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Domingo

Doscientos años de soledad


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¿Cómo fue conmemorado el Centenario en 1921? O en paráfrasis de un verso de Neruda: “nosotros los de entonces: ¿somos o no somos los mismos?”  

Recordemos que hace doscientos años un grupo, solo hombres, se reunió en el Palacio de los Capitanes Generales para declarar la Independencia. ¿Cómo visualizaban el futuro de la naciente República? No voy a repasar la agenda oculta de aquella elite criolla: el llamado Plan Pacífico para anexar el país a México. Digamos únicamente que los próceres tenían una idea bastante deformada de la soberanía. Como la tuvo Rafael Carrera en 1838 para liquidar la unión centroamericana combatiendo en nombre de la religión “a los extranjeros”, que eran en verdad los liberales centroamericanos. O como la tuvieron los “liberacionistas” en 1954 que colaboraron con la CIA y llegaron cargando al Cristo de Esquipulas al derrocar al coronel  Árbenz. Colaborar con una agencia de inteligencia extranjera para conspirar contra el propio gobierno constituye un acto de traición en cualquier país, en especial si se trata de militares.

El Bicentenario sería entonces irresponsable reducirlo a una mera “celebración”, cuando la mayoría de la población fue excluida y resultó el principio de la nación inconclusa. Que nos sirva sin embargo para adentrarnos en la reflexión sobre identidad nacional y  preguntarnos: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos?  

Cien años después de la independencia ya no existía el Palacio original. En cambio uno había “de cartón”, usado para las actividades que se organizaron para el Centenario. Entre otras, una lujosa fiesta en el nuevo edificio. Recordemos un posterior calamitoso acontecimiento: el 3 de abril de 1925 a las cuatro y treinta y dos minutos de la tarde comenzó el incendio que acabó con el Palacio del Centenario. Se sabe la hora exacta pues las conexiones eléctricas se enlazaban con un enorme reloj puesto en un alto pedestal de piedra regalado por la colonia italiana para la celebración del Centenario. El reloj se paró a esa hora. El Palacio estaba situado en lo que hoy se conoce como Parque del Centenario y había sido construido en tiempo récord con un costo de US$60 mil. 

El edificio estaba asegurado en US$100 mil a la empresa Commercial Union. La aseguradora se había expandido en el continente americano. Uno de sus personeros, el exmayor Edward Burke, asistió en el año 1882 al banquete en Luisiana que le dieron a Justo Rufino Barrios durante su visita “de negocios” a Estados Unidos, entablándose una relación de “colaboración” que se convertiría después en una fuente de ingresos para la empresa al asegurar edificios estatales pero también para el gobierno que recibiría su merecida comisión, que no iría a las arcas del Estado sino a los bolsillos de los funcionarios de turno. Barrios fue alabado como gobernante progresista por la prensa local, con gran influencia de Burke que era dueño de acciones en varios periódicos. Burke años después tuvo que refugiarse en Honduras, acusado de apropiación indebida de fondos del tesoro estatal.

Los terremotos de 1917-18 destruyeron el Palacio de los Capitanes Generales donde se firmó el Acta de Independencia, la que se había ya extraviado y fue encontrada hasta 1934 por el gran Joaquín Pardo. 

Aunque los edificios estaban asegurados, la cláusula de “fuerza mayor” excluía el pago por catástrofes naturales. El Palacio del Centenario se hizo en tres meses para las celebraciones del Centenario de la Independencia y de ahí su nombre. Por carencia de recursos se utilizaron materiales baratos, estructuras de madera recubiertas por manta, capa de tela metálica y cartón pintadas de blanco. Adolecía de mal mantenimiento y vulnerabilidad.

El incendio ocurrió un Viernes de Dolores. Los estudiantes venían criticando al gobierno del general Orellana por sus actos de corrupción. La Chalana incluía versos que se siguen cantando: “Patria palabrota añeja, por los largos explotada…”  y “la roban los liberales como los conservadores”.  

El gobierno acusó a los estudiantes de haber provocado el incendio, pero se constató que fue por un corto circuito. Días antes habían sacado del palacio las pinturas alusivas a la Independencia, hechas por el artista Rafael Beltranena, descendiente de un prócer. Un tríptico pintado por Beltranena permanece aún en manos de una familia de la elite y solo hay malas copias en el Museo de Historia, a pesar de que debería ser patrimonio nacional. En Guatemala: “lo privado también cuenta.” Y demasiado.

Con la quema total del Palacio de Cartón se inauguraba la nefasta tradición de criminalizar las manifestaciones de protesta que ha continuado hasta hoy, como el incendio que infiltrados provocaron en el Congreso el año pasado con la intención de inculpar a los ciudadanos que manifestaban contra la corrupción de la administración del doctor Giammattei. Este incendio pretendió usarse para calificar de conspiración contra el gobierno a las manifestaciones, y Giammattei llegó al extremo de pedir la intervención de la OEA. 

¿Se repite la historia? Sea en forma de tragedia o de comedia se repetirá si no se cambian las estructuras de poder que se suceden en el tiempo, con generaciones y elites que se sustituyen unas a otras. Es el caso de las elites guatemaltecas, manejando el poder estatal surgido el 15 de septiembre de 1821. Una especie de república perversa que no logró contenidos democráticos y que reproduce relaciones excluyentes, discriminadoras, patriarcales, corruptas y originan pobreza y una gran injusticia social, hasta la fecha.

Se nos enseña que Dolores Bedoya movilizó al pueblo ante el Palacio de los Capitanes Generales para que “los hombres” declararan la Independencia. Y que se usaron cohetillos o cuetes y se tocó marimba en las afueras del Palacio. Pero a diferencia de lo que se cuenta y enseña sobre las marimbas de Dolores Bedoya, no se permitió la marimba en la gran fiesta del Centenario en 1921 por considerarla de mal gusto y vulgar. 

Se prohibió en efecto la marimba en los espacios de la elite. Y al pueblo para celebrar la Independencia de España se le recetaba una corrida con el famoso torero español Manolete.  La elite por su lado acudía a funciones de la ópera española Maruxa, del compositor barcelonés Amadeo Vives, con la soprano española Carmen Iglesias que vino al país. Mientras que “el pueblo” concurría a las presentaciones de un dueto mexicano, Las Mañicas, que cantaban corridos y rancheras. Conviene señalar que este elitismo antipopular reflejado en la cultura encuentra un ejemplo notable en la historia del Teatro Nacional inaugurado por Rafael Carrera en el siglo XIX. Edificio neoclásico con mármoles de carrara también destruido por el terremoto. Durante su existencia tenía un reglamento que prohibía la participación de los artistas nacionales.

Recalcamos que fueron los chinos los que introdujeron los fuegos artificiales en el país, los cohetillos o cuetes. No los había en 1821. Y la marimba en el año de la Independencia era de tecomates, un instrumento rural “de indios” que no se usaba en la Capital del Reino, por lo que el mito de las marimbas de Dolores Bedoya es en verdad un mito. No sería sino casi cien años después que Sebastián Hurtado creara la marimba de doble teclado y el instrumento se popularizara en la capital y en todo el país.

Los ciudadanos chinos contribuyeron al comercio pero tuvieron que luchar contra el racismo. La inmigración china se inició hacia 1890 cuando llegaron ciudadanos chinos desde Estados Unidos, donde habían construido ferrocarriles y trabajado en minas de oro. Las personas chinas fueron tratadas en Guatemala con grados escandalosos de racismo y estigmatización. Por esta razón la colonia china quiso participar activamente en la celebración del Centenario. Dos pabellones donó la colonia china, uno conocido como el Palacio Chino. Fueron demolidos para construir el Palacio Nacional durante la dictadura de Ubico que se llama ahora Palacio de la Cultura. ¿Cuál? ¿De quién? ¿Quo vadis Guatemala?

 

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