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Domingo

Magnicidios


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No vale la vida de un hombre lo mismo que la de otro. Nunca ha sido así, triste es decirlo. Y temo que nunca lo sea. Un invisible resplandor distingue al gran hombre del pequeño en la vida y en la muerte. Y a la realidad me remito. Miles de personas  fallecen cada día sin que nadie se fije en ellas, pero basta que muera un personaje, peor si lo ha hecho en forma trágica, para que la sociedad se acalambre y sobrecoja como si hubiese escuchado las trompetas del Juicio Final. 

Con esta conclusión, entre otras, terminé de leer La pasión de Lucrecia, novela del político y escritor paraguayo Carlos Mateo Balmelli, la cual incluye en su trama un minucioso relato del atentado contra Anastasio Somoza. Mi recuerdo de aquel suceso había sido hasta la fecha semejante al pitido lejano de una locomotora en la noche. Y aunque el shock que provocó en su día el magnicidio fue tremendo, mi memoria no retenía los detalles. La lectura de la novela, empero, me abrió el apetito por saber cómo se había gestado un crimen que de inmediato asocié con otro parecido, el de Lisandro Barillas, expresidente de Guatemala, a quien Estrada Cabrera mandó a asesinar en México, por haber organizado desde allí un golpe contra el dictador. 

Pero vayamos al grano. Somoza logró huir de Nicaragua en 1979. Los sandinistas no pudieron atraparlo y Estados Unidos le negó asilo político, no obstante que era “su” son of a bitch, o sea, su hijo putativo, expresión que en castellano resulta más elegante y precisa. Refugiado en Paraguay al amparo de la dictadura de Stroessner, Somoza se asfixiaba allí entre el desengaño y la amargura. Había publicado un libro titulado Nicaragua traicionada, donde contaba la perfidia de que había sido objeto por parte del país que alguna vez creyó su amigo e intentaba adaptarse a una vida que no le agradaba en absoluto. 

Así las cosas, una mañana de septiembre de 1980, en el centro de la ciudad de Asunción, Somoza se encontró de manos a boca con la muerte: esa sorpresa, como la llama Benedetti. El atentado tuvo lugar cuando el ex-Presidente de Nicaragua se dirigía en un precioso Mercedes blanco al bufete de sus asesores legales. El vehículo sin blindar recibió dos ráfagas de ametralladora que segaron la vida del chofer  y, acto seguido, el proyectil de una bazuca que reventó el vehículo y descuartizó al ex-Presidente.  

El plan, concebido en Nicaragua, contó con el apoyo logístico del régimen cubano y de la guerrilla colombiana y fue ejecutado por un comando montonero. Los líderes de la Operación reptil, nombre que se dio al atentado, fueron los argentinos Enrique Gorriarán y Hugo Irurzún, excombatientes en Nicaragua. Gorriarán ametralló el Mercedes e Irurzún disparó el RPG-2, lanzagranadas de fabricación soviética que, tras encasquillarse en un primer gatillazo, lanzó finalmente el proyectil que acabó con la vida de Somoza. 

Un “gran” hombre había muerto. Y no en el sentido moral, como digo, sino en el de su aureola o su dimensión respecto a otros hombres. Nada nuevo, excuso decir. Con permiso de Calígula y de Julio César, el magnicidio es tan viejo como la humanidad. Y tan imitado como la pizza o los jeans. En 1961, por ejemplo, otro “gran” hombre, Leónidas Trujillo, fue asesinado en forma parecida a Somoza. Lo mismo le ocurrió a Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno franquista, cuando en 1973 una carga subterránea hizo volar por los aires el automóvil en que regresaba de misa. ¿Vulnerabilidad, descuido, exceso de confianza? Sí, todo eso. Y también corrupción, agrega Mateo Balmelli. Los sistemas autoritarios se sienten inmunes a cualquier peligro hasta que los magnicidas descubren que asesinar al gran hombre es más fácil de lo que parece y que incluso un solo individuo puede llevar a cabo atentados tan elementales como los de Ronald Reagan o J. F. Kennedy.  

La vida pública engendra fobias terribles que no respetan ni a las jerarquías religiosas. Véanse los casos de los obispos Romero y Gerardi o el de Juan Pablo II. Pero hay algo en los magnicidios que supera el horror que provocan. Y es el morbo y la curiosidad que despiertan. Muchos de ellos se vuelven material de novelas y películas, como La fiesta del Chivo (sobre la muerte de Trujillo), Tiempos recios (la de Castillo Armas), Chacal (uno de los muchos intentos de eliminar a De Gaulle) o Sarajevo, el asesinato del archiduque de Austria que provocó la Primera Guerra Mundial. Historias todas adornadas con tintes de novela negra y sus clásicos interrogantes: quién lo hizo, cómo se llevó a cabo el plan, cuáles fueron los motivos.

¿Qué tiene la vida pública para aguijonear tales crímenes? Tres respuestas se me ocurren. La primera, que en el juego del poder todo vale. La segunda, que la política es fundamentalmente una pasión, no una ciencia. Y la tercera, que el atentado es el medio expeditivo y simple que muchos encuentran para castigar al poder por sus errores, sus excesos o sus crímenes. 

Juan de Mariana, un jesuita del siglo XVI, en torno a cuya estatua jugaba yo de niño en su ciudad natal sin tener idea de por qué se le consideraba un hombre notable, armó un gran revuelo en su día al calificar el regicidio como un derecho natural de las personas y lo justificó moralmente cuando los actos del monarca fuesen contra el bien común. ¿Y cuáles eran esos actos? Al lector de nuestro siglo le sorprenderá conocerlos: manipular el valor de la moneda, crear impuestos sin consentimiento de los gobernados, confiscar sus propiedades y sus bienes, crear policías secretas o construir obras faraónicas. 

En la actualidad, los magnicidios no parecen estar de moda, pero tengo la impresión de que se trata solo de un espejismo. Un crimen de esta naturaleza es casi una institución sin tiempo. Lo que ocurre es que hoy no castigamos al poder con bombas ni lanzagranadas, sino con el voto. ¿O no convertimos gracias a él a un buen número de personajes en cadáveres políticos?

 

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