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Domingo

No más quimeras


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La impotencia del sistema para expulsar la corrupción de su seno es manifiesta. Sus engranajes están bloqueados y es impensable que se corrija o penalice a sí mismo como se supone debería. Con lo cual ya solo va quedando la opción de que los castigos a sus operadores vengan de EE. UU., el Reino Unido o alguna otra potencia, como acaba de ocurrir la semana pasada. Sin embargo, muchos todavía piensan que se puede sanear la vida pública mediante la tediosa repetición de las catilinarias de siempre, aderezadas con dogmatismos, insultos e incluso avemarías. Qué pesadez, qué terquedad. Ninguno parece pensar que el principal problema de Guatemala no es la desnutrición infantil o la pandemia, sino la  clase  política, y que si esta no se regenera, no hay modo de salir del agujero. 

Son voces que me recuerdan un poema en prosa de Baudelaire en el cual describe una vasta y polvorienta llanura por la que se desplazaba un tropel de hombres encorvados bajo el peso de una quimera. El poeta les preguntó adónde iban y uno de ellos respondió que ni él ni los demás lo sabían, pero que sin duda iban a alguna parte, pues les impulsaba una necesidad invencible de andar. Y a ninguno parecía molestarle la bestia que llevaban en los hombros, pese a que el mitológico animal se aferraba a ellos con sus garras y parecía inseparable de sus carnes y sus vidas.

La poderosa metáfora revela la invencible necesidad del ser humano de crear monstruos engendrados por la fantasía o la razón para luego dejarse esclavizar o asesinar por ellos. Como fue el caso de la quimera nazi. O el de la fascista. O el de la marxista, de la cual un detallado estudio realizado hace unos años concluyó que había costado a la humanidad cien millones de muertos. 

Hay quimeras menos asesinas, desde luego, como la del rey filósofo, o lo que es lo mismo, la del gobierno de los mejores, no menos tenaz que las otras. La delineó Platón en su Carta VII, donde cuenta que siendo joven quiso dedicarse a la política. Decepcionado por lo que veía a su alrededor, tanto en la aplicación de las leyes como en la corrupción de la vida pública y las costumbres, se sintió obligado a reconocer que “no cesarían los males del género humano hasta que no ocuparan el poder los filósofos”.  

Así nació la noocracia, el poder del intelecto, rasgo este último del cual las masas carecían. Platón pensaba que el pueblo no estaba preparado para elegir a sus gobernantes y, por tanto, se debía prescindir de la democracia e imponer el gobierno de la aristocracia del saber o, si se quiere, de la gente que piensa. 

El más platónico de los filósofos nunca imaginó que ese tipo de gobierno lleva en sí mismo el germen de su propia implosión, pues no hay listo en él que no se crea más listo que los demás o que no pretenda imponer su canon y sus saberes. Y menos llegó a discurrir que, si hay una comunidad difícil de poner de acuerdo, esa es la de las eminencias, pues ninguna se suele resignar a que otras le hagan sombra. 

Pondré otro caso. Cuando los revolucionarios franceses reunieron en un solo haz tres valores con mayúsculas, Libertad, Igualdad, Fraternidad, pensaron que no podía haber fundamentos más nobles para hacer feliz a un pueblo. Y sin embargo, el tiempo habría de demostrar que se trataba de otra quimera. La razón es muy sencilla. A causa de nuestras diferencias naturales, la libertad genera desigualdad. En consecuencia, para que exista una igualdad generalizada, sería necesario coartar la libertad o suprimirla, lo cual solo es posible bajo regímenes autoritarios. Igualdad y libertad están por tal razón siempre de uñas y arrojándose improperios. 

En cuanto a la fraternidad o solidaridad, hay que decir que solo aparece en situaciones extremas, como un terremoto, una hambruna o un incendio. Una vez apagada la crisis, el egocentrismo reaparece como lo que es: una condición inalienable de la condición humana. De ahí que la solidaridad universal solo pueda imponerse por la fuerza. 

La creencia, pues, de que los más nobles valores son compatibles es, en definitiva, otro mito. No lo son. A lo más que puede aspirarse es a acercarlos para que entre ellos no se destruyan, pues cuando se pretenden implantar en su más prístina pureza, como quisieron hacer los Robespierre, los Marat o los Danton, lo que deviene es una carnicería. 

Todos tenemos derecho a llevar nuestra quimera a cuestas. Aceptemos eso. A lo que no tenemos derecho es a imponérsela a los demás (aunque no niego que esto puede ser otra ilusión) ni a tratar de romper el sistema, sea con ensueños elitistas, sea con quimeras populistas. Lo que no quiere decir que no podamos aspirar a esos valores en conflicto. Claro que debemos, pero no como los conciben los puristas. 

La solución está dentro del sistema democrático y para ello contamos con dos valiosos instrumentos. Uno es el pluralismo; el otro la libertad de elegir. Y el arte de utilizarlos consiste en poner a prueba ideas, leyes, procesos que tras ponderar su impacto en nuestras vidas, podamos aceptar, rechazar, rectificar o modificar. No saldrá de ahí una sociedad perfecta, pero si una convivencia más flexible donde lo que no funciona pueda ser descartado o sustituido, como es el caso de la clase política que nos gobierna. Y eso es algo que los ciudadanos sí podemos hacer. Denme un partido y un candidato que se comprometan a realizar un programa de esta índole y no seré yo el único que vote por ellos. Probablemente lo harían millones. 

Así pues, ni noocracias ni populismos. Los problemas de la convivencia no se resuelven con ampulosidades ideológicas. En nuestra situación actual, la única salida práctica consiste en reactivar la operatividad de las instituciones democráticas, actualmente bloqueadas por la corrupción, un mal contra el que las quimeras solo sirven para que continuemos perdidos en una polvorienta llanura que no parece tener fin y no nos lleva a ningún sitio.

 

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