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Domingo

La importancia de llamarse Tito


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Muy poco se ha oído de la conmemoración de los cien años de Augusto Monterroso en Guatemala, brillando por su ausencia el flamante Ministerio de Cultura. Ni siquiera a nivel universitario se escucha algo. No sabemos de ningún comité o comisión conmemorativa. Tampoco la reedición nacional de sus obras, seminarios o por lo menos alguna conferencia digital.

Monterroso fue un creador de varias facetas. Una de ellas es la de traductor moderado, más bien investigador de otros idiomas. También colaborador en las traducciones de sus propias obras. Aseguraba convencido: “estamos en un mundo de traducciones del cual hoy no podemos escapar”. Aunque una traducción lo entusiasmaba si esta lograba ser fiel a la literatura. Un paradigma lo encontraba en una obra de teatro: The Importance of Being Earnest de Oscar Wilde, traducida por el argentino José Bianco como La importancia de llamarse Ernesto, título que literalmente hubiera sido: La importancia de ser auténtico.

 Tito tenía una ambigua empatía con los traductores: “todas las traducciones son necesarias pero ninguna es perfecta”, afirmaba. Quizá por resabios de una lejana experiencia fallida como traductor, renunció en aras de la virtud literaria. Lo narra en su libro La Palabra Mágica: Tito llorando en las orillas del río Mapocho en Chile, exiliado y sin dinero. Había renunciado al único trabajo que pudo conseguir, la traducción del inglés de un cuento de gánsteres. Y a pesar de que el cuento comenzaba a ser legible en español, precisamente por la importancia de ser autentico, optó por el abandono de la empresa: “…resuelto a morirse de hambre antes de seguir traduciendo aquello…”. 

Paul Valéry en la famosa carta al traductor y poeta Miomandre, llamaba a Miguel Ángel Asturias escritor afortunado porque había sido bien traducido al francés. Asturias hizo ingresar a Francis de Miomandre a la historia de la literatura. Pero Valéry consideraba que el afortunado no era Miomandre sino el Nobel guatemalteco.

Es obvio que una traducción mala desdibuja el texto original y puede llegar a hacerlo irreconocible. ¿Cómo se escribiría El Dinosaurio en chino? ¿Despertará el asombro del lector pekinés? La movilidad textual crea sorpresas. Aun sin que se cambie de lengua; en el ámbito del castellano hasta el mismo dinosaurio de Tito ha experimentado metamorfosis curiosas. Monterroso da ejemplos en su libro La Vaca, como cuando Carlos Fuentes lo confundió con un cocodrilo. O Vargas Llosa tomándolo por un unicornio. Traducción y percepción riman el mismo camino. Porque traducir implica transpolar al llamado exacto equivalente. La tragedia mal traducida puede convertirse en un sainete cómico que a nadie divierte. 

La obra de Monterroso llegó a Suecia en los años noventa. “No me deja de asaltar la duda de que Augusto Monterroso sea intraducible”, declaró alguna vez Lars Bjurman, su traductor sueco. Tenía razón, no todos los días se enfrenta un traductor con dinosaurios de tan alta estatura. Pero los lectores suecos, del asombro inicial pasaron a la ovación unánime. Monterroso nunca creyó en las alabanzas, le asustaban en verdad. Aplausos y elogios fueron para Monterroso temibles reacciones de ese monstruo lorquiano de muchas cabezas: el público, los lectores, la crítica. Monterroso hablaba de la gran Subcomedia o mundo “de escritores, de traductores, de editores, de agentes literarios, de periódicos, de revistas, de suplementos, de reseñistas, de congresos, de críticos, de invitaciones, de premios, de condecoraciones, etcétera…un pequeño círculo infernal de segunda clase”. 

El único elogio de primera clase, decía con su humor irreverente, era aquel imposible de dar o recibir, o sea: “Usted es el mejor escritor de todos los tiempos”. Prefería espacios más íntimos: los de la literatura. Aunque en un breve relato, El autor ante su obra, confesaba que “un libro mío recién publicado que se desliza de mis manos en la alta noche es lo único que se ha interpuesto entre mi mujer y yo”. Sin que especificara si incluía los libros de su obra traducidos a otros idiomas. 

Lars Bjurman introdujo con gran brillo a Monterroso al idioma sueco. Primero tradujo La Oveja Negra (1993). Luego vino Obras completas y otros cuentos (1995). Este segundo volumen es en realidad una antología, ya que Bjurman incluyó textos de otros libros de Monterroso. Incluso algunos dibujos del autor, sacados de la novela Lo demás es silencio. Con esta única novela Monterroso hizo una pequeña revolución en el género, transgrediéndolo y usando su inventado personaje Eduardo Torres que en México y otros países hubo lectores, y hasta críticos, que llegaron a pensar que se trataba de una persona real.

La importancia de llamarse Tito ya no se pone en duda. Traduzco lo escrito por su traductor sueco: “Por mucho tiempo creí además que Augusto Monterroso era un seudónimo, acaso en el mismo estilo de Eduardo Torres, el personaje invisible. Pero Monterroso existe y ha sido visto durante los últimos decenios, en conexión con las publicaciones de su breve y excéntrica prosa, en ediciones europeas bajo nuevos títulos. Cambiados frecuentemente por las editoriales, dando la impresión engañosa entre sus adictos de que se trata de nuevos textos…”. Bjurman no explica en qué consiste la excentricidad monterroseana. Dedica en cambio más de 30 citas para tratar diversos asuntos de historia literaria de Iberoamérica; desde quién era el novelista decimonónico centroamericano José Milla hasta una referencia a Paradiso de Lezama Lima, con la aclaración de que la obra del cubano “no había sido todavía traducida al sueco”. Bjurman, no agrega mucha novedad en su colofón, mas ha evitado inteligentemente la forma del prólogo. Repasa, siendo ameno, lo que ya se ha dicho tanto en otras latitudes: el minimalismo, la intertextualidad, el humor, la sátira, las fábulas y el exilio.

La recepción de una obra extranjera es siempre una especie de bautizo inconfeso. No puede afirmarse que Monterroso sea un nombre de multitudes en Suecia. No lo es en ninguna parte del mundo. Las multitudes del mundo no están “buscando el oro” de la palabra sino el brillo del best seller. Esto suponiendo que las multitudes lean. Indicadores más interesantes pueden ser algunas reacciones de críticos y académicos. Un hispanista de la Universidad de Estocolmo y experto en el barroco español, Anders Cullhed, hace un curioso parangón entre el humor de las protestas literarias de Monterroso, con la resonancia de cierta tesis presocrática, aquella de que el ser humano es la medida de todas las cosas. 

Me identifico con lo que ha dicho por el crítico Thomas Almqvist: “Las fábulas de Monterroso son arte mayor en formatos concentrados”. Aunque no deja de cautivarme, con alguna resistencia, lo expresado por Karl Steineck en un periódico de la ciudad de Helsingborg: “El que piense leer solo un libro en la vida asegúrese que ese libro sea La oveja negra y otras fábulas”. No sé si Monterroso mismo hubiera estado de acuerdo, si recordamos el volumen de lecturas que tenía, adquirido durante una vida de devorar bibliotecas. 

Probablemente el país hispanoamericano donde menos se le lee y se le estima es en su natal Guatemala, país que se ha dedicado a exportar cerebros desde hace décadas, incluyendo el de Monterroso. En su libro Movimiento Perpetuo menciona la exportación del cerebro de Miguel Ángel Asturias. Nos dice que “muchos otros cerebros han salido de Guatemala sin que, por lo menos que se sepa, la estructura de este se haya resquebrajado en lo mínimo; antes por el contrario, sin ellos parece estar cada vez mejor y progresando como nunca”.

La vigencia literaria de Monterroso se consolida por la lealtad de sus lectores en todo el mundo y muchos idiomas. Y por las reediciones de sus obras (menos en Guatemala). Tito cumple cien años de haber nacido pero no envejece. ¿De dónde sacaba tanta imaginación? Valga su célebre palíndromo: “acá solo Tito lo saca.”

 

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