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Domingo

Teófilo, Kléftis y Afelís


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Teófilo, un trabajador incansable que, aunque había prosperado, no le había sido nada fácil. Ganando, siendo un niño, apenas, para no morir de hambre, supo exigirse y autosacrificarse, no dando espacio al ocio y limitándose de casi todos los gustos que ofrecía la vida. Simplemente no podía acceder a ellos y se conformaba con no hacerlo, aunque dejando intacta la ilusión que le resultaba, como un premio a futuro, cuando hubiese podido producir lo indispensable, teniendo espacio entonces, para sus “gustos”. 

La lógica de Teófilo funcionó y después de 25 años de trabajo duro, finalmente le “empezó a sonar la flauta” y se encontró almorzando en el restaurante que jamás hubiese imaginado, yendo de viaje con su esposa e hijito de apenas seis años; le provocaba mucha felicidad ver gozar a aquel pequeño… de todo lo que él no había tenido. El niño, simplemente no se quedaba con ganas de nada. Para entonces ya tenían una modesta casita, con jardín y dos árboles, donde pendía una hamaca para encontrar el justo descanso, el domingo, luego de trabajar  -no  40 horas a la semana-  sino 64, es decir, 60 por ciento más de lo que marcaba la Ley. 

La prosperidad de este luchador estoico que debió librar muchas vicisitudes, dio fruto y diez años después disfrutaba de la abundancia, conservando una admirable sensibilidad social que le hizo pensar en sus amigos de infancia. Sin analizarlo mucho, llamó a Kléftis, preguntándole cómo estaba -pues las variopintas tareas de Teófilo les habían distanciado- y también indagar, sobre su otro compañero de juegos, bicicleta y calle… Afelís. La charla fue grata, prometieron tomarse un “metaxá” pronto, aunque fuese los dos interlocutores, pues Afelís era ilocalizable. 

Una semana después llegó el feliz encuentro. Kléftis lucía avejentado, aunque aparentaba mucha vitalidad, estaba en forma, vestía ropa de marca y hablaba sin parar; ahora era pelirrojo, a partir de un tinte, sin duda de mala calidad que utilizó para cubrir sus profusas canas. Teófilo, con un pantalón de gabardina y una camisa de cuadros, como siempre se había vestido. Platicaron mucho y Kléftis le contó que finalmente había localizado a Afelís; su vida era un infortunio, estaba desempleado, tenía dos hijos enfermos y vivía en un remoto poblado, sin agua ni luz. Ofreció además, viajar para ayudar al amigo mutuo, con lo cual Teófilo se sintió aliviado y delegó en el “buen samaritano”, la carga de resolver, de la manera más sensata, la difícil situación de Afelís, para cuyo propósito, ofreció, cada mes y por un año, depositar una suma importante,  a Kléftis, explicándole que él no quería aparecer como benefactor y que al beneficiario de la bondad fraterna, se le dijera que era una colaboración de los amigos de la promoción de la escuela. 

Pasaron dos meses y Teófilo había cumplido con los dos depósitos, a la cuenta de Kléftis, pero no tuvo noticias de sus dos queridos amigos… Así transcurrieron seis meses y solamente recibía de tiempo en tiempo un correo electrónico de Kléftis, informándole sobre la eterna gratitud de Afelís, de quien compartía fotos en las que lucía feliz de la mano de su esposa y con dos pequeños risueños, más otras muchas personas desconocidas. Después de su última comunicación, pasó un año y un lustro; Teófilo había depositado cinco meses consecutivos y obviamente se supo  víctima de una estafa de su “gran” amigo Kléftis; no obstante el altruista, en lugar de dejar de ayudar a Afelís, buscaría un sustituto para la labor de intermediación y ayuda a los necesitados. 

Teófilo es el tributante, Kléftis es el Gobierno; Afelís es el pueblo, en nuestro caso el 60 por ciento de pobres, entre ellos el 50 por ciento de niños desnutridos crónicos y la misma proporción, de adultos mayores abandonados, sin acceso a medicina preventiva ni agua o higiene. Teófilo piensa que la redistribución de la riqueza o el ingreso puede lograrse aportando parte  de lo que le ha costado décadas trabajar. Con entusiasmo, entonces, tributa y mantiene una clase política que no lo convence a la primera, pero lo estima su “obligación” y conforme pasa el tiempo lo decepciona al máximo. Kléftis se ha enriquecido de Teófilo, llevando  una vida de depravaciones y extravagancias, propias del infausto emperador romano, Calígula.

Afelís, no puede creer su desdicha nunca sale de su miseria, no ha encontrado ayuda, pero  ha aprendido dos cosas de forma clara: 1- Teófilo, no solo tiene la obligación de ayudarlo, cosa que “no hace” y gracias a su “codicia” él no progresa. 2- A votar cada cuatro años en la esperanza que los sucesores de Kléftis, sí lo ayuden. Los competidores, por las simpatías de Afelís, son muchos; todos le ofrecen soluciones y critican a los demás… todos hablan contra Teófilo, endilgándole la responsabilidad de la pobreza de Afelís. Finalmente, Teófilo está “podrido”, es -en esta tripleta- quien produce  genera empleo y paga impuestos… pero también es el “responsable” de la existencia de todos los “Afelís” y “Kléftis” que existen. El juicio que se le hace es demoledor e injusto, acusándole ser el “diablo”, porque existen algunos Kléftis disfrazados de Teófilos que financian la existencia sempiterna de los Kléftis en el poder de turno, así como a expansión de la casta de los Afelís. Los “opositores” de los Kléftis son ratas… solo desean alcanzar lo que él tiene y es. 

Ante la confusión, se decide llamar a expertos, extranjeros claro está, porque ya sabemos que la inteligencia y competencia, “nunca habla con acento chapín”. Los expertos discuten, hacen mesas de trabajo y se sientan a conversar con todos los Kléftis, todos disfrazados de otra cosa y que no representan en absoluto a los Afelís; no toman en cuenta a ningún Teófilo. La conclusión es “clara y contundente”: Teófilo es el vivo demonio, es menester quemarle su negocio, pero a la vez imponerle más impuestos, pues él “paga muy poco” y a los Kléftis y cómplices no les alcanza. En la tarjeta de presentación de los “expertos” extranjeros se exhibe claramente que ellos son del “clan Kléftis”, solo que con otro acento; como es comprensible… “se tapan con la misma chamarra”. ¡Piénselo! 

 

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