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Domingo

Indignos blandengues


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Guatemala no prosperará, mientras no aprenda de su propia historia. Un país supeditado a “verdades” importadas que nunca han sido tal cosa. Propongo una cita antigua y analizar someramente nuestra ruinosa era “democrática”, solamente para insistir –sin ninguna esperanza de reflexión– sobre el problema medular que nos hará permanecer atados, a un imperio que ya no es tal cosa, encontrándose desquebrajado, desde sus cimientos, afrontando las consecuencias de la traición a los principios que lo convirtieron justamente en “el imperio” e inspiración del emprendimiento, propiedad privada y administración de justicia; todo ello, ahora, bajo asedio, por la implosión del timo, el engaño y la tramoya. 

“América para los americanos”, declaró el presidente Monroe, en 1823, sentencia que se convirtió en doctrina, a lo largo de muchos años e implicaba la pertenencia y control de la rica región de América, a favor de EE. UU. Así las cosas, América se alineó a todas las directrices estadounidenses que buscaban el desarrollo exponencial, no del continente, sino de un país que en efecto se volvió enorme, gigantesco y rico; a partir de la Segunda Guerra Mundial –sin ninguna duda–, la potencia más respetada del mundo. Ello no implicó un “rebalse” de prosperidad para la región dominada, al contrario, las brechas de desarrollo se fueron haciendo muy notorias. Hubo excepciones notables como la República Argentina que, antes del populista y destructor peronismo, se constituyó en una vigorosa economía de cuyos vestigios aún dan cuenta su monumental Buenos Aires y amplia infraestructura. 

Centroamérica fue un territorio de “juegos macabros”; a partir del ascenso de Fidel Castro a Cuba –provocado por el Gobierno de EE. UU.– para relevar a su anterior sirviente Fulgencio Batista. Luego de la Crisis de los Misiles se arreciaron las batallas en el istmo, porque “no se podía permitir la caída de otro país al régimen comunista”. Los niños de aquella época vivimos en la zozobra de la advertencia, ¡ya vienen los rusos!; series de televisión inocentes, como el Superagente 86, películas de guerra, caricaturas y toda la influencia mediática posible, vendían a los rusos, además con acento ridículo, como verdaderos idiotas y seres llenos de maldad. Así empezó el divorcio y odio entre guatemaltecos y guatemaltecos. Familias enlutadas de ambas partes de los bandos que no luchaban, ni por ideales, ni por propósitos o desarrollo… sino para complacer apetitos codiciosos foráneos, soviéticos o estadounidenses. 

En 1989, con la caída del muro de Berlín y la “clausura” de la Guerra Fría, ¿quién ganó? Ello todavía no está claro, pero se puede afirmar, que los grandes perdedores fueron los territorios ocupados por estos infames y abusivos que regaron nuestra tierra, con la sangre de nuestra gente… sin mancharse sus manos jamás. Luego instaron a “firmas de la paz”,  implementaron “las democracias”,  enjuiciaron a sus otrora obedientes aliados y subalternos, empujaron –con dados cargados–  “resarcimientos”, y  procuraron ofertas –incontables– de limosnas que, nuestros impresentables,  cobardes e inmundos gobernantes estuvieron dispuestos a recibir, a cambio de lo mismo de siempre… Obediencia a intereses foráneos, obviando la fidelidad a nuestra Constitución e Independencia, ingredientes que, si somos honestos, con nuestra historia, han sido inaplicables y su distorsión y manoseo,  ha llevado al país, al desastre. 

A partir de que EE. UU. entra en su propia crisis –de la cual no saldrá pronto, pues se avecinan los peores ventarrones–, surge la división  interna, irremediable y fatal. Este incono entre demócratas y republicanos que pasa por visos de manipulación a sus propias cortes, procesos electorales sospechosos, campañas negras, indisciplina económica, déficit fiscal, exceso de deuda y hedentina… se extrapola a la región dominada, esgrimiéndose –con mucho más furor que durante la Guerra Fría– dos banderas claramente definidas. Una de un conservadurismo languideciente y “fuera de moda” y otra que propugna por la destrucción de la familia, el desecho de los valores que constituyen la base social, relativismo absoluto y confusión, orientada a destruir la infancia y limitar el universo de los pequeños a un móvil, tableta o computadora, llena de información alienante, por engañosa.  

Otra vez surgen los programas de televisión, películas y caricaturas que ya no instruyen contra los rusos, sino presentan una contracultura basada en la promoción del homosexualismo, como la parte medular –y más importante– de la existencia. El afán no se satisface, con aceptación o inclusión de quienes ejerzan tales tendencias, gustos o conductas, sino que busca sean aprendidas en una promoción abierta y clara, como una modalidad de vida “novedosa y moderna” que pretende, obviamente, lograr el propósito ulterior de la reducción de la reproducción de la especie humana, exponiendo a los niños a hogares con dos padres o dos madres, dentro de los cuales, la mamá puede ser un hombre y el papá una mujer. No se trata de ampliar criterios, sino de destruir todos los estamentos conservadores; se intenta repudiar –en medio de la aparente inclusión– a quienes no promuevan –ejerciendo su libre albedrío– tales ideas. La virtud, el decoro, la “buena lección” de cada historia, no surge por méritos, sino por preferencia sexual, lo cual es un absurdo y constituye el fomento de la discriminación a los heterosexuales. 

El nuevo modelo, gestado desde el imperio y apoyado por muchísimas naciones, también incluye engaños como: 1- el desprecio al trabajo y 2- la “realidad” de que gobiernos pueden cuidar a todas las personas de la sociedad. Ello implica la perversión –y de las peores– de enseñar que los gobiernos producen riqueza. A partir de la PlanDemia, en EE. UU. –antes pasó en Europa– millones de personas que podrían trabajar, por no estar enfermos ni incapacitados, reciben un cheque mensual, por no hacer nada. En resumen, la contracultura propone que podemos delegar a los gobiernos el sustento de nuestra familia, la educación de nuestros hijos (que ya no deben asistir a las aulas) y, a cambio,  entregar todas nuestras libertades. 

La implosión estadounidense no ha acarreado más que caos a Latinoamérica. Los cambios bruscos de “izquierda a derecha e izquierda” en el imperio, principalmente los últimos: Obama, Trump y Harris (obvio que Biden no ejerce), han dejado tiradas, a su paso, a naciones que habían –realmente– florecido, tal el caso de Chile y en menor grado Colombia; ahora son polvorines, consecuencia de una guerra interna imperial que se exporta –en señal de “gratitud”–  a sus siempre aliados y alineados. El resto de la región, no luce mejor y el Triángulo Norte, básicamente perdido, víctima de dictadores y delincuentes que se han apoderado de cuanta instancia de poder existe; eso al imperio -como siempre- le es indiferente. 

El espacio en Latinoamérica para las contrapartes poderosas de EE. UU., los emergentes imperios Chino y Ruso, nunca había estado tan abierto como ahora. A los gringos no les alcanzará seguir contando historias de “ayudas”, “prosperidad”, “justicia” y “alianzas”, entre “iguales”. No somos iguales, nunca lo hemos sido, somos paisitos timados y abusados, con el infortunio de contar con la peor especie política/partidista, apoyada por los peores financistas sin escrúpulos y con una visión tan corta que convierte la vista de Mr. Magoo, en la de un halcón. 

Allí están nuestros más ominosos “representantes”, a turnos, haciéndoles reverencias a los gringos empoderados. Antes le tocó a Morales y camarilla ir a sobar la leva de Trump, ahora le toca a la contraparte servir de alfombra a Kamala. Ninguno de los dos grupos representa pudor, entereza o busca justicia; se solazan en ganar poder, igual que los gringos divididos. Un país –pobre e ignorante– con tanto blandengue indigno, a cargo de las cosas serias, disponiendo del erario y “fijando ruta”,  tiene por destino la esclavitud… y la miseria. ¡Piénselo!

 

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