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Domingo

La incluyente desigualdad


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El debate de la “desigualdad”, después del fracaso craso del socialismo en el mundo, pasó del ámbito económico, al social y finalmente se degradó –otra vez– a lo político, para quedarse a vivir en la demagogia que surge tanto de embusteros “izquierdistas” y “derechistas”. Rebrota, como un engaño planetario que proponen los gobiernos, resolverán por arte de magia, las obvias brechas sociales, imprimiendo billetes sin parar y redistribuyendo la “riqueza”; es decir equiparan el dinero sin respaldo, con la riqueza real, cuya naturaleza obvian, para propósitos del timo. En el camino, los políticos ponentes de tal aberración, acumulan riqueza espuria y controlan a la humanidad, con el apoyo del oligopolio tecnológico mundial, cuyos beneficios han crecido de forma exponencial, durante la “PlanDemia”. 

La igualdad es un anhelo tan romántico, como absurdo, porque somos naturalmente distintos. De esa cuenta, llevar el debate a instancias políticas y de burocracia, genera el peor escenario, en el que, los más desiguales de todos –en términos de moralidad y principios– serán los encargados de “buscar” la igualdad, para los que no ejercen ninguna función pública, sino se ganan la vida, con la solvencia moral que solamente da el trabajo honrado. La ruta ya la sabemos: repartir lo que no es suyo, para garantizar su carrera de parásitos y quedarse con la mejor parte. 

Los impulsores visibles de la “igualdad”, buscan incansablemente segregar y victimizarse, responsabilizando de sus frustraciones, a todos los que no piensen como ellos. Importante notar que, la inclusión e igualdad –desde la perspectiva de sus pregoneros– no busca, que su opinión sea aceptada y convivir en paz, sino exige suscribirla ciegamente y aplaudir todo lo que digan, aún y cuando todos tenemos derecho –eso sí igualitario– a disentir. La narrativa de quienes propugnan por la igualdad, es –curiosamente– de odio y exclusión; parece que quisieran, que todos fuésemos iguales a ellos, pero no solo eso, sino dominar nuestras vidas, las de nuestros hijos y nietos… parece que no estamos permitiendo. 

La “igualdad”, es deseable y posible de conseguir, únicamente, en términos de derechos y obligaciones (no solamente derechos), aplicación de la ley, oportunidades mínimas a la salud, educación y trabajo… de allí en adelante, son justamente las maravillosas desigualdades en talento, pasión y sueños, lo que marcará la evolución de los desiguales, resultando en el círculo virtuoso de la complementariedad humana, tan edificante; los desiguales emprendedores incluirán o inspirarán a otros, incluyéndoles, así,  en la productividad. 

La desigualdad hace posible la explosión creativa, la inventiva, la ambición saludable para el crecimiento (sin confundirla con la codicia que implica carencia de escrúpulos) y la necesaria competencia que, garantiza el acceso a bienes y servicios, con la mejor relación de costo/beneficio. Por el contrario, la imposición de la igualdad, en todos los estamentos de la vida, es perniciosa, por provocar incentivos perversos y promover la mediocridad. El ejemplo más próximo a observar, es la carencia total de meritocracia, en la administración pública, ambiente que promueve –justamente– la “igualdad” retorcida. De esa cuenta, son pocos, de los que tienen anhelos e ilusiones, quienes encuentran acomodo en la burocracia… pero los hay; en consecuencia, existen cada vez menos servidores públicos que agreguen valor; la mayoría aprendieron a ser depredadores con licencia. 

Las especialidades, en cualquier disciplina: médica, económica, empresarial, manufacturera, artesanal, agrícola, etcétera, son posibles, gracias a la desigualdad. Distintos intereses, apetitos económicos y de emprendimiento antagónicos, así como ambiciones asimétricas… hacen posible que encontremos una gama amplia de oferta diversa que, al intentarla controlar o estandarizar, simplemente desaparece. He allí el resultado del estatismo; las estanterías se vacían, porque el Estado, es incapaz de producir o fomentar la producción. Los gobiernos, son técnicamente, centros de costo y mientras menos cuesten, es mejor; pero cada año cuestan más y la corrupción ya es impagable.

Note usted, como en la gestión pública todo está estandarizado: métodos de compra, formas de licitación, renglones de contratación  de trabajadores, escalafones, procedimientos para adquisiciones, etcétera. Aun así, el gobierno representa la administración en la peor de sus expresiones: desperdicio, disfuncionalidad, corrupción, incompetencia, amiguismo, despotismo y en el mejor de los casos, estandarización del cinismo. En lo privado, la eficiencia y eficacia –sin importar el tamaño del emprendedor– es lo que prevalece y normalmente, el menos apto es purgado; se reconoce, en distintos matices, el valor de la desigualdad. 

Piense en el vendedor de verduras al que usted prefiere comprarle, o en el carwash, en el mesero, restaurante, abogado,  taller, o en el médico que usted prefiere frecuentar. ¿Qué provocó que le eligiera? Seguramente no existe vinculación determinante al “precio” de los bienes y servicios que ofrece, sino originalidad, calidad, don de gentes y atención. Usted lo elige, porque es desigual al estándar. Lo que hizo descollar, a estos emprendedores, fue su interés –individual- por superarse; quisieron ser distintos y se convirtieron en extraordinarios. 

 La promoción de la “igualdad”, trae los dados cargados, contra el capitalismo. Me cuesta creer que existan personas maduras y educadas que propugnen por la destrucción del capital, mientras claman por una sociedad igualitaria; perdón ¿De dónde va salir el pisto para repartir, si no hay quien produzca?; perdón ¿Por qué quieren cercenar los sueños y ambiciones de niños y nuevas generaciones, convenciéndoles que no pueden generar su propio capital y erguir su propio sueño?; perdón ¿Es un tema de resentimiento arraigado que busca que ninguno logre lo que yo no pude lograr, por dedicarme a odiar y envidiar? 

No se trata de formular teorías vagas, ni siquiera de crear controversia, solamente hay que ver la historia y no repetirla. La destrucción de la producción, por cualquiera de sus vías: socialismo, estatismo, limitación de libertades, inestabilidad económica derivada de desbalance en el gasto público y endeudamiento obsceno, corrupción exacerbada, etcétera, inexorablemente repercutirá en más miseria y desaliento. El pobre con mentalidad de emprendimiento (capitalista), tiene la opción de surgir, crecer y crear empleo; el pobre con mentalidad de resentimiento (socialista) está condenado a vivir en el engaño, pensando que algún día le repartirán o podrá repartir… lo que no le costó; lo que critica, pero a la vez codicia. Trato de pensar en un socialista que llegado al poder permaneció en la pobreza… no encontré ninguno. 

Termino señalando la horrorosa idea del “pasaporte de vacuna”. Esta aberración, propuesta por un mundo “incluyente”, pretende excluir del sistema global,  a todo aquel que no desee vacunarse; es una monstruosidad que no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial (investigue usted la agenda). El discurso incluyente, parece conducir al separatismo y la venganza, desde la envidia.  ¡Piénselo!

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