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Domingo

“Los actos de los mártires de Quiché eran por su fe, no por una motivación ideológica”


Monseñor Rosolino Bianchetti, de 78 años, llegó a Quiché en 1983. Es originario de Camisano, una comuna del norte de Italia. Desde entonces ha pasado la mitad de su vida al servicio de la Iglesia católica en el norte de ese departamento guatemalteco. Su labor se ha enfocado en escuchar los testimonios y relatos de los sobrevivientes y familiares de las víctimas del conflicto armado interno. Esa ha sido la forma en que ha ayudado a sanar a las poblaciones k’iche’ e ixil, que fueron de las más heridas durante los años de la guerra interna en Guatemala.

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Bianchetti es el obispo de Quiché desde 2013. Con ese liderazgo impulsó la beatificación de siete laicos indígenas y tres sacerdotes españoles, que se concretó hace una semana.

El 23 de abril, miles de pobladores, principalmente de la región norte de Quiché asistieron a la proclamación como beatos de los laicos catequistas Rosalío Benito, Reyes Us, Domingo Del Barrio Batz, Nicolás Castro, Tomás Ramírez Caba, Miguel Tiú y Juan Barrera Méndez (un niño de 12 años). Así como de los sacerdotes Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús (MSC), José María Gran, Faustino Villanueva y Juan Alonso. 

Los 10 beatos, que son considerados mártires por la Iglesia católica, fueron torturados y asesinados por el Ejército durante los primeros tres años de la década de 1980. El Vaticano califica estos actos como una manifestación de odio a la fe. 

¿Cómo se puede  interpretar que el asesinato de estos 10 hombres fue por “odio a la fe” en un país en donde casi el total de la población es cristiana?

– La motivación de  los  actos de estas personas era por su fe. No era una motivación ideológica. Su compromiso como enfermeros, catequistas, líderes de una cooperativa se sostenía desde su fe. 

¿Usted quiere decir que estas personas fueron asesinadas por no cambiar la forma en que ejercían su fe en Dios? 

– Los mártires ejercían una fe concreta y real. La amenaza, que llevó al asesinato de estos hombres, era un rechazo a la praxis de esa creencia. Porque la fe no es solo decir: “Creo en Dios y ya, se acabó”. El creer en Dios tiene como consecuencia un tipo de vida. Entonces el rechazo a esa creencia vivida, ese es el odio a la fe. 

¿El Ejército interpretó la práctica de esta fe como una manifestación insurgente de estas personas?

– Sí. Fueron vistos como colaboradores de la insurgencia. Supongamos que la guerrilla hubiera dicho a las personas que conocieran su dignidad y sus derechos. Entonces, si yo como parte de la Iglesia también dije lo mismo, pero no por una ideología política, sino porque se busca dignificar a las personas como cristianos, me acusaban de insurgente. Pero quizá las personas que ejecutaron los crímenes no hayan sido conscientes de lo que ahora digo. Simplemente era una manera de aniquilar las voces. 

Aquí se dio el caso de que alguien que dice ser cristiano mató a otro cristiano. Por eso cuando vino Juan Pablo II por primera vez a Guatemala, en 1983,  dijo: “Que no haya más divorcio entre fe y vida”. 

“¿De qué sirve que haya venido a Guatemala?”, preguntó Ríos Montt aquella noche. 

Entonces yo digo: De qué le servía a Ríos Montt decir que era creyente, que había encontrado a Jesucristo, si después mandaba a matar gente. ¿Dónde estaba su fe? ¿Hubo fe ahí? 

La población de Quiché fue la que más sufrió las consecuencias del conflicto armado interno. ¿Ha podido usted hablar con los familiares de los mártires, sobre el significado de que el asesinato de sus parientes pueda llegar a una beatificación, pero no a las instancias de justicia?  

– Le corresponde a una persona o grupo de guatemaltecos buscar justicia. En mi caso personal, me hubiera gustado escuchar estos años expresiones explícitas de alguien y decir: “Nos equivocamos”. 

La gente de Quiché a veces dice: Lo dejamos en la mano de Dios. Por parte mía, no puedo dar el paso de buscar justicia, creo que le corresponde a los familiares. Pero no he percibido que en los familiares existan estas intenciones. 

¿Usted cree que para los familiares esta beatificación es como una reconciliación o reparación por el sufrimiento y pérdida de sus seres queridos?

– Para ellos realmente es algo más que una celebración. Ellos dicen: “Los velamos bajo las balas, durante la noche”, porque el Ejército disparaba sobre los techos de sus viviendas. Entonces, al ver ahora que la Iglesia, y el mismo papa, los proclama testigos y gente que puede inspirar al mundo cristiano, es para los familiares una alegría inmensa. 

¿Cómo surgió la iniciativa de buscar la beatificación de estos 10 mártires? 

– Empezó desde las comunidades de donde ellos (siete de los mártires) eran originarios. Nació de la misma gente de Chajul, Uspantán, Chicamán, la Zona Reina, Joyabaj, Sacapulas, Zacualpa y Chinique. Fue la gente que vivió con ellos, que crecieron con ellos, la principal fuente de información. La primera vez que fui a Chajul, en marzo de 1983, al verme con barba, los pobladores me dijeron: “Padre José María” (uno de los mártires). Entonces, por esta confusión fue que toda la gente empezó a dar sus relatos y los testimonios de los laicos o de los sacerdotes misioneros. Fue todo espontáneo.  

¿En qué año se empezó a recabar toda la información para hacer la solicitud formal de beatificación de los 10 mártires? 

– El proceso de recabar información empezó en 2007. Yo aún era sacerdote y era el párroco de la catedral de Santa Cruz del Quiché. Yo ayudé a recabar información porque fui sacerdote en Uspantán, Chajul y la Zona Reina. Ese año empezó el proceso oficial. Primero fue escuchar a la gente y después decidir quiénes, o sea, por qué estas personas y no otras.  Pero fue la gente que empezó a decir “este sí y no otro”. El proceso terminó en marzo de 2013. Para ese entonces yo ya era obispo del Quiché y fue a mí que me correspondió hacer los últimos actos legales, que se llaman: “proceso diócesano” y ya lo envié a Roma. 

¿Qué significa para el país la beatificación de siete hombres indígenas que fueron asesinados por el Ejército por ejercer su religión durante el conflicto armado interno? 

– Significa para el país que la iglesia siempre ha estado comprometida a servir a su comunidad, más cuando el Estado casi estaba ausente. Si bien actualmente hay una representación más significativa, con todas las deficiencias que conocemos, hace 40 o 30 años el Estado estaba totalmente ausente y lamentablemente a veces solo llegaba para reprimir. Esa es la mera realidad. Eso cuentan los abuelitos, que solo llegaban a reprimir cuando se pedía justicia. 

¿Cómo espera que esta beatificación impacte en  Guatemala? 

– Lo que espero es que se conozca más la historia reciente de Guatemala. Porque un pueblo que pierde la memoria es peligroso. La memoria está cargada de valor, de la sangre de hombres y mujeres. Entonces ignorar todo eso, es empobrecer. Un pueblo no solo es pobre económicamente, sino también puede empobrecerse por no conocer su historia. 

¿Buscarán la canonización de los 10 mártires? 

– Las leyes de la Iglesia indican que para que los mártires sean declarados beatos, no necesitan haber hecho un milagro. Pero ahora nosotros estamos animando a la gente para que reporte algún milagro que haya sido gracias a la intervención de uno de los 10 beatos. Como fueron beatificados en grupos, solo bastaría que la Iglesia compruebe el milagro de uno de ellos para que todos sean canonizados y declarados santos.

¿Analizan pedir la beatificación de otro grupo de personas? 

– En las comunidades tienen muy presente la entrega de un grupo de mujeres. Su testimonio ha quedado muy fuerte en las comunidades. Como le dije, tiene que ser la gente la que impulse su beatificación y mueva su mensaje.

¿Cuántas mujeres conforman ese grupo? 

– Tenemos la propuesta de unas seis o siete mujeres. Pero aún tenemos que escuchar a las comunidades para determinar que esas personas dieron su vida por fe. Eso tan fuerte que uno lleva en el corazón.

Biografías de los beatos 

Tomás
Ramírez Caba 

Durante 15 años sirvió como sacristán mayor para la parroquia de San Gaspar Chajul, de donde él era originario. Era el encargado de cuidar los bienes de la iglesia. Según los relatos, fue asesinado antes de cumplir los 46 años.

Nicolás Castro 

Durante 20 años sirvió como catequista, ministro de la comunión, trabajador de salud y del extinto Banco Nacional de Desarrollo Agrícola (Bandesa). Además, era  y colaborador en cooperativas. Nicolás fue asesinado por su búsqueda de personas para recibir la comunión cristiana, en una época que se tenía prohibido celebrar misa en todo Quiché.

Domingo Del Barrio Batz 

Era uno de los sacristanes de la Parroquia de San Gaspar Chajul. Era originario de Nebaj y en su biografía es descrito como un hombre humilde, quien solo poseía 10 varas de terreno para cultivar. Domingo fue asesinado junto al padre José María Gran el 4 de junio de 1980, durante una gira misionera que los llevó hasta las inmediaciones de Ixcán. 

Juan Barrera Méndez 

Era originario de Zacualpa y servía como catequista en la iglesia de ese municipio. Tenía 12 años cuando fue torturado por el Ejército, el 18 de enero de 1980. Le removieron la planta de los pies y lo obligaron a caminar con esas heridas, lo colgaron en un árbol y después lo fusilaron.

Padre José María Gran (MSC)

Durante cinco años  trabajó en la pastoral en la Diócesis de Quiché. Desempeñó su labor en las comunidades de las zonas más montañosas de ese departamento. Solía decir que “con tanto soldado, la gente no está tranquila y la presencia del padre, aunque poco puede hacer, siempre da un poco de tranquilidad”. Fue asesinado por una tropa del Ejército, en la madrugada del 4 de junio de 1980, cuando regresaba de una gira con su sacristán Domingo del Barrio Batz. Solo tenía 36 años. 

Reyes Us Hernández 

Fue asesinado el 21 de noviembre de 1980. Sirvió como catequista y trabajador de salud en Uspantán. Los testimonios sobre Reyes tratan principalmente sobre su dedicación para cuidar a los enfermos de su comunidad y ayudar a llevarlos a un hospital. También impulsó muchos proyectos de desarrollo social en su municipio, ya que él predicaba que se debía trabajar en lo espiritual y material, tomando como ejemplo la vida de Jesús.

Padre Faustino Villanueva (MSC) 

Durante 21 años acompañó y sirvió para reconfortar a los campesinos del norte de Guatemala. Fue el párroco de Sacapulas, Canillá, San Andrés Sajcabajá, San Bartolomé Jocotenango, San Juan Cotzal y Joyabaj. Fue asesinado el 10 de julio de 1980 en la parroquia de Joyabaj, Quiché.

Rosalío Benito 

Sirvió como catequista y directivo de Acción Católica Rural. Fue uno de los primeros catequistas de la iglesia del cantón La Puerta en Chinique, alrededor de 1940. Era uno de los rezadores de su comunidad, una designación que recibía por la falta de sacerdotes en la región.

Padre Juan Alonso Fernández (MSC)

Llegó a Quiché en 1965 y acompañó a los campesinos quichaelenses cuando se movilizaron para ocupar una porción de la selva del norte de Guatemala. También los apoyó en la construcción de obras, como un dispensario y un centro de ayuda. Fue torturado y después asesinado el 15 de febrero de 1981.

Miguel Tiul

Sirvió como catequista y era originario de Sacapulas. Fue uno de los mártires que fueron torturados para obligarlo a que dejara de ejercer su fe católica. Fue asesinado afuera de su vivienda en el caserío La Montaña.

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