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Domingo

Las mujeres kaqchikel que apoyan a sus vecinas víctimas de violencia


En el altiplano central de Guatemala, un grupo de mujeres kaqchikel se han convertido en el brazo de auxilio para sus vecinas que sufren de violencia por parte de sus parejas.

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Florinda Miculax Sir, de 40 años, borda un huipil tradicional de Patzún. Por ese trabajo espera ganar Q300. (Foto: Elperiódico > Walter Peña)

“Los hombres dicen: Allí está la mujer que le está dando consejos a las otras mujeres. Los hombres me miran que estoy aconsejando a las mujeres y ya empiezan a hablar mal de mí”, cuenta Florinda Miculax Sir, una mujer kaqchikel de 40 años y madre de dos niños y dos niñas, quien desde 2017 se dedica a apoyar a otras mujeres en al menos tres comunidades de Patzún, Chimaltenango, que sufren violencia de parte de sus parejas.

Flori, como la llaman en su comunidad, Las Camelias, aún tiene los ojos brillosos e hinchados del llanto y el desvelo. Un día antes había sepultado a su madre, quien murió por una enfermedad intestinal que la acompañó toda su vida. Borda un huipil rojo, que es el tradicional de Patzún, por el que espera ganar unos Q300. Mientras coloca con mucha facilidad el hilo en la aguja para elaborar una flor de alcatraz o cartucho en el huipil, cuenta que hace 15 días ayudó a una mujer que llegó a su casa con golpes en el rostro. 

“Me dijeron que tú ayudas a las mujeres y yo quiero que me ayudes”, le dijo esta mujer, quien además es su vecina, cuando llegó intempestivamente a su casa. La noche anterior, el esposo la había golpeado, luego de que ella le exigió dinero para comprar el maíz. El hombre le dijo que no tenía y ella le preguntó cuánto había ganado ese día por manejar el tuctuc. Él le respondió con gritos y con una bofetada. 

Sin terminar su almuerzo, Flori acompañó a su vecina y, por orden de un juez de Paz, la Policía Nacional Civil (PNC) fue a recoger el menaje de la casa y ella ya pudo salir de ahí junto a sus tres hijos. 

“El señor supo que ella vino conmigo y que yo la ayudé. Él está enojado. Antes pasaba con su 

tuctuc, me veía y hacía pip, pip con la bocina para saludarme. Ahora ya no lo hace y se le ve enojado”. 

Flori es parte de las 59 asesoras comunitarias que fueron capacitadas por la Iniciativa de los Derechos de la Mujer (IDM) en Patzún. La IDM realiza estas mismas capacitaciones en otras 37 comunidades de Chimaltenango. Al igual que sus demás compañeras, ella asistió motivada porque en el taller se les enseñaría el bordado de cruceta, algo que no puede pagar. Para asistir al curso, Flori cuenta que tuvo que pedir permiso a su esposo, algo cada vez menos frecuente en ella. Ahora ya no lo hace. Es más, le pide que la acompañe a auxiliar a otras mujeres. 

Flori detiene por un momento su bordado y trae el huipil rojo que elaboró cuando empezó el taller de IDM. “Después de que nos enseñaban a bordar, nos hablaban sobre equidad de género, los derechos de las mujeres y el derecho que tenemos a vivir sin violencia… A mí me interesó y decidí quedarme para la capacitación como asesora comunitaria”, explica. 

La labor de Flori y sus compañeras asesoras en Patzún es como una piedra angular que sostiene el acceso a la justicia de las mujeres kaqchikel víctimas de violencia en esas pequeñas comunidades ubicadas en el altiplano central de Guatemala, país donde los delitos contra las mujeres y los menores de edad son los más denunciados. 

El Observatorio de las Mujeres del Ministerio Público (MP) registra que en 2021 ha recibido un promedio de 231 denuncias diarias, 29 más que las presentadas en 2020. Hasta junio de este año, el MP reporta 85 víctimas de delitos contra las mujeres. Flori, por su parte, ha brindado ayuda a 28 mujeres que han sufrido violencia de sus parejas. 

Sara Salomón Salomón imparte una charla ante un grupo de vecinas de la aldea Chirijuyú, Tecpán. Elperiódico > Alex Cruz

Tras los pasos de Flori 

Flori fue capacitada para apoyar y poner en contacto a las víctimas de violencia con las asesoras legales de IDM, quienes prestan sus servicios de forma gratuita a las mujeres de ese municipio y otras comunidades de Chimaltenango. Pero Flori ha extendido su labor por voluntad propia, porque da apoyo emocional a las víctimas y las acompaña a los juzgados; además, las jóvenes de su comunidad acuden a ella para que les enseñe el bordado de cruceta, y mientras lo hacen, ella las aconseja a no tolerar la violencia. Les habla de la independencia económica que deben tener de sus parejas y que pueden ganar dinero tejiendo y bordando trajes típicos. También las acompaña con las autoridades locales, para que las ayuden a resolver un problema, las apoya con llamar a la Policía para que denuncien las agresiones de que son víctimas o las lleva a los centros de salud, porque las personas que atienden no hablan kaqchikel, solo español. 

Flori, quien asistió a los talleres de la Iniciativa de los Derechos de la Mujer para aprender el bordado de cruceta, ahora es un brazo de auxilio para sus vecinas. Tras estos mismos pasos va Sara Salomón Salomón, una joven kaqchikel de 18 años de la aldea Chirijuyú, Tecpán, Chimaltenago. 

A Sara pareciera que nunca le falta aire para hablar. Lanza todas sus ideas sin parar. Cuenta detalles de su vida, sus emociones, sus ideales y los motivos que la llevaron al punto en que se encuentra. En unos momentos impartirá, en el salón comunal de su aldea, una charla a 10 mujeres kaqchikel sobre el derecho que tienen a vivir libres de violencia. Sara es parte del grupo de 25 asesoras comunitarias que IDM graduará este mes en Tecpán. 

Solo estudió hasta sexto primaria y su formación se ha basado en sus cursos de corte y confección. También llegó para aprender el bordado de cruceta, pero dice que el conocer más sobre sus derechos le ha dado independencia, que el tiempo ha cambiado y que ella no tiene que pasar lo mismo que otras mujeres mayores sufrieron. Por eso decidió quedarse y ser una asesora comunitaria en Chirijuyú.

Sara cuenta que su principal reto ha sido que las mujeres de su aldea le tengan confianza. Solo dos mujeres la han llamado para que les brinde apoyo. Creen que por ser joven, soltera y sin hijos no podría ayudarlas. Pero entiende que es un proceso, que así como ella entendió que fue víctima de violencia psicológica por su primer novio, sus vecinas entenderán que ella tiene toda la capacidad para apoyarlas, porque puede escucharlas y animarlas para salir del círculo de la violencia. Sin embargo, cree que todavía tienen miedo de romper el silencio. 

La mayoría de asesoras comunitarias de Chimaltenango se inscriben a los talleres que imparte la Iniciativa de los Derecho de la Mujer motivadas por aprender bordado de cruceta. (Foto: Elperiódico > Walter Peña)

Mientras tanto, se enfoca en la charla que expondrá. Sara y sus compañeras asesoras tienen preparadas varias actividades. Una de ellas consiste en entregar un papel con una imagen a las participantes del taller. Separadas en parejas, las mujeres observan estas imágenes: un hombre tapando la boca a una mujer, una mujer con manos encadenadas, una mujer llorando a la par de un hombre, dos hombres acosando a una mujer y la mano de una mujer recibiendo una moneda. 

Cada pareja pasa a decir el análisis que hicieron después de observar las imágenes. Una de ellas tiene más confianza y se abre ante el grupo. Muestra que el papel que tiene en su mano retrata a un hombre que le tapa la boca a una mujer. Dice que eso mismo le sucedió a su hija por expresarse ante su esposo. Que cuando le decía a su pareja lo que pensaba, esta le respondía con un golpe. “Mi hija le pedía el gasto porque él no la dejaba trabajar, pero después de eso venía el golpe”, expresa con la voz quebrada, pero al mismo tiempo con un tono que cuestiona la violencia contra su hija. 

Una de las actividades que las personas realizan en las charlas que imparte la Inicitiva de los Derechos de la Mujer consiste en analizar imágenes en que se muestran actos de violencia contra mujeres. (fotos: Alex Cruz)

El silencio que impuso la pandemia 

Las limitantes para movilizarse tanto afuera como adentro de los municipios tuvieron impacto. La dificultad para tener acceso a la justicia silenció a las víctimas y las denuncias ante el MP disminuyeron. Sin embargo, las llamadas de auxilio realizadas ante la Policía Nacional Civil aumentaron. En junio de 2020, el mes con más restricciones, la PNC atendió 128 denuncias por violencia intrafamiliar. 

Otra de las consecuencias de la pandemia es que en Patzún y Tecpán se acabaron las reuniones de los grupos de mujeres de IDM. Fue así como, por un tiempo, la labor de Sara, Flori y otras asesoras comunitarias se vio interrumpida. Patzún fue uno de los primeros municipios que el Gobierno cerró en abril de 2020 para evitar la propagación del virus. Flori cuenta que durante ese tiempo todas las familias estaban encerradas, pero que ella aprovechaba los pequeños encuentros en la calle para preguntarles a sus vecinas cómo estaban. Algunas de ellas le respondían que estaban bien, pero otras le decían que estaban “regular”, porque sus parejas estaban muy enojadas de estar encerradas y que a veces les gritaban y hasta golpeaban. 

Sara, por su parte, aplicó un método diferente, más acorde a su edad. Utilizó Facebook para publicar los números de teléfono a los que las mujeres pueden llamar en caso de que sufran violencia. También escribía mensajes para decirles a las mujeres que no estaban solas en caso de recibir algún maltrato y que ella estaba disponible para ayudarlas. Recuerda que a inicios de la pandemia su compañera asesora la llamó por la tarde para que fueran a apoyar a una mujer que pedía auxilio. Ella dejó de hacer sus tareas en el hogar y se preocupó mucho porque en la llamada telefónica se escuchaban gritos. Cuando llegaron a la casa de la víctima, la PNC ya se encontraba en el lugar. Los agentes dijeron que ya todo estaba resuelto. Sara sabía que no, que la víctima aún las necesitaba y le dieron su apoyo emocional. Ella sabe que ese es el primer paso para que se pueda romper con el círculo de violencia. 

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