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Domingo

Poesía de la razón


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“La poesía es respuesta, la filosofía, en cambio, es pregunta”.
María Zambrano

Hablemos de poesía  y filosofía. El conocimiento vía la razón, la fe, la intuición o la inspiración poética. Entonces: ¿Concepto o metáfora?¿Una verdad o varias? ¿Poesía o filosofía o ambas? 

Desde Aristóteles se instauró aquello de que había una ciencia que estudiaba al ser en tanto que ser, es decir, la filosofía metafísica. Estudiar al ser significa confrontar la extinción del mismo y la posibilidad de que haya niveles eternos: los dioses o el dios, las ideas supremas y acaso otras dimensiones de la materia. La cuestión cardinal de la filosofía la planteaba Federico Engels en el siglo XIX en estos términos: ¿qué es primero, el ser o la conciencia? En otras palabras: el pensamiento por un lado y la existencia por otro. Alguien con mucho tino dijo que era un dilema muy cuadrado, pues habría zonas intermedias. La vida no está en negro o en blanco sino en gris, aunque Goethe dirá que ese último color no corresponde a lo vital porque toda teoría es gris y solo el árbol de la vida es verde.

Platón enardeció ya en la Antigüedad la polémica cuando decide expulsar a los poetas de su ciudad ideal, su República aristocrática gobernada por filósofos. Considera que los poetas mienten, hacen ficciones. La poesía es parte de la “doxa” o sea la opinión y no la verdad que solo puede ser alcanzada por la filosofía. Les reconoce a los poetas algún valor, una especie de verdad que llamaríamos hoy light. Intensos los llama. 

El dilema de la Antigüedad Clásica entre imitatio y logos viene acompañando a la humanidad pensante. La poesía imitaría la verdad mientras la filosofía se acercaba a ella. El debate siguió durante toda la Edad Media. Fe o razón. Revelación o ciencia. Y a muchos los desgarró. Se produjo mucho texto, tinta derramada y coagulada en sedientas páginas en blanco. 

El filósofo parisino Blaise Pascal, del siglo XVII, se la pasaba caminando en la cuerda floja de la existencia; transitaba entre la fe del sueño y la realidad despierta, hasta que un día, atormentado por la grandiosidad del universo, se cayó al abismo. En la poesía encajan también esos desafíos acrobáticos, sobre todo cuando los textos se ocupan del amor y también de la muerte, guardando el equilibrio con los ojos vendados sobre esa cuerda floja que enlaza el último beso con el primer olvido. Si la literatura no es amor, aunque sea en parte, no es literatura. Proclamaba Pascal por eso: “el corazón tiene razones que desconoce la razón”. También advertía: “Es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella, que soportar el pensamiento de la muerte.”

Nicolás Marlebranche, filósofo francés hoy olvidado y contemporáneo de Pascal, creía que la imaginación era la loca de la casa donde escribió su metafísica sensata. Nietzsche, en cambio, buscaba dos siglos después racionalizar la locura, pero esta lo encontró primero y no lo abandonó. Sí, Nietzsche tuvo el deseo imposible de ser poeta y filósofo. Un suicidio de la razón. Un parto más allá del bien y el mal.

Filosofía y poesía se basan ambas en el uso de la palabra. La filosofía implica una reelaboración racionalizada de la angustia producida por la conciencia de la muerte. La poesía llegaría en cambio por vías indirectas: por la metáfora, por la analogía poética, aunque no sería menor su contundencia y, en algunos casos, superior a las categorías y sistemas filosóficos.  

Hegel en la Prusia del siglo XIX no pretendió ser poeta pero sí un amante de la poesía y un filósofo que escribía a veces poemas. Orillas opuestas donde el puente de la palabra se derrumba en el río de Heráclito. Entre todos sus poemas sobresale el que le hiciera al poeta Hölderlin, y que culmina en un reconocimiento de gran profundidad y modestia:

 

“Ebrio de entusiasmo captaría yo ahora las visiones de tu real naturaleza, comprendería mejor tus revelaciones, y sabría entonces interpretar de tus imágenes el sentido supremo”

 

Vayamos a los poetas. El español Juan Luis Panero, por ejemplo, escribió lo mejor de su lúcida poesía hospedado en hospitales psiquiátricos. Un francés enardecido llamado Paul Verlaine, décadas antes había llamado a los hospitales “mis refugios de invierno”. 

Recordaremos ahora al modernista cubano Julián del Casal, el poeta de la niebla que murió literalmente de risa a causa de una broma que resultó realmente muy pesada.

Hay mares de mares. El de Manrique es el morir, para Lorca, en cambio, es un mar muerto, por aquello de que también se muere el  mar.

Me entusiasman también otros españoles, como José Manuel Caballero Bonald, porque nos ha legado un Manual de Infractores y Jaime Gil de Biedma, que dramáticamente anuncia que es una servidumbre humana el amar a otros seres y más innoble aún el amarse a sí mismo. Otro  hispano insigne, Rafael Alberti, no era marinero sino un ángel en tierra.  

El argentino Juan Gelman ha sido contundente para sacar el ripio de la poesía y dejarle su función de “acechamiento a las verdades de verdad”:

 

“¿Por qué se pierden en detalles como la muerte personal?”                                         

 

Otros ejemplos de las cosas que puede hacer la lírica: al polaco francés Apollinaire le daba pánico la página en blanco, pero no la guerra. No murió de un sonetazo, como en un poema del cubano Nicolás Guillén, sino de las heridas en la frente producidas por una granada enemiga. Nuestro Otto Raúl González, apasionado del arcoíris, se inventó diez colores nuevos. En Nicaragua, Ernesto Cardenal realizó la contemplación en Solentiname, pero en nombre del exteriorismo material le encantaba la palabra “tractor”. 

Chile: lo más poético de Nicanor Parra resultan ser sus antipoemas. Lo más puro de Pablo Neruda es después de todo su propia poesía que llamaba “impura”. En México, lo máximo de Efraín Huerta  serán siempre sus “poemínimos”. En cambio, José Emilio Pacheco decía que su época lo dejó hablando solo y sin embargo ha sido firme partidario de los diálogos de ida y vuelta. 

En fin, el poeta no es un pequeño dios como afirmaba el poeta chileno Vicente Huidobro, sino un imitador del universo. El poeta es lamentablemente humano y es lamento que se pega en los huesos, en la materia gris del tuétano. El poeta no miente, solo inventa la verdad. Qué mayor filosofía existencial, que ontología más real que los siguientes versos del malogrado joven poeta mexicano José Carlos Becerra:

 

“Mirad las excavaciones de la noche, escuchen a Lázaro conversando con sus sepultureros, mostrándoles su anillo de compromiso con la Divinidad. Vean a Lázaro en el restaurant y en el tranvía, en el ataúd y en el puente, en el animal y en su plato de carne.”

 

Se pregunta de nuevo: ¿Habrá poetas en el futuro? ¿Habrá futuro para los poetas? El futuro comenzó acaso en la caverna donde imaginaban ciudades antiguas como remolinos de luces engarzados en los vestidos de la noche. La poesía llena la noche de bengalas, afirmaba Luis Cardoza y Aragón, poeta guatemalteco de la Vía Láctea. Y aseguraba también que “el que no está en el futuro no existe”.

No lo imagino al poeta (al prototipo) como viejito a lo Einstein, un señor de boina y muchos libros bajo el brazo, sino como un tipo cualquiera, uno que abre el paraguas elegantemente para cruzar la calle bajo la lluvia, pisando los charcos con sus zapatos de suelas rotas.

Nosotros leemos poesía (una afirmación en el vacío). ¿Leemos nosotros poesía? (la pregunta indagatoria). Alguien afirma que los grandes poetas ya están muertos. Podrán estar muertos los poetas pero continúan enseñando el oficio de estar vivos. Ser o no ser es el dilema central de la existencia. No lo escribió un filósofo sino un tal William Shakespeare, poeta y dramaturgo.

 

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