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Domingo

Sobre el fracaso de la inteligencia


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La historia enseña que los hombres solo se comportan de manera inteligente una vez que han agotado todas las demás opciones. Habría dado un potosí por haberlo sabido cuando tenía 20 años. Me habría ahorrado muchos disgustos. Pero lo aprendí ya tarde, cuando la experiencia y el tiempo habían hecho del aforismo una lección de vida. Lo dijo por primera vez Abba Eban, un diplomático israelí del pasado siglo, en un discurso ante el Parlamento británico. Y si hoy la traigo aquí es porque me ha parecido justo utilizarla como apostilla en voz baja a una inquietud, expresada días atrás por Luis Aceituno en este diario, acerca de por qué Guatemala no ha podido aún alzar el vuelo, no obstante el número de personas inteligentes con que ha contado en su historia. 

La frase de Eban vendría a ser también una especie de corolario a la expresión “inteligencia fracasada”, título del libro de José Antonio Marina que había inquietado a Luis. Y es que cuesta aceptar que la inteligencia fracase. No cabe en la cabeza de nadie que las catalizadoras del progreso humano sean la estupidez o la ignorancia. Pero el hecho es que tal cosa sucede. Y a esta sorprendente paradoja van dedicadas las reflexiones que siguen. 

A modo de introito, digamos que Marina no aludía en su obra al hecho de que a países como Bolivia, Venezuela o Perú les haya sucedido lo mismo que a Guatemala. Tampoco analizaba el recurrente malogro de la intelligentzia, término que implica la participación activa de los intelectuales en la política. El propósito del pensador era explicar los fracasos y derrotas de la inteligencia individual. Luis, en cambio, se refería según pienso a ese núcleo de hombres y mujeres que, en un momento dado de la vida de una nación, visualiza, crea, construye, señala rumbos y propone metas.

Suena bien. Y es motivador. Pero que tal inteligencia exista no basta para cambiar un país. Como el propio Marina advierte, la inteligencia cumple su función si permite resolver situaciones conflictivas, de lo contrario actúa mal. Y eso es lo ocurre en la vida pública. Diré más: si Guatemala no ha alcanzado las cotas de desarrollo económico, social y humano que todos desearíamos ver, no ha sido por falta de inteligencia, sino porque en situaciones conflictivas se ha utilizado en forma errónea. Por ejemplo, durante la crisis que condujo a la balcanización de Centroamérica tras la Independencia de España. Por ejemplo, en el curso de la Revolución  Liberal, cuando la inteligencia creadora de García Granados fue derrotada por el poder hosco y crudo de Justo Rufino Barrios. Por ejemplo, a lo largo del conflicto armado que durante 36 años ninguna de las partes quiso conciliar. En estos y otros casos la inteligencia fracasó, pues no suele ser ella, sino el poder, quien marca el paso de la historia.

Lo cual nos lleva a otra acotación importante. Y es que para conducir a un país al éxito hace falta algo más que inteligencia. Se necesita carisma para atraer voluntades, aunarlas e inducirlas a la acción. Pienso por ejemplo en Mandela, en Adolfo Suárez, en Deng Xiaoping, líderes que en su momento lograron llevar a cabo rupturas políticas admirables en medio de situaciones conflictivas. Lo que significa que la inteligencia, en el sentido que venimos dando al término, solo triunfa cuando existe un poder político capaz de usarla con perspicacia y destreza.   

Quiero decir: la inteligencia no es la panacea que resuelve los desajustes de la cosa pública. Es solo un instrumento, uno más, de la política. Un recurso que es derrotado con frecuencia por las opciones a las cuales se refería Ebban, vale decir, los poderes fácticos, los grupos de interés, las jerarquías, las cúpulas, la rapacidad, la violencia, las traiciones, la codicia, el crimen, los prejuicios, los tabúes, los sistemas de creencias, los resentimientos, los odios, los celos, la envidia, la intromisión extranjera, la mentalidad retrógrada o la escasez de recursos. Ha sido en estos y otros escollos donde históricamente se ha estrellado la inteligencia del país, a menudo la última opción tras agotarse las otras. 

Me costó tiempo y ayuda aceptarlo, pero al cabo  comprendí que la “inteligencia”  del poder supera siempre  el poder de la inteligencia. Al fin y al cabo, venimos de una cultura propensa a este sesgo. Somos hijos de la Contrarreforma romana (dogmática, reaccionaria, con manías persecutorias y obsesionada con suprimir al adversario). Del absolutismo monárquico (soberbio, inapelable, monopolista y repartidor de mercedes). Y del bonapartismo militar (dictatorial, incuestionable, inapelable y represivo). Contamos con un ordenamiento jurídico moderno, sí, pero inserto en una cultura con hábitos decimonónicos y resabios dieciochescos que no encaja muy bien en el paradigma de la democracia.

Así y todo, aún con sus taras y espinas, trátase de una herencia de la que es posible escapar, como lo demuestra el caso de la transición española. Parecida historia, mismas barreras, mismos poderes fácticos, y aún así, modernización rápida y cambio radical. La inteligencia triunfó en este caso, mas para ello fue necesario un amplio consenso político y un gran esfuerzo generacional. 

En el capítulo final de su libro, Marina recuerda esa curiosa vertiente de la condición humana según la cual la felicidad es pancista y boba y solo el sufrimiento es creador (o inteligente). No sé si sufrimiento sea la palabra debida, pues, en el caso de Guatemala, el país ha sufrido ya bastante sin que el efecto haya sido el esperado. Lo que me parece innegable es que una nación no se construye ni se crea con pancistas ni gente feliz, sino con el sacrificio (esta es la palabra) de quienes están dispuestos a liberar la sociedad de las rémoras que frenan su marcha hacia un futuro mejor. Y no sé por qué me da en la nariz que eso es lo que nos está faltando ahora.  

 

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