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Domingo

Nayib. “Dios está aquí”


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El sábado 1o. de mayo, justamente en el Día Internacional del Trabajo, fuera del previsible y aburrido protocolo que acompaña a estos actos, a tan solo horas de haber tomado posesión, los legisladores de la nueva y flamante Asamblea Legislativa de El Salvador, por mayoría absoluta, en su primer acto legislativo, dejaron, sorpresivamente sin trabajo, a los magistrados titulares y suplentes de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia y, de paso, destituyeron al Fiscal General de la República, reconocido militante del partido Arena.

Ese día, en un tuit, la vicepresidente de la Asamblea Nacional, Suecy Callejas, se refirió a lo que estaba acaeciendo como “Dracarys”, término usado en la serie de televisión Game of Thrones como una instrucción para destrozar a los enemigos. De los ejecutados mártires de Chicago a los destituidos “mártires” de Cuscatlán, un alucinante primer capítulo del juego de tronos en El Salvador, el Pulgarcito de América. El tuit, el nuevo emisario de la guerra.

Las reacciones nacionales e internacionales fueron inmediatas, y las buenas conciencias del mundo occidental rescataron del infierno y del olvido las viejas enseñanzas de Charles-Louis de Secondat, barón de la Brede et de Montesquieu, ferviente creyente de la democracia y de la separación de poderes –el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial– como piedra angular del funcionamiento del Estado moderno y la democracia. “La Gobernabilidad democrática requiere respetar la separación de poderes por el bien de todos los salvadoreños”, escribió en un tuit el secretario del Departamento de Estado de EE. U.U., Antony Blinken, el acompañamiento, en esa misma tesitura, de la OEA no se hizo esperar. El tuit, el Embajador de los nuevos tiempos.

Raudo, el presidente Bukele convocó a la comunidad internacional, quien con la notoria ausencia del Embajador de EE. UU., y la notoria y simbólica presencia de la embajadora de la República Popular de China en El Salvador, Ou Jianhong, fijó su posición frente al mundo en un discurso sin la retórica de un Fidel Castro, pero igualmente contundente y convincente, muy millenial, muy coloquial, muy educado, pero sobre todo  muy digno. “Somos país, no colonia, ni protectorado”, enfatizó el Presidente.

Basado en argumentos utilizados en su momento por el presidente Obama, Bukele dejó bien claro que las elecciones (en su caso legítimas) tienen consecuencias y que, en el caso de El Salvador, él ganó. El que gana, gana, y es su prerrogativa ejercer el poder dentro del marco constitucional. Elemental, mi querido Watson, más claro no canta un gallo, así sea en un pupusodromo en el Triángulo del Sur, o en la Casa Blanca del Cuadrado del Norte.

En el caso de Guatemala, a diferencia del presidente Bukele, quien arrasó en las recientes elecciones legislativas y quien en la actualidad goza de un 90 por ciento de popularidad, el impopular presidente Giammanetti, perdón, Giammattei, cuya presidencia es producto de unas elecciones ampliamente cuestionadas e ilegítimas, en tan solo unos meses cooptó los tres poderes del Estado a base de comprar con dinero sucio, magistrados, jueces y diputados a vista y paciencia de propios y extraños, sin embargo no se escuchan golpes de pecho, ni aquí, ni allá. La razón, un fantasma recorre los pasillos del Departamento de Estado, el fantasma de China. 

Al presidente Giammattei seguramente le gustaría confrontar a EE. UU., tal y como lo hizo el presidente Bukele quien, hasta hace poco, después de varios intentos, se reunió con el enviado especial de Washington, Ricardo Zúñiga, a quien bendijo, reiterándole que los cambios en El Salvador son irreversibles. El problema es que Giammattei no posee un track record como el de Bukele (Alcalde de Nuevo Cuscatlán, Alcalde de San Salvador, Presidente legítimo de El Salvador), que le permite actuar como actúa. El track record de nuestro Presidente, ya lo resumió su propio Vicepresidente: “20 años preparándonos para esto”. La diferencia no es la PRESIDENCIA, la diferencia es la CREDIBILIDAD. En una mentira te cogí y nunca más te creí. O como dirían los chilangos “se me hace muy ojona para ser paloma” o como diría Arjona, “se me hace muy cejuda, para ser Neruda”.

Frente a lo que acontece en el Salvador y Guatemala, la cuestión de fondo no es si Bukele o Giammattei son o no dictadores, la cuestión de fondo es si la DEMOCRACIA FORMAL tal y como la conocemos y nos es impuesta, es viable en países ignorantes y corruptos como los nuestros

Ya en 1891, José Martí lo tenía claro. En su libro Nuestra América, Martí concluía: “La incapacidad (de gobernarse a sí misma de la América española) no está sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en Estados Unidos, de 19 siglos de monarquía en Francia. CON UN DECRETO HAMILTON NO SE LE PARA LA PECHADA AL POTRO DE UN LLANERO… El Gobierno ha de nacer del País, el espíritu del Gobierno ha de ser del País, la forma de Gobierno ha de avenirse a la Constitución propia del País”. Martí si sabía de qué lado mascaba la 

iguana.

En realidad, las acciones de Bukele no son otra cosa que el desquite de la realidad histórica, política y sociológica de El Salvador y su malogrado esfuerzo de construir una república ficticia basada en una mentira constitucional heredada del imperio español y en una democracia formal impuesta por el imperio norteamericano, en contra de las elites tradicionales y la asombrosa corrupción en línea, sin excepción de cinco de los últimos seis presidentes que antecedieron a Bukele. Son también un sórdido ajuste de cuentas entre las rancias elites de origen europeo y algunos miembros de las elites emergentes de origen árabe; y constituyen, además, un audaz ejercicio geopolítico del presidente Bukele, quien no solo se desmarca de esa ficción llamada “Triángulo Norte”, sino que también se expande a Honduras e incluye a nuevos y poderosos actores, en una área de influencia reservada a la América Indispensable.

Para los antiguos Egipto de los faraones, Nayib significaba “Dios está aquí”, para los árabes de Baldor, significaba “ángel”, para los salvadoreños, Nayib es tan solo un simple mortal que limpia la casa. Solo es de esperar que la profética sentencia de Emil Cioran, el gran pesimista, en su Ensayo sobre el Pensamiento Reaccionario (“lo trágico del universo político reside en esa fuerza oculta que lleva a todo movimiento a traicionarse a sí mismo, a traicionar su inspiración original y corromperse a medida que se afirma y avanza”), no se convierta en una realidad en El Salvador. El presidente Bukele tiene apenas 39 años, un camino muy largo por recorrer y  una historia por escribir. Que la historia lo convierta en vanguardia y excepción.

 

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