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Domingo

Asedio a la dignidad humana


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La dignificación humana, un logro de la civilización. La dignidad implica, sobre todas las cosas, la posibilidad de valorarse a sí mismo y respetarse. Poco tiene que ver, con lo que la letra muerta exponga, y mucho, con las oportunidades reales de desarrollo integral; o al menos, el desarrollo que, a cada individuo, en su originalidad, le resulte un anhelo posible de construir, pero no por terceros, sino por él mismo. La libertad acerca a las personas a la dignidad y el sometimiento a voluntades de terceros —a través del estatismo— las aleja. 

La dignidad, se basa entonces, en el logro, parcial o total, paulatino y progresivo, de autonomía. En la medida que avanzamos a ese objetivo —personal— saboreamos la dignidad, pues estamos, cada vez más lejos de ser dependientes, aunque siempre conscientes de ser complementarios. La libertad, además —como ingrediente fundamental de la dignidad— la encontramos, en la posibilidad de tomar nuestras propias decisiones, cuyas consecuencias deberemos —dignamente— aceptar y/o afrontar; algunas tendrán gusto dulce, otras amargas, sin faltar las agridulces. En todo caso, serán consecuencia de nuestro libre albedrío.  

Los Estados, lo único que pueden proveer, en la búsqueda de la dignidad para sus pueblos, son las condiciones básicas que garanticen la igualdad ante la ley, la seguridad mínima que desaliente a los malvivientes, mientras promueve el emprendimiento, y la transparente administración de justicia que, lejos de provocar incentivos perversos para el transgresor de la ley, motive el comportamiento moral y legal, manteniendo —en lo posible— la armonía entre los ciudadanos, a quienes se empodera, a través del ejercicio de sus derechos, pero también se les responsabiliza, por medio de la exigencia de sus deberes. 

La dignidad humana entonces, no se crea “por decreto”, ni obligando a la sociedad, a valorar, como “mejor o superior”, a quien defiende o ejerce tal o cual ideología, incluyendo la tan forzada, ideología de género. En el pasado próximo, se ha eliminado, en la búsqueda de una educación laica, la instrucción religiosa, en la mayoría de los planteles escolares; antes, se purgó la enormemente útil materia de “moral y urbanidad”, así como todos los resabios de civismo que, cuando niños, tuvimos ocasión de aprender. 

Aceptemos como válidas —aunque no lo compartamos— esas exclusiones, en aras del “progreso”, pero hoy resulta que —a fuerza— debe instruirse a los pequeños a aceptar una diversidad tan abundante, como la imaginación de quienes la exigen. ¿Tiene esto lógica o se trata de la imposición de un nuevo “marco moral” que a algunos nos resulta inmoral, por confuso y por disociar el pensamiento de los pequeños? Si no debe la educación inmiscuirse en otro asunto que no sea la instrucción académica pura, en aras de mantener la instrucción, libre de subjetividades, ¿por qué los esfuerzos por adoctrinar en una nueva escala de “valores” que incluye la destrucción del criterio propio y el aleccionamiento en el criterio masivo o estándar?

La dignidad humana, es un logro personal, al cual contribuimos generacionalmente los viejos. El reconocimiento no se puede inducir y menos obligar; ser “distinto”, único e irrepetible, no es un patrimonio exclusivo de los ideólogos de género, ni de quienes se esconden, en esta lucha frívola, para denigrar a quienes no piensan como ellos. En este orden de ideas, la dignidad —saludable— reconoce como iguales, en términos de derechos y obligaciones y debe someter, a todos, por igual, ante el imperio de la ley que se convierte en insoslayable, en cualquier Estado digno. Al discriminarse a los individuos, por cualquier causa, se lacera su dignidad; pero ojo, es menester no caer en el abuso de que sea un solo grupo, quien defina qué es discriminación y la use a su favor, o para ejercer de forma espuria el poder y retorcer el basamento legal que garantiza libertad y justicia, como bien individual, en pro del colectivo. 

Cuando los Estados exigen a las personas, delegar el cuidado de sus hijos, se está pervirtiendo la dignidad. Lo mismo ocurre, cuando se les ofrece a las personas, en edad de trabajar y con todas las facultades, para hacerlo que son el gobierno, o los “ricos”, los obligados a mantenerlos. Este acto destructivo, termina con los anhelos de muchos, imponiéndoles la falacia de que no son capaces de prosperar, convertirse en emprendedores e incluso en capitalistas. 

Comúnmente las ideas antidignidad, son impulsadas por gente indigna, de verborrea propicia y políticamente correcta que es escuchada por frustrados y cándidos, creyentes que un tercero, puede enseñarles atajos para el éxito y la dignificación propia; a guisa de ejemplo, expongo a todos los gobiernos populistas de falsas izquierdas y derechas, desde el de Vinicio Cerezo. Una larga lista de burócratas, demagogos y gente sin ninguna capacidad individual, para autodeterminarse, son quienes quieren “regalar” lo que no es suyo, ni les ha costado, y arremeter, contra quienes, sí son productivos, generan empleo e inspiran a otros a buscar su propia dignidad. 

El asedio a la dignidad está planteado ahora, globalmente. La agenda “inclusiva” es para reducir al mínimo el individualismo y convertirnos en una especie de zombis, adheridos a un móvil y programados, por medio de la profusa desinformación, disfrazada de noticia que impone, a toda prisa, un estatismo oprobioso que derrumba la moral y fracciona a las familias. ¿Lo permitiremos? ¡Piénselo! 

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