, la cual exponía como norma, independientemente del lugar que se
encontraba. 

Las cortas vacaciones, serán siempre de infausta recordación, porque al enterarnos de la noticia, estábamos sintiéndonos ya muy mal, prácticamente toda la familia. Volvimos, mi consuegro empeoraba y finalmente no pudo con el virus y falleció intubado. Para ese momento, yo podía sentir los estragos en mi organismo. No dormía, sentía fiebre y me dolían cada uno de los huesos, especialmente los de mis manos. Debo reconocer que la pérdida de mi querido consue —como siempre le dije— me devastó; esa noche, para mí había sido de vigilia espantosa por los variopintos malestares y al escuchar sobre su deceso, solamente puedo decir que me sentí terriblemente triste. Tuvimos una relación de más calidad que frecuencia, de mucho más cariño que asiduidad. Carlos Quan, era un hombre feliz, por definición; sencillo, amable, agradecido y sonriente. 

Mi enfermedad me impidió asistir a su entierro; me habría gustado al menos abrazar a su hermosa familia que quiero tanto… pero no se podía. Lejos estaba yo, en todo caso, de perfilarme como el próximo fallecido, por neumonía por COVID; pero las cosas fueron empeorando, casi cada día y el martes 29 de junio, ya llevando diez días complicado, pero sin sentirme grave… mi hija, mi princesa y una brillante médico novel, tomó la difícil decisión de hospitalizarme, sospechando estaba empeorando rápidamente. 

Las visitas hospitalarias en estos tiempos, son desagradables. El clima es de muerte, zozobra, incomunicación y lentitud. No obstante, debo reconocer que el hospital se volcó a atenderme, estando a cargo de mis cuidados el Dr. Carlos Nitsch, excatedrático de mi hija y destacado internista; a distancia mi querido tío Chobe, el mejor médico que conozco, quien en su día —hace mucho— fue maestro del Dr. Nitsch, monitoreaba todo lo que ocurría… fueron horas de susto, desconsuelo y el desagradable aislamiento que hacía estar en vilo y sin mucha información, a mis seres amados más cercanos. En todo caso, la feliz coincidencia de estos tres médicos, con tanta calidad humana y de tres generaciones distintas, estuvo de mi lado. 

Pedí poder salir y no quedarme internado… realmente me asustaba la idea de morir en un hospital; el doctor accedió, enviándome a casa con medicación intensiva, además de la que recibí de su mano, en esas torales horas. También me prescribieron un condensador de oxígeno y un monitoreo cercano; mi hijita, cargaba en sus espaldas, las consecuencias de mi renuncia al hospital y lograría —entre susto, angustia y serenidad— que su papá la fuera logrando, cada día. Mis pruebas de sangre, extraídas por ella, fueron mejorando rápidamente; mi sistema inmunológico daba feroz batalla y el ataque virulento debía ceder… no sin dejar de hacer daño a mis pulmones, pero retrocedía.

Describo al virus como hipócrita, silente, asesino y devastador. Después de veinte días de lucha, me sorprendo y agradezco, haber encontrando las fuerzas para escribir estas líneas… literalmente la energía me abandonó y las veces que veía los árboles que siempre he amado, por mi ventana, me sentía como un espectador sin alma, sin ilusiones, sin deseos de nada. Todo sabía a lo mismo: tedio, enfermedad, inapetencia, debilidad… pensé varias veces que no lo lograría.

Las llegadas de la noche, realmente impregnadas de incertidumbre. ¿Lograré descansar, despertaré, tendré de nuevo pesadillas?, esa entre otras interrogantes agobiantes; pero lo más raro era sentirme espectador de mi propia agonía. Me vi en tercera persona por más de diez días, me sentía ajeno a mí mismo. Bañarme era desagradable y difícil, verme al espejo, con un torso esquelético fue realmente muy triste. Mis facciones cambiaron rápidamente, mi nariz se convirtió en prominente y mis ojos lucían grandes —otra vez— como hacía treinta años o más no los veía. Demacrado, sin gusto, en medio de un desazón profundo, me percaté lo intrascendente de mi existencia para el mundo… exceptuando para la poca gente que realmente me ama, grupo para el que uno es insustituible. 

Mis metas alcanzadas, sueños realizados, tanto afán por estar informado o informar… no servían de nada. La vida era frágil y se me escapaba, sin que pudiera hacer nada para detenerla, quizá tampoco lo quería demasiado. Pero no quería ver sufrir a mi familia y lo estaban haciendo todo el tiempo. Finalmente estuve quieto, ante la imposibilidad de hacer otra cosa. Decidí confiar y abandonarme, a la fe en Dios que me ha acompañado desde niño.

Sobrevivo al funesto virus, supero la neumonía y gano, aunque sea un poco de fuerzas cada día… hay días que no ocurre ningún avance perceptible; estoy agotado, casi vencido, pero allí está mi familia, para jalarme, para obligarme a comer y sustentarme. La realidad mundial degradante y espantosa, la manipulación de la mente humana, la repugnancia que provoca la administración pública y hasta la triste condición de nuestra gente… todo pierde importancia, cuando la muerte parece imponerse y pretende despojarnos, a pausas improrrogables, del aliento. 

Tengo varios años de saber que las hojas de mi almanaque se han ido agotando; trato de vivir consecuentemente; en cuanto me sienta mejor, viviré ignorando más los sinsabores de la vida y aprovecharé para saborear todo… porque es realmente espantoso no encontrarles sabor a las cosas. ¿Le gané al COVID y puedo jactarme de ello? No lo creo, pero el amor sí lo venció contundentemente y eso, lo agradezco ¡Piénselo!

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