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Domingo

La monarquía de los hipócritas


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La nueva monarquía que, indefectiblemente caerá por su propio peso, es la de la hipocresía. Hoy todos los discursos son políticamente correctos, pero quienes los plantean, son personas de conducta cuestionable; libertinos confesos, inmorales de la peor especie, mitómanos irrecuperables y traidores. Ellos, en contubernio aberrante, de la mayor parte de los medios de comunicación y la ausencia total de oposición gremial, sindical y académica, engañan y someten a la humanidad, a una realidad distorsionada, manejada desde el susto y la “ficción” convertida en “verdad”. 

Esta vez, los líderes políticos del mundo, están confabulados, para quebrar el emprendimiento, exacerbar la miseria y generar caos, desde donde surgirá una “revolución” estatista radical, basada en control total y extinción de todas las libertades individuales. 

En el siglo XIX, a partir de la Revolución Francesa, el mundo sufrió un impacto –irreversible– en su cosmovisión. Las monarquías cayeron en descrédito y surgieron los valores democráticos que se impregnaron de ideas de “igualdad”, también promovidas, con otro matiz,  por el socialismo “científico” de Marx y Engels. 

En todo caso, los excesos de las monarquías, en contraste con la miseria e ignorancia de las mayorías, empezarían –a partir de su terminación abrupta– con ideales que fincaron cambios, pero también demostraron que, si el poder, simplemente cambia de manos, de un grupo de codiciosos, a otro… el retraso es perpetuo y las cosas no mejorarán, para quienes se sienten marginados del sistema. La historia registra una andanada de venganzas, salvajismo y traiciones, a partir de los anhelos –usados en adelante– como arma de oportunistas:  “libertad, igualdad, fraternidad”. 

Es obvio que la libertad e igualdad, son incompatibles, salvo que la igualdad, como debiera de ser, se refiera, al espectro de derechos y deberes, así como a la comparecencia igualitaria, ante la ley. Una vez, esto se distorsione y se quiera llevar “la igualdad”, a todos los estratos, ignorando las capacidades, esfuerzos individuales, propiedad, decencia y coherencia de vida, se cae en el populismo aberrante que logra lo perverso… generar incentivos para el holgazán, mientras se fustiga al trabajador y/o emprendedor. Es en esa faena, en la que están inmersos los globalistas, abiertamente amorales y neosocialistas. 

La Gran Depresión, en EE. UU., llevó al presidente Franklin Roosevelt a implementar acciones Keynesianas, interviniendo en casi todos los estamentos de la economía. Ello implicó generar asistencia social masiva, inversión pública de importantes dimensiones y reformas que, en efecto, dieron resultado, aunque –es menester reconocer– el boom estadounidense se consolida por su participación y triunfo, junto a los aliados, en la Segunda Guerra Mundial. En todo caso, el modelo denominado “New Deal”, implementado por Roosevelt, es registrado aún, como el inicio del fin del colapso económico que dio al traste con la bolsa de valores y reveló las graves fisuras de su sistema bancario. 

Una lección que quizá se olvida de la Gran Depresión, fue el impacto en la miseria, en diversos países. Olvidarlo, puede ser “conveniente” para quienes manejan el poder planetario, pero es un absurdo, para las naciones ignaras y paupérrimas, como la nuestra que abrigan sus esperanzas en EE. UU. Hoy menos que nunca, debieran estar las economías pobres de Latinoamérica, esperanzadas en el imperio que languidece; esto es así, porque los desajustes 

económicos del gigante, son inconmensurables, a extremos tales que, resulta poco probable, que su “poderosa” moneda, sobreviva a lo que viene; el colapso que ellos mismos han construido, a partir de endeudamiento obsceno, explosión del gasto público y el asistencialismo, como arma, en  la lucha política populista. 

El líder mundial del capitalismo, está haciendo todo lo posible para convertirse en un país socialista. Esta ruta, es trágica, nunca ha funcionado, ni funcionará ahora; simplemente no es sostenible. Hace poco, me contó un amigo que, en una breve visita a Boston, el servicio de Uber, fue insufriblemente largo. Finalmente llegó el transporte y él le preguntó el motivo de la baja disponibilidad de vehículos. El laborioso conductor, le relató que el gobierno, ha dispuesto dar un estipendio, a los “Uber”, para que no trabajen, por la PlanDemia. Es decir, se forma un incentivo perverso, a favor de la vagancia y en contra del empleo. Por supuesto que el “Uber” activo, protagonista de esta historia, estaba disfrutando de sus mejores semanas de ingresos… muchos de sus colegas, prefirieron parasitar. 

Note usted, el gran engaño, impulsado por los gobiernos, tristemente liderados por EE. UU.; proponen el asistencialismo extremo, la deformación de lo subsidiario y la solidaridad malentendida. A través de esa receta, se compran aliados, como, en su día lo hizo Fidel Castro, Daniel Ortega o Hugo Chávez, entre otros muchos.  La gente está convencida que el gobierno los puede mantener, sin trabajar y persuadida que la riqueza la crea el Estado ¿Qué haragán o ignorante no defendería esta panacea inexistente? Veo –atónito– el gobierno del imperio, desacreditando lo que no hizo gigante… el trabajo; casi repartiendo palanganas y pachones, al mejor estilo del más patético tercermundismo. Me causan pena ajena, los referentes de opinión y colegas economistas, ignorando el colapso económico que se avecina e indefectiblemente, nos pasará atropellando. 

La corrupción, finalmente se “democratiza”, inventando dádivas para quien no quiere trabajar y mayores cargas tributarias para el que trabaja. El asistencialismo corrompido, es una perversión, en sí mismo. En Guatemala, de igual forma, se le confiere el poder de administrar los recursos públicos, a organismos estatales putrefactos. Se canalizan “ayudas sociales”, por medio de ministerios que apestan a inmundicia; son empresas y entidades “sin fines de lucro”, vinculadas a diputados, amantes y amigos de los gobernantes, las que “administran” el erario y “redistribuyen” la riqueza. 

La única redistribución posible, con semejantes intermediarios, es, el traslado de los impuestos, desde la productividad, a las cuentas –particulares– de dichos intermediarios. Además, la deuda pública adquirida –de forma opaca– con la excusa de una “emergencia nacional”, cuyo servicio (pago), estará a cargo de las próximas cuatro generaciones, tampoco llegará al necesitado, ni creará infraestructura, ni mejorará la atención hospitalaria. ¿Esperanzas en la visita de la vicepresidenta norteña? ¡Esperanzas de cándidos mareados! Su gobierno, tristemente representa, la confirmación del ocaso del imperio; las “limosnas” –si las hubiere– a cambio de dignidad, las arrebatarán oportunistas, para direccionarlas al clientelismo y ganar las próximas “elecciones”.  ¡Piénselo!

 

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