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Domingo

Un cambio vendrá


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“It’s been a long A long time coming But I know, a change gonna come”. Sam Cooke

Después de la condena del expolicía Derek Chauvin, muchas reacciones coinciden en que se ha hecho justicia pronta y cumplida en el caso del asesinato de George Floyd, pero que no se trata solo de resolver casos aislados. El expresidente Obama, por ejemplo, dijo que “se ha hecho justicia pero la justicia verdadera demanda mucho más”. La actual vicepresidenta Kamala Harris afirmó que la condena de Chauvin era un suspiro de alivio pero no quitaba el dolor y el sistema debe todavía reformarse resaltando la larga historia de racismo estructural de Estados Unidos. En todo caso puede ser el inicio de un cambio, como lo predijo el también asesinado artista Sam Cooke en su clásica canción A Change Is Gonna Come.

Recordemos que Sam Cooke (1931-1964) fue un extraordinario cantante y compositor que trascendió las fronteras. Murió en la cima de su fama en un oscuro incidente acaecido en un motel, “La Hacienda”, en la ciudad de Los Ángeles, cuando la encargada del lugar le pegó tres balazos. El tribunal que juzgó la muerte de Cooke dictaminó que había sido “accidental”. El dictamen produjo indignación y su íntimo amigo, el campeón de boxeo Muhammad Alí, afirmó que si se le hubiera quitado la vida a algún Beatle o a Sinatra se habría desarrollado una investigación gigantesca que hubiera llevado a otros resultados. 

George Floyd no poseía la fama de Sam Cooke y tenía lejanos antecedentes criminales pero se había reformado hacía años por medio de un ministerio cristiano y su activismo contra la violencia. Era padre de cinco hijos. El motivo del apresamiento, que llevaría a su muerte, fue la discusión con la Policía por un supuesto billete falso de 20 dólares. Un video tomado en el momento de su homicidio perpetuado por el policía Derek Chauvin fue la chispa que encendió la ciudad de Mineápolis y se expandió como materia inflamable a muchas ciudades de Estados Unidos. Vimos los reportajes visuales de incendios, destrucción y violencia, comparables a las sublevaciones de 1968 o en los años ochenta en Los Ángeles. Vimos también al entonces presidente Trump ofreciendo mano dura a los manifestantes, acusándolos de terroristas. Trump, tan admirado por las elites depredadoras de Guatemala. Jennifer Hochschild, de la Universidad de Harvard, criticó en aquel momento a Trump, al afirmar que “está tratando deliberadamente de recrear el nivel de hostilidad racial increíble de 1966, 1967, 1968, o simplemente es irresponsable”.

De pronto el reloj dio marcha atrás y de nuevo estábamos ante una muestra desgarradora del racismo estructural que recordaba los disturbios producidos tras la muerte de Martin Luther King o de Malcolm X. La diferencia era que esta vez no se trató de un magnicidio sino de la muerte de un ciudadano cualquiera que suplicaba que le permitieran respirar.

Los 8 minutos y 46 segundos durante los cuales el policía Chauvin mantuvo esposado a Floyd en el suelo con una rodilla contra la nuca, fueron expresión visual de la supremacía blanca. Del desprecio racista y la falta de escrúpulos de una fuerza policial acostumbrada a disparar y preguntar después, a dar el batonazo sin saber de quién es la cabeza. Hay una larga historia de negación de la dignidad humana.  

A mediados del siglo pasado la Policía maltrató a un joven negro que padecía trastornos mentales. Era el músico Bud Powell, que tuvo que ser internado por las heridas recibidas en la cabeza. Las secuelas lo afectaron el resto de su vida, produciéndole depresiones y luego una esquizofrenia que obligó a internamientos en hospitales siquiátricos. 

Powell falleció a los 41 años a causa de las secuelas. Sin embargo alcanzó a revolucionar el jazz convirtiéndolo, junto a nombres como Charlie Parker, Dizzy Gillespie y otros, en un género significativo en el mundo de la música, el llamado bebop. Powell murió solo y deprimido aunque amado por sus fans y reconocido como un fantástico compositor e intérprete de piano. Sobresale la pieza que tituló Un poco loco, donde el sonido del piano se desplaza al infinito con quiebres que dan vértigo dentro de una seguridad melódica que conmueve y en ciertos momentos nos electriza. Bud Powell no estaba a pesar de todo loco sino fueron otros los orates que le causaron daños irreversibles con una golpiza policial ilegal e incomprensible. Nunca recibió ninguna compensación por los prejuicios. Quiso marcharse de Estados Unidos y vivió en París algunos años musicalmente gloriosos.

Sin embargo, el racismo y el jazz son muy anteriores a Powell. La población negra fue llevada a la fuerza al territorio norteamericano. Los esclavizaron. No tenían derechos. No se puede decir que fueran ciudadanos de segunda o de tercera, sino que los esclavos simplemente nunca son ciudadanos. Y en la ciudad de Nueva Orleans, que entonces pertenecía a la Luisiana francesa, se organizaban mercados de venta de negros y negras, de familias enteras que se separaban vendiéndolas a diferentes amos y a los grupos étnicos los dispersaban para disminuir riesgos de sublevaciones. El hecho de que tenían lenguas o dialectos diferentes les obligaba a aprender el inglés.

Esa población esclavizada sufrió una de las mayores humillaciones a que pueda someterse a un grupo humano numeroso. Llegaron encadenados y desnudos a América. Pero a pesar del control de sus “dueños” blancos no se pudo evitar que volvieran a construir sus tambores originales. Y fue en Nueva Orleans donde se comenzaron a oír las percusiones que a los amos blancos les parecieron exóticas y dejaron pasar ya que era una manera de permitirles algún divertimiento a sus esclavos negros. Pronto desarrollaron verdaderos espectáculos musicales en los templos habilitados para ellos. Coros, tambores y ritmo en una mezcla de alegría espontánea y profunda tristeza. De esperanza en la nueva tierra y nostalgia de la impertérrita Madre África.

Organizaciones sociales y de la sociedad civil norteamericana afirman que el país nunca se deshizo de su pasado esclavista. De las raíces del racismo bajo el signo del Ku Kux Klan. Las estructuras siguen vigentes a pesar de los avances en la letra de la Ley como los firmados en la década de los sesenta del siglo pasado por el presidente Lyndon B. Johnson, la Ley de los Derechos Ciudadanos llamada Civil Rights Act y la Ley del Derecho al Voto Voting Rights Act.

La pobreza y el desempleo son mayores dentro de la población de color. Y está sobre representada en las cárceles. De nuevo: es mucho mayor el número de ciudadanos negros baleados o golpeados por la Policía. Ser negro puede ser causa de sospecha. Conocidas son también las injusticias y parcialidades del sistema judicial condenando a personas negras, incluso a muerte, cuando después se constata que no eran culpables.

La muerte de George Floyd, y la condena de su asesino el expolicía Derek Chauvin, se espera se  convierta en un parteaguas en los procesos judiciales norteamericanos. Hay mucho camino por recorrer, como lo señalan Kamala Harris y el expresidente Obama, pero la condena en un tribunal competente de un individuo que con sus hechos mostró odio, desprecio por la vida y actitudes de supremacía blanca enciende una luz de esperanza. 

De todas maneras, siguen vigentes las palabras de Martin Luther King: “Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad”. Las palabras del pastor bautista y mártir de Memphis coinciden con la letra de una canción de Sam Cooke, escrita unos años antes del asesinato de King:

Pero lo sé, vendrá un cambio

¡Oh, sí lo habrá!

Entonces iré donde mi hermano,

Y le diré: ¡hermano!

 

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