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Domingo

¡Llorarán!


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Los medios de comunicación serán juzgados, por las futuras generaciones, en lo relativo a esta “PlanDemia”, más por lo que ocultaron que por lo que pregonaron. Se han erguido -en mayoría- como cajas de resonancia, obviamente carentes de juicio crítico, de la narrativa que “hay que difundir”. Hoy más que nunca, se podrían cerrar el Diario de Centroamérica y los canales de televisión y radio oficiales, pues los medios privados han demostrado singular oficiosidad, al trasladar, a pie juntillas, todos los mensajes del gobierno, aún y cuando estos tengan como objetivo, hacer aviesos negocios, depredando el erario y fustigando la actividad productiva privada, de la cual, se supone, han vivido, durante muchos años. Las preguntas son ¿Apuestan acaso los medios de comunicación alineados a los gobiernos que es sostenible la pauta oficial, después del colapso de la economía? ¿Tienen conciencia que el Estado no crea riqueza y que solamente el esfuerzo honrado privado, logra generarla y sostener todo el andamiaje político?

Mientras se espanta a la población y replica la saturación de los hospitales es pavorosa, se omite decir que se habla de menos de 500 camas para COVID-19 y menos de 200 de intensivo, para toda la República. Se ignora la promesa gubernamental de las 3 mil camas del Parque de la Industria y el “intensivo más grande de Centroamérica”; no se cuestiona la no inclusión -en la lista de hospitales “colapsados”-, del hospital de Santa Lucía Cotzumalguapa, ni se objeta el abultado endeudamiento y gasto público, para resolver una emergencia que nunca se atendió.  La prensa es laxa y suscribe la falacia de que, el encierro, la limitación de horarios y todas las resoluciones abiertamente inconstitucionales, resultan ser la solución, para encubrir el fracaso gubernamental. Se unen, en una voz, con el corrupto, ¡infames!, culpando al pueblo, de los infortunados devenires. 

Dentro de la desinformación -claramente orquestada- también se omite decir que, en EE. UU., no solamente Texas y Misisipi, dejaron la obligatoriedad de la mascarilla, reconociendo sus propias crisis económicas, sino se han sumado en ese territorio, un total de 13 estados, todos argumentando que, no se pueden dar el lujo de permitir que los negocios sigan quebrando y que el desempleo continúe creciendo en forma exponencial. Sin ninguna duda, el impacto económico del manejo de la enfermedad ha sido mucho más dañino que el mismo virus. Aquí 40 por ciento de la gente es pobre, 50 por ciento de nuestros niños menores de cinco años son desnutridos crónicos y la mitad de nuestros adultos mayores viven en la indigencia; aquí, no hay espacio más que para trabajar y producir, quien así no lo vea, está distraído, muy probablemente, siendo parte del hediondo festín, mientras pretenden insultar la inteligencia, con el término “negacionista”.

El mundo está en guerra; mientras el Occidente se hunde entre desempleo, conflicto político, limitación de libertades y confusión… China crece sin parar y parece controlar todas las variables que, en esta parte del mundo resultan borrosas. Rusia tranquila y expectante, próxima a protagonizar como nunca, y tomar su parte de la hegemonía mundial que se le salió de las manos a los gringos, enfrascados en su propio laberinto antiemprendimiento, con serias notas socialistas, en cuya vorágine, los valores otrora pétreos: trabajo, propiedad, eficiencia y disciplina económica; todos están en entredicho y bajo asedio. Siendo una guerra, está claro que el rol del gobierno debe circunscribirse a reducir las muertes y levantar a los caídos (medicina preventiva y curativa) y no parar la rueda de la producción, porque es incapaz de hacer su trabajo. 

Por alguna razón incomprensible, la mayoría de los colegas economistas y “tanques” de pensamiento, no alarman que, cuando existe displicencia en el manejo del gasto público, endeudamiento exacerbado y se ofrece dinero a manos llenas, mientras la recaudación se contrae, motivada por el declive económico, solo pueden pasar cosas malas. Los subsidios, dádivas y “ayudas”, a la población y empresarialidad quebrada o en serios aprietos, no son sostenibles, la gente, llanamente, no puede vivir de los Estados, sin trabajar; la estabilidad está próxima a perderse y a continuación… inflación y más miseria. Los valores del occidentalismo se están perdiendo, ante una “emergencia” de salud, cuya importancia palidece, si se compara a los verdaderos problemas mundiales que mañosamente se ocultan, bajo la alfombra del amarillismo. 

La estrategia de desinformación ha funcionado, a extremos tales que, en poblaciones ignorantes, aún mucha gente clama por encierros y estatismo, como opción, para vencer una enfermedad que llegó para quedarse, pero que mata a menos del tres por ciento de los infectados… y el mundo desarrollado, ni siquiera al uno por ciento. Con la excusa de “salvar” vidas, se termina con muchas más, se suspenden programas de vacunación y nuestros niños pierden ¡dos años! de su vida, sin aprender. Eso sí, los sindicalistas fétidos intactos, los populistas a la orden del día y el llamado al caos, a través del resentimiento, imparables. 

Mucha gente ha llorado el último año: por trabajos perdidos, negocios de toda la vida cerrados y la tormentosa realidad de tener que despedir gente, ante la baja de facturación. Han llorado muchos abuelos, en el engaño de ser cuidados, mientras los abandonan y demasiados niños lloran de confusión. Lloran ancianos sin acceso a salud pública y miles de meseros, al escuchar los caprichos del narcisista… el ambiente es de desconsuelo. 

El contubernio entre la prensa y el Estado no es nuevo y a este se adhiere, sin mucho disimulo, la Iglesia. Este triste proceso, me hizo recordar el vergonzoso pasaje histórico previo a la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler pactó con Stalin, en detrimento del resto de Europa, un “pacto de no agresión”; entonces, parte de la prensa calló, siendo complaciente, para que luego la extinguieran los dictadores, porque “mal paga el diablo, a quien bien le sirve”.

Como vivimos una guerra y evidentemente China -nos guste o no- la va ganando, imagínese ¿Qué pasaría si China ofrece a países míseros donar y aplicar la vacuna en cada uno de sus territorios, para ganar simpatías? Este escenario sería interesante, pues veríamos surgir a la prensa y gobiernos, en franca oposición, porque tal gesto, de ser aceptado, incomodaría a EE. UU.  A partir de ese momento, la vida humana no importaría más, sino, no molestar al gran “aliado”. Así de efímeras son las “verdades” y “convicciones”, en la mayoría de la prensa… sin duda llorarán. ¡Piénselo!

 

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