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Domingo

El maestro jesuita


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Si uno pidiera consejo sobre cómo mejor conducirse en este irrepetible viaje que es la vida, de seguro recibiría más respuestas que arenitas tiene el mar y pelos tiene una cabra. Cada quien tiene la suya (una opinión, no una cabra) y el bagazo abundaría. Yo tuve la suerte de ser inducido de joven en la lectura de un maestro de vida que, si traigo a colación aquí, es porque, casi al cabo de ese viaje, puedo constatar la certeza de sus juicios. He escrito y hablado sobre él a menudo, pero me gusta insistir de vez en cuando sus siempre actuales sapiencias por lo que puedan ayudar a otros. 

Se llamaba Baltasar Gracián y era un jesuita rebelde que sufrió persecución, privación de cátedra y encierro por sus superiores, a quienes llamaba padrastros. Se le prohibió escribir y hubo de publicar sus obras con seudónimo para eludir la censura. No era hombre institucional, su más señalado defecto. De ahí que nunca dejara de expresar lo que su libertad le exigía, ni que le temblara la mano a la hora de decir verdades a las claras, como cierta vez en que, refiriéndose a la cobardía de san Pedro, comentó en octava rima: “¿No iba a cantar el gallo / viendo tan grande gallina?”. 

Humanista de raíz, desdeñoso de utopías, impulsor racional de la dignidad humana, Gracián aspiraba a que el hombre se adaptara al mundo con conocimiento, astucia y sentido práctico de la existencia. No creía en los milagros ni en la intervención divina en favor del justo. Tampoco en la suerte, en los días propicios o aciagos ni en la erudición de la lechuza. La vida no debe tomarse como viene y ver qué uno hace cuando llega. La vida debe planearse y para ello necesitamos mentores. Pero hay que elegirlos bien. Observa a la abeja y a la mosca, advertía. Mientras la primera elige para nutrirse las flores, la segunda elige la basura. 

Hay un capítulo en El discreto, una de sus obras más conspicuas, donde subraya que, al igual que la comedia, la vida humana ha de dividirse en tres actos. El primero, para hablar con los muertos. El segundo, para hablar con los vivos. Y el tercero, para hablar con uno mismo. 

La metáfora tiene su enjundia. Leer, estudiar, conocer el legado de los maestros que nos precedieron, es la prioridad esencial en la aurora del viaje. El ser humano nunca llegará a ser tal si no aprende a pensar y a entender pronto las causas de las cosas. Y eso solo se logra devorando libros, pasto del alma, delicia del espíritu, así como sabiendo lenguas y conociendo la literatura y la historia. La cultura nos hace mejores personas y solo es persona quien logra desarrollar a plenitud las aptitudes con que ha nacido.

De poco o nada sirve ese saber, no obstante, sin el auxilio de la experiencia. Ser sabio en dichos es bueno, decía Gracián, pero hay que ser cuerdo en los hechos. Saber vivir es más eficaz que todo el conocimiento adquirido en los libros. Y esa es la clave del segundo acto de la vida: el que se dedica a la experiencia de vivir. La vida es una selva y para salir de ella con bien es necesario hablar con los vivos, esto es, conocer la naturaleza humana, enfrentarla, tantearla, curtirse en ella, luchar, competir, peregrinar. Pero sobre todo adquirir la ciencia experimental  tan estimada por los sabios, la cual el maestro traducía como “un práctico saber de todo lo corriente”. 

Gracián sabía que el mundo es un engaño.  Las cosas no se nos presentan como son, sino como aparentan ser, escribió, y el hombre sagaz debe descubrir la verdad entre las brumas y falacias que esconde la vida. Hay un buen motivo para obrar así. Toda realidad es una máscara que es preciso arrancar a fin de que la mentira no nos hiera. Y no basta con poseer las cualidades que se necesitan para desnudar el engaño. Hay que hacerlas valer, es decir, hay que saberlas usar.

Ahora bien, si esta segunda jornada es más cercana a los sentidos que al alma, la tercera es justo lo contrario. El alma cobra fuerzas a medida que las pierde el cuerpo. Y llegada la jornada del ocaso, la hora de hablar con uno mismo, hay que meditar lo aprendido por la vía del intelecto, y lo averiguado por medio de la experiencia. “Todo cuanto entra por la puerta de los sentidos  va a parar a la aduana del entendimiento”, anotó Gracián, y es de esa reserva de saber que el espíritu extrae quintaesencias que permitirán transmitir su legado a quienes inician el viaje. 

Llevo en el celular su Arte de la prudencia, un manual de 300 aforismos con los que el maestro sedujo a Kant, a Goethe, a Voltaire, a Nietzsche y a Schopenhauer, y donde en forma elegante y concisa Gracián revela su genio sobre los aspectos prácticos del diario vivir y de los que no me resisto a citar algunos en apretada síntesis. 

Lo bien dicho, se dice pronto, y lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y aún lo malo, si breve, no tan malo. La gloria de tus subordinados es tu gloria. No te asocies con necios. Trata siempre con gente de palabra. Si no puedes vestirte de león, hazlo de zorra. No seas pedante. Conócete a ti mismo, sí, pero sobre todo evita que te conozca tu adversario. Tres cosas hacen el prodigio: inventiva, buen gusto y juicio. Nunca caigas en lo vulgar y busca alcanzar la excelencia. Ejecuta con rapidez lo que hayas pensado con calma. Nunca hagas alabanza de ti mismo. Aprende a olvidar. Di tu verdad a los buenos, y a los demás, lo que quieran oír. Para crear, locura; para vivir, cordura. Renuévate cada cierto tiempo. Lo que no se consigue es porque no se intenta. Un error pesa más que cien aciertos. Confía en tu corazón. 

Sé feliz con lo que tienes.

Acudo normalmente a sus páginas cuando me siento perdido. Y siempre encuentro —siempre he encontrado— en este encantador manual una cumplida respuesta a mis dudas sobre ese irrepetible viaje que es vivir, sobre sus gozos y engaños, sus glorias y sus miserias.

 

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