David, el hombre desplazado por la incertidumbre climática

La variabilidad climática, que provocan fenómenos extremos como las sequías o los huracanes, da el último golpe a la población campesina que vive bajo condiciones vulnerables y de abandono estatal en la sierra de los Cuchumatanes. Este es el caso de David Gómez, a quien Eta y Iota le destruyeron su vivienda y su cosecha. Sin más opciones en su entorno para sobrevivir a estas tragedias decidió huir y migró hacia Estados Unidos.

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Texto: Cindy Espina 
Video y fotografías: Gerardo del Valle
Este reportaje se realizó gracias a la beca otorgada por Fundación Gabo y ACNUR

Catarina Gómez Lucas carga en su espalda a su hija de dos años, como si la protegiera con un capullo hecho de telas. La duerme con el leve movimiento que hace su cuerpo cuando toma fuerza para remover con sus manos los granos de la poca mazorca que le queda. Dice que los elotes que tiene almacenados en el techo de su pequeña casa le alcanzan para tres meses, pero eso solo sería posible si ella, su esposo y su hija comieran menos, porque con la cantidad de maíz que le queda solo podrían comer bien durante tres semanas. 

Es la tarde del 22 de enero y faltan 19 días para que su esposo, David Gómez Santizo, inicie su viaje hacia Estados Unidos. Si logra llegar, dice que lo primero que le pedirá son tres quintales de maíz. Eso suma Q420, que son US$56. Una cantidad de dinero que su esposo no logra ganar ni en un mes en Tzununcap, una aldea de San Mateo Ixtatán, ubicada en las montañas que conforman la sierra de los Cuchumatanes, en el noroccidente de Huehuetenango. 

En esa pequeña conversación, Catarina hace, sin querer, un breve recuento de su miseria, a la que ella y su esposo se han visto expuestos, mientras que dos tormentas tropicales los han llevado aún más al límite de la supervivencia, con su seguridad alimentaria pendiendo de un hilo.  

Catarina continúa desgranando la mazorca, mientras en el fogón de barro que tiene a su lado, hierve una pequeña olla con frijoles. Esta vez los cocinará solo con sal. Los suele preparar con chipilín, pero a finales de diciembre cayeron unos  pequeños copos de nieve o “heladas” que pudrieron este y las otras hierbas. Se han quedado sin el único suplemento de hierro con que cuentan.  

Migración Huehuetango Guatemala
David Gomez; su esposa, Catarina Gomez y su hija.
Migración Huehuetenango Guatemala
Catarina, la esposa de David, baja la mazorca del depósito ubicado en el techo de su casa.

 

Escapar de la miseria

“Yo he tomado mi decisión para ir a luchar por mi vida, por mi familia. Porque aquí soy pobre. No tengo nada. No tengo dinero, no tengo terrenos donde pueda trabajar. Por eso tomé mi decisión para ir a luchar a los Estados Unidos”. 

Esa es una de las formas en que David Gómez Santizo, de 28 años, el segundo de tres hermanos, resume la razón que lo obliga a dejar a Catarina y a su hija. El motivo que lo expulsa de su pequeña comunidad indigena Chuj. Cuando habla del tema, David se muestra apacible y, a veces, risueño. No se exalta ni deja que la tristeza por su pronta partida invada su rostro. 

David está acompañado del resto de su familia. Su mamá, María, y su cuñada, Ana, junto  a  sus tres hijas. Todos viven en dos pequeñas viviendas montadas sobre una corta planicie en un cerro. 

El viento golpea fuerte y hace más intenso el frío de enero en esa parte del altiplano occidental. La familia prefiere hablar dentro de la casa de María, donde el fogón que les sirve para cocinar también les ayuda a calentarse. La vivienda es un pequeño rectángulo y carece de divisiones. En ese espacio, la cocina es el comedor, unas tablas son el trinchero, las tres camas también son sillas y algunas cajas son los gaveteros. El piso es de tierra y las paredes y el techo son de láminas oxidadas. Ese mismo patrón se repite en la casa de David y Catarina, solo que en un espacio más reducido, donde cabe solo una cama. 

David es el designado por su familia para relatar, a veces, la forma en que sobreviven, no solo porque está a unos días de marcharse, sino porque es el único de la familia que mejor habla el español, su segundo idioma. Su lenguaje materno es el chuj.

Una vez adentro y con toda la familia formando un semicírculo alrededor del fogón, David ya no oculta su malestar. Le removieron las “muelas del juicio”, pero el dinero no le alcanzó para comprar unas pastillas que le calmen el dolor. Con sus manos trata de detener la molestia  que surge como punzadas cuando habla y también cuando se mantiene en silencio. Con ese sube y baja de manos, cuenta el motivo de su viaje, que es su vida al límite de la supervivencia. 

Dice que recibe Q30 por día de trabajo. Eso pagan por trabajar desde las 7:00 de la mañana a las 2:00 de la tarde, bajo el sol, en el campo de los Cuchumatanes. Tiene cuatro días sin trabajar. Ya no tiene dinero. Todo lo que tenía, que eran Q60, lo gastó en alimentos. Ese día, por la mañana, caminó junto a Catarina por casi cuatro horas para ir y regresar del mercado ubicado en el centro de San Mateo Ixtatán. Pagar bus no es una opción, no  les alcanza. 

En el centro de Tzunancap, que queda a 15 minutos de distancia de su casa, no hay días de mercado. Solo hay pequeñas tiendas que venden algunos abarrotes y golosinas. Nada más. Es un pueblo construido entre cerros, donde una escuela se encuentra en construcción y el puesto de salud son dos cuartos que se desprenden del centro escolar y no abre sábado ni domingo. Las calles de barro recuerdan lo poco que ha cambiado Guatemala. La incapacidad de los gobiernos. El retorno al presente se manifiesta por las coloridas casas de hasta tres niveles que emiten reflejos por sus enormes ventanas de vidrios negros, semejantes a un espejo. El diseño y arquitectura clásicos en las viviendas que han sido construidas con el dinero de las remesas que proveen los que han logrado huir de su propia comunidad. 

El viaje al mercado sirvió para comprar una libra de frijol, azúcar, aceite, sal y verduras, como papa, tomate, cebolla. También compraron pescado seco, que almorzarán con tortilla esa tarde.  Ese pescado alimentará a cuatro adultos y cuatro niños. No hay más carne para la semana. No alcanzó. El resto de días solo comerán frijoles con tortillas y una bebida de maíz molido. 

Su esperanza de conseguir más dinero descansa en su hermano menor, el esposo de Ana. Se fue hace dos semanas a trabajar a las fincas de café en Santa Cruz Barillas. También descansa en los encuentros por la tarde o en las llamadas nocturnas de sus vecinos que planean iniciar una siembra. 

No hay otra manera de ganar dinero en Tzunancap, un pueblo que refleja el abandono estatal en su aspecto más básico: la inexistencia de un camino asfaltado de acceso a la carretera principal que lleva a San Mateo, a Santa Eulalia o a Santa Cruz Barrillas. Esto  a pesar de que todas las familias de la aldea se dedican a la pequeña y microagricultura.

 

Desplazados por el clima 

Este será el segundo intento de David Gómez para llegar a Estados Unidos. La primera vez fue el 19 de octubre de 2020. Le tomó 10 días llegar a Ojinaga, una ciudad fronteriza en el noroeste mexicano. Desde ahí empieza el desierto, el muro natural que divide a México y a Estados Unidos, un camino que puede significar la muerte. El recorrido de David fue interrumpido por la Patrulla Fronteriza estadounidense. Lo detuvo al inicio de su ruta y  estuvo 15 días en la cárcel, en una “hielera”, que es la forma popular de llamar a las prisiones ubicadas en las estaciones de la patrulla, porque por las noches se convierten en celdas muy frías. 

Sin otro proceso, más que el de esperar en la “hielera”, fue deportado a Guatemala. 

Desde hace tres años el Instituto Guatemalteco de Migración (IGM) comenzó a registrar el número de deportaciones de migrantes sin papeles desde Estados Unidos.  Intentos de fuga, de los que se vuelve solo con una bolsa de papel en las manos. En el conteo de deportados que hace el IGM, un promedio de 500 personas  tratan de escapar de San Mateo Ixtatán cada año. Son la tasa más alta de población que intenta migrar del país. 

David no recuerda muy bien el día que regresó a Tzununcap y como aproximación menciona que fue el 19 de noviembre. Lo que sí recuerda bien es lo que vio al volver. Para ese entónces ya no tenía casa. El 4 de noviembre, la tormenta Eta provocó un deslizamiento de tierra que soterró la vivienda de la familia Gómez. Desde su nueva casa de láminas ve con nostalgia hacia abajo y señala un terreno más plano que tiene a la par un enorme árbol que de lejos se ve amarillo. En ese lugar vivían antes, pero tienen miedo de regresar. 

Los Gómez son parte de las  4 mil 91 familias de San Mateo que fueron afectadas por Eta y Iota. Las tormentas llegaron casi juntas. Eta causó la destrucción de su vivienda y empujó al límite su seguridad alimentaria, pero fue la tormenta Iota la que dio el golpe final a la familia. La segunda cosecha del año, la que David preparó antes de marcharse, se pudrió por exceso de agua. La tierra no había absorbido la saturación de agua que dejó Eta, cuando llegó Iota.  

Eta y Iota fueron dos huracanes que se desprendieron de los 30 ciclones que se formaron en el Atlántico en 2020. “Una desastrosa temporada de huracanes”, titularon los principales medios de comunicación al observar los daños que había causado. La temporada inició el 1 de junio y finalizó el 30 de noviembre, y atacó con mayor saña a la vulnerable población centroamericana. 

En Guatemala se manifestaron como “tormentas tropicales”, pero el daño que causaron fue de la magnitud de los huracanes. 

Por la vulnerabilidad a la que ha sido arrinconada la población, la frecuencia en la que se generaron estas tormentas fue como un tiro de gracia para las familias del norte de Guatemala. Fue el empuje para que David continuara con la idea y las ganas de irse del país. 

“Desde hace tiempo siempre han pasado las tormentas, pero desde hace como dos años empiezan a ser más fuertes. Entonces, el año pasado (2020) botaron toda mi casa y perdí todas mis cosas…cuando pasó la tormenta también todo mi trabajo se arruinó, entonces no hay de dónde sacar para la comida”, así resume David, sentado en la cama que también es silla, la estocada final que el clima le dio a su vida. Y aunque tampoco era mejor, porque las limitaciones económicas y sociales estaban presentes, lamenta haber perdido su casa de abobe y un terreno más plano para sembrar. 

Los terrenos inclinados como los de Tzunancap son mejores para reforestar que para cultivar. Tienen poca profundidad y están desgastados por el viento y la lluvia que los recorre. La tierra es menos fértil, pero eso es lo que quedó al alcance de David después de Eta y Iota

En Huehuetenango, el caso de los Gómez es el panorama común en cada una de las aldeas sobre las montañas de los Cuchumatanes. Desde lejos se ven como pequeños cuadros de colores rodeados de árboles, milpa y envueltas en un frío seco que hiere la piel. Los terrenos inclinados y la variabilidad climática someten a los campesinos a una incertidumbre que hace dos décadas no tenían. Estos climas extremos, producto del cambio climático, dejan relegado el método de siembra tradicional de los pobladores del Altiplano occidental, que ante la incertidumbre de ya no saber si en el año lloverá mucho o habrá sequía, prefieren abandonar el campo y marcharse. Esa es la conclusión de Juventino Gálvez, investigador del Instituto de Investigación y Proyección sobre Ambiente Natural y Sociedad (IARNA), una de las pocas instancias que indaga sobre la conexión que existe entre el cambio climático y la migración: los desplazados por el clima. 

Juventino coloca la variabilidad y el cambio climáticos como la última gota que derrama un vaso repleto de una serie de factores que provocan que estas familias pendan de un hilo para comer y para sobrevivir. Solo quedan pequeños y microagricultores sin capacidad para mejorar sus ingresos, que lo pierden todo por los climas extremos, que no tienen acceso a niveles adecuados de nutrición, salud y educación. Una población en desamparo total de la institucionalidad, esa que debe invertir para que existan carreteras que les permitan a los campesinos llevar su cosecha más allá de su mesa. 

“El panorama es desolador. Sí que lo es”, reitera Juventino, que basa su preocupación en una de sus últimas investigaciones en el altiplano occidental. El estudio revela que el agricultor más capacitado para adaptarse al cambio climático recibió una puntuación de 40 sobre cien. “No. Aunque sea la calificación más alta, ese agricultor no podrá adaptarse al cambio climático. Entonces huye, migra, se va”, explica.

David no podrá aspirar a un estatuto de refugiado en Estados Unidos. Ese país no otorga refugio a las personas que huyen del hambre, aunque haya sido ocasionada por un problema global: el cambio climático. 

A 19 días de huir de todo

El panorama desolador del que habla Juventino Gálvez es el que pesa sobre David en su pequeña aldea en Tzununcap. 

Un día después de la conversación alrededor del fogón en la pequeña casa de lámina, cuatro adultos y seis niños aflojan la tierra con un azadón en un terreno muy inclinado. En esa tierra suelta lanzarán la semilla que hará crecer la milpa sobre un pequeño cerro. Uno de los trabajadores es David. Por una llamada nocturna pudo conseguir un jornal de Q30, con los que podrá sufragar algunos gastos. A pesar del sol que trata de cubrir con una gorra, David no pierde del rostro esa apacibilidad que lo caracteriza. Aunque se encuentra agitado por la  fuerza que ejerce con el azadón para aflojar la tierra, su tono de voz se mantiene paciente, con ánimos de conversar. En sus palabras desliza a cada momento un lamento por tener que partir y dejar a su familia, pero resuelve que no le queda de otra. Con los Q30 que gana al día no puede construir de nuevo su casa de adobe que cuesta Q12 mil. 

Pero prefiere no darle más vueltas al asunto y por el momento decide que es mejor concentrarse en los golpes que le da a la tierra. 

“Dicen que Trump ha mandado hacer una ley, en donde dice que ningún migrante puede pasar”, comenta con tono de duda Francisco Pablo, el dueño del terreno. Al parecer todos se hacen la misma pregunta. Detienen el trabajo para escuchar una respuesta que les confirme o niegue el rumor.  En ese grupo aún no saben que Donald Trump ya no es el presidente de Estados Unidos. El coyote solo les dijo que era difícil pasar en familia y que es complicado pasar solo porque el presidente es Trump. No explicó más allá de eso. Los cambios políticos y sus consecuencias no entran en esas conversaciones. 

De los cuatro adultos que aflojan tierra, dos se partiran con el mismo coyote hacia Estados Unidos el 10 de febrero. Los niños, escupen sus manos para suavizar el roce de la piel con el azadón. Uno de ellos es el nieto de Francisco Pablo y dice con entusiasmo que solo espera tener unos 17 años para migrar hacia el Norte. Todavía le quedan ocho años para sobrevivir a Tzunancap. 

La jornada de trabajo termina a las dos de la tarde en punto y a David Gómez lo espera en su casa su esposa Catarina y su hija, que duerme en la espalda de su madre. Para cuando llegue David,  Catarina ya habrá terminado de desgranar la mazorca. Los frijoles cocidos solo con sal y sin chipilín aún hervirán. La impostergable llegada de David hace que Catarina se levante para preparar la bebida que surge de hervir agua con maíz molido: el U’kem, así se llama en acateco, el idioma materno de Catarina. 

Frente a su esposa, David cuenta detalles de su primer viaje. Regresar del fallido intento de cruzar el desierto fue triste y duro para él. Se encontró con todo destruido, sin nada y eso es más angustiante que la idea de prestar más dinero y aumentar su deuda para irse de nuevo a los Estados Unidos. 

David cuenta, sin mostrar preocupación, que tendrá que prestar otros Q75 mil para pagar al  nuevo coyote que le garantiza que cruzará el desierto sin ser detenido por la Patrulla Fronteriza. Con este nuevo préstamo su deuda se incrementará a Q150 mil. “Ahora  mi plan es ir otra vez hasta lograr llegar a Estados Unidos porque ahorita ya debemos mucho. Ya no hay para dónde”. Lo dice mientras se le desliza una pequeña sonrisa, que no se sabe si es por nervios o por resignación. 

Catarina no habla mucho y tampoco entiende muy bien español. Con frases muy cortas y respondiendo a preguntas con un “sí” o un “no” hila lo que desea expresar.  Dice sentir tristeza porque se va su esposo, pero está feliz porque tendrán dinero para comer, hacer otra casa y para que su hija, a diferencia de ellos, sí asista a la escuela. El segundo sentimiento es más fuerte para ella. Dice que va a rezar día y noche para que su esposo llegue, tal como lo hizo cuando se él se marchó por primera vez. Catarina dirá sus plegarias en chuj, así es como su suegra le enseñó a rezar.

Migración Huehuetenango Guatemala
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Irse para que su hija pueda ser niña 

En la familia Gómez los días son monótonos y a veces irritan, como el ruido frecuente que hace una gota de agua que sale de un  grifo mal cerrado. Y no es porque ellos quieran, es porque el entorno los obliga. No siempre hay empleo para David y menos para las  mujeres de la familia que hacen trabajos de agricultura. La dinámica se concentra en los quehaceres de la casa y pequeñas salidas a conversar con los vecinos, que son también sus amigos. Las niñas juegan poco y, a veces, lloran mucho. En ocasiones parecieran muñequitas de trapo, que solo se mueven o se levantan con la ayuda de una mano externa y que quieren pasar la mayor parte del tiempo dormidas en la espalda o en el regazo de sus madres. Son síntomas que caracterizan a las niñas y niños que padecen desnutrición. Los Gómez aseguran que ninguna de sus pequeñas está malnutrida. Sin embargo, su dieta y sus pocos ánimos de ser niñas muestran lo contrario.  

En San Mateo Ixtatán, el 79 por ciento de los niños y niñas sufren de desnutrición crónica. Esto quiere decir que después de los cinco años no superan los efectos de la malnutrición con la que nacen. En ese municipio, hace nueve años, Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti prometieron acabar con la desnutrición. “Hambre Cero”, le llamaron a plan. 

Es 23 de enero, a David le faltan 18 días para marcharse y la monotonía cambia un poco en la vida de los Gómez. La familia completa se ha ido a trabajar, a pasar el azadón a un terreno que también está inclinado pero lleno enormes rocas. Por ese día la familia recibirá Q150. El terreno pertenece a un hombre que vive en Estados Unidos y que manda dinero a su esposa para que coseche. Por un momento, las niñas deciden jugar en la tierra que aún no ha sido aflojada, mientras sus madres llenan sus dedos de ampollas provocadas por el palo del azadón. 

Por un momento, David se detiene y observa a su madre, que con 55 años, pasa el azadón en un pedazo en donde se mezcla la tierra con una enorme piedra que está negra por el barro. “Está duro el trabajo aquí… mi mamá aquí está trabajando. Si me voy a Estados Unidos y si logro llegar, primero Dios, mando dinero para que ella ya no trabaje”, dice y regresa a picar la tierra. 

La familia Gómez almuerza después de trabajar en el Campo
Migración Huehuetenango y Guatemala
Ana, cuñada de David lava ropa sobre una tabla.

 

La travesía y las ganas de volver 

David Gómez salió de Tzunancap la madrugada del 10 de febrero hacia Estados Unidos. En menos de 10 días ya caminaba de nuevo por Ojinaga. Paciente, como un cazador que observa a su presa y a la espera de una orden para salir, estuvo en ese lugar por un mes. Después se adentró por cinco días en el desierto para buscar su objetivo: tocar suelo estadounidense y diluirse en sus pueblos y ciudades sin ser capturado por la autoridad migratoria. Durante la Semana Santa, David evitaba morir en el desierto y ser capturado por la Patrulla Fronteriza. Logró esquivar ambos obstáculos. 

Llegó a Nuevo México y desde ahí partió hacia un Estado ubicado al suroeste de Estados Unidos. Ahí lo esperaba su primo, el que le prestó el dinero para salir de Tzunancap. 

Ahora lava trastes en un restaurante y ya mandó su primera remesa. Aún no tiene celular, porque no le alcanza el dinero para comprar uno. David se ha encontrado con otra realidad, la que le garantiza tener un trabajo todos los días, pero que no significa una mejor calidad de vida para él, aunque sí salva de morir de hambre a su familia. El dinero que gana por día, unos US$100, lo tiene que dividir en tres: sus gastos en un pueblo sureño de Estados Unidos, la remesa y el pago de casi US$20 mil a su primo. 

David dice que en tres años regresará a Tzunancap.