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Domingo

Técnicas de redacción de sentencias


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“Solo sufriendo día a día las vicisitudes de tu juzgado podrás aprender a ser Juez”.
Jaime Manuel Marroquín Zaleta

La primera sentencia de la Corte de Constitucionalidad fue pronunciada hace unos 35 años. ¿Cuántos miles más ha dictado desde ese 17 de septiembre de 1986? El dato estará a mano de quienes se especialicen en ese tipo de arqueología. ¿Cúal fue su primer formato y cómo evolucionaron otros? Tampoco parece ser una cuestión de mucha importancia, aun cuando en la CC se han experimentado varias formas, hasta decantar la que se supone definitiva. Cuestiones como estas se trataron en un seminario-taller en el 2007. Motivado por el libro de Marroquín Zaleta, mexicano, tuve una disertación al respecto, de la cual surgieron algunos  conceptos:

Es importante el trabajo de los proyectistas y desde luego la revisión que realiza su magistratura. Si se piensa en la gran responsabilidad que esto implica, deberán observar, en primer término, que como reglas de la redacción estarán la claridad, la precisión y la unidad. Entenderíamos que estas deben prevalecer sobre las consideraciones —muy relativas por lo demás— de orden estético. La sobriedad es indispensable respecto de formas elegantes de redacción, aunque estas tengan mucha más libertad y amplitud. Conocemos de las inspiraciones poéticas (cabalmente el mejor ejemplo es Rubén Darío, creador del neologismo), por las que podía tomarse la licencia de crear palabras que no existían admitidas por la Academia de la Lengua Española. Esto no puede hacerse en nuestro sistema regido por la Ley del Organismo Judicial. Así la Corte ha elaborado sus resoluciones de acuerdo con ciertos parámetros formales, que la misma ha decantado.   

Esto recalca la importancia que tiene el trabajo (la carpintería) de los proyectistas que proporcionan las herramientas o los instrumentos para la mayor comprensión del caso y facilitar su solución. Esto es con aproximación, lo más que uno pueda, al ideal de la justicia. Si se medita en la responsabilidad que implica, los proyectistas, también llamados “letrados”, observarán que, como reglas de la redacción, están la claridad, la precisión y la unidad, que deben prevalecer sobre las estimaciones estéticas.

El litigante que sabe exactamente lo que quiere, debe también saber  decirlo. Al pan, pan, y al vino, vino. Y, por supuesto, así esperará que se exprese el juez. Quien fuere parte tiene a su alcance solicitar una aclaración o ampliación que facilite entender lo decidido o atender una omisión. Esto los jueces bien lo saben, aun cuando puedan ser maniobras de retardo o de consuelo de las partes. 

El lenguaje judicial es de carácter técnico, de ahí que en el libro del autor citado  hay algunos ejemplos: “De lo anterior se deduce que el acreedor alimenticio recibió puntualmente las pensiones alimentarias y, por tanto, no puede sostener válidamente que el deudor alimentario haya incumplido las obligaciones.” “El problema 

—advierte el autor citado— es que todo se dice técnicamente al revés porque el tutelado por la pensión alimenticia es el alimentario, en cambio el obligado a pagar los alimentos es el alimenticio.” Ejemplo entresacado de una sentencia, que confunde los conceptos y los pone de cabeza. Cuando se cuestionó ante la CC un reglamento municipal, en todo el extenso memorial se alegó que la Municipalidad se había “abrogado” el derecho de legislar, cuando en realidad lo que el denunciante quiso decir es que se había “arrogado”, porque abrogar es equivalente a derogar. La defensa de “tu Muni” alegó que estaba mal planteada la acción, porque el postulante estaba diciendo todo lo contrario de lo que acusaba. Igualmente en algunos escritos se dice “los padres adoptivos”. Los padres no están en disposición de ser ellos los adoptados, es al revés. Ellos son los que adoptan, entonces serán los adoptantes no los adoptivos.   

Sucede en algunas redacciones que cambian palabras para poner la difícil en vez de la sencilla. En un tribunal contencioso administrativo de un país europeo, se dijo esto: “Los principios generales del derecho son la atmósfera en que se desarrolla la vida jurídica, el oxígeno que respiran las normas”. Muy biológico pero quizás innecesario de poner en una resolución judicial. En una sentencia de la Corte Suprema de una nación sureña: “El paladium de la libertad es la Constitución y esta es el arca sagrada de las libertades”, poético pero suena declamatorio. Hablamos de 1988, en la primera, y de finales del siglo XIX en la segunda. Retórica aceptable en aquellas épocas. 

Recordando las reglas de claridad, precisión y unidad, se debe evitar la prosa farragosa. Esto sugiere utilizar el lenguaje preciso. No quiere decir que los dictámenes, las resoluciones o las sentencias tengan que ser necesariamente breves. Lo que se quiere es que deben ser exactamente redactadas. Tenemos sentencias de otros países y de tribunales internacionales que fácilmente se llevan cien páginas, en las que no sobra ni les falta. Tienen justo la extensión que explica razonablemente la decisión o el dictamen. Esto recuerda de la famosa película Amadeus  la escena cuando Mozart presenta una obra que al monarca le fascinó; sin embargo, como por impulso político este no podía encontrar nada perfecto que no fuera hecho por sí mismo, empezó a tratar de cuestionarle algo, que el asesor áulico le sugirió: “Tiene exceso de notas”. El compositor negó diciendo “tiene las notas necesarias”, y así era: una obra de Mozart no puede tener de más ni de menos, tiene las exactas. 

Existe también una necesidad política de ser exhaustivos en el tratamiento de asuntos sensibles, llamados de impacto, tanto por su importancia pública como por su trascendencia social. Esto por la credibilidad o la confiabilidad del tribunal, que tiene que dictar sentencia por convicción propia y ajena, para que la parte, aunque pierda el caso, quede persuadida de que hubo cuidadoso e inteligente examen de su planteamiento y de la cuestión litigiosa. En particular, cuando se está tratando de cuestiones políticas y sociales de gran trascendencia, de efectos generales (erga omnes), que interesan a toda la comunidad, el tribunal no debe eliminar el esfuerzo de una fundamentación exhaustiva. Por ejemplo, cuando se consultó si era inconstitucional limitar la edad de las personas para portar armas a menores de 25 años. Quienes lo suponían expusieron que la ciudadanía para adquirir derechos y asumir obligaciones es a los 18 años de edad, por lo que no había motivo para aumentar la edad para ejercer ese derecho, reconocido en la ley máxima sin ninguna limitación. El parecer de la Corte fue que era razonable la exigencia de una mayor madurez para ello, pero fundamentó su opinión en un estudio amplio sobre edad y derecho, examinando unas seis o siete leyes en donde se estimaban edades legales diferentes: la edad de la jubilación, la de acceso al matrimonio, la del ejercicio de determinados cargos. Además, se apoyó en estudios psicocriminológicos para presumir un promedio de madurez en el uso de armas. 

Retornando al orden, las sentencias principian por la sección de “resultas”, en las que algunas veces se incurre en excesos, pasándose la mano con el copy and paste, transcribiendo las exposiciones demasiado extensas, que bien pueden resumirse. Con relación a ese apartado, vale la pena tener presente que las reglas de la gramática son superiores a las de la literalidad. En ese sentido, cuando se transcribe una sentencia de otro tribunal, si se nota algún error ortográfico, que es posible que por descuido haya sucedido, no es necesario copiarlo y mucho menos poner el “sic” para que resalte. Aparte, no se puede alterar nada del concepto, absolutamente nada, pero es discutible copiar a la letra errores que no cambian el sentido. 

En cuanto a la síntesis, como curiosidad de ella vale un ejemplo, nada menos que un resumen del Quijote de La Mancha, como sigue: “Un hidalgo aficionado a leer libros de caballería se vuelve loco, le da por creer que es caballero andante y sale tres veces de su aldea en busca de aventuras hasta que, obligado a regresar a casa, enferma, recobra el juicio y muerte cristianamente.” Allí, en unas cuarenta palabras, están dos tomos del  libro de Cervantes. Desde luego, el ejemplo es extravagante, pero cuando se trata de describir en las “Resultas” lo que afirman las partes o lo que se extrae de algunos pasajes, es posible hacer un esfuerzo de síntesis, siempre que sea exacta e ilustrativa. No resultó en el caso de una minera que ocupó 8,000 folios en la CC. 

 

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