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Domingo

Entre Küng, Eco y Martini


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El fallecimiento días atrás de Hans Küng, teólogo católico que negó la infalibilidad del papa y a quien Juan Pablo II retiró el permiso para enseñar teología, ha traído a la memoria de muchos la pregunta clave de sus reflexiones, ¿existen valores universales? Küng creía que sí. También pensaba que no habría paz entre las naciones en tanto no la hubiese entre los credos. Que para llegar a esa paz sería necesario el diálogo entre sus líderes. Y que tal diálogo no sería posible si no se establecía antes un consenso universal sobre la moral y los valores. 

Esta seguidilla de condiciones me parecieron siempre un tanto utópicas y sin mordiente con la realidad, pues cada religión engendra una ética difícil de conciliar con la de las otras. Si la ética protestante es tan distinta a la católica, viniendo de la misma raíz, imagínese cuánto no lo serán ambas al compararse con la islámica o la de los más de mil millones de no creyentes que existen hoy en el mundo. Küng hacía girar su búsqueda en torno a una ética derivada de los credos, como si las personas que no creen fuesen unos amorales o unos cínicos. Y ese era el lado de su ideario que menos me gustaba, pues había otros con los cuales coincidía, como calificar de “absolutismo populista” la política papal. 

Su fallecimiento me ha recordado también un librito titulado ¿En qué creen los que no creen? Un diálogo sobre la ética en el fin del milenio, de gran difusión en Europa hace algún tiempo. En él, Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, y Umberto Eco se planteaban la posibilidad de que existiera un espacio donde la moral laica y la moral religiosa pudieran encontrarse.  Me gustaría, decía Martini, que todos los hombres de nuestro mundo tuvieran claros fundamentos para obrar, y estoy convencido de que existen no pocas personas que se comportan con rectitud sin necesidad de que su conducta se guíe por una normativa religiosa, pero no consigo comprender qué justificación última dan a sus obras. ¿Dónde encuentran estas personas la fuerza y la luz para hacer el bien?, argüía.  Me cuesta entender cómo una vida inspirada en el altruismo, la sinceridad, la justicia o la solidaridad pueden sostenerse largo tiempo, si la norma moral que la guía no está fundada en Dios. Solo Dios, ilumina las acciones de los hombres y solo la moral derivada del Absoluto, que es el bien esencial, puede dar una justificación última a la ética.

La duda de Martini, como la propuesta de Küng, resultan comprensibles por venir de hombres de fe, pero es lástima que la moral derivada del Absoluto tenga un registro histórico tan poco edificante. Desde las sangrientas guerras de religión hasta las persecuciones de herejes e infieles, pasando por el tribunal de la Inquisición, las cruzadas, las quemas de brujas, o masacres como la de los cátaros, revelan que fue la moral del Absoluto la que promovió esas atrocidades, en lugar de valores como la paz, la compasión o la tolerancia. Eso por no mencionar la pederastia o la escandalosa corrupción de papas, cardenales y pastores. 

No se puede, por tanto, argüir contra la ética laica con una duda retórica, la cual es la de no tener un fundamento divinal. Si se mira hacia atrás sin prejuicios, es fácil descubrir que la moral o las costumbres son el resultado, no tanto de una ética predicada, cuanto  de la esforzada evolución de la especie para civilizar la convivencia. Antes de que existiera el hombre moral, aducía Eco en el librito, existió el homínido, que no era ni siquiera el “buen salvaje “, sino un ser primitivo que no podía filosofar sobre sus actos, entre otras razones porque tenía un cerebro muy pequeño, pero que ya tenía una idea de los frenos que exige convivir con los demás. 

De manera que mucho antes de que el homo sapiens  formulara la reconocida regla de oro –no hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti– la intuición moral ya existía. Lo justo, en consecuencia, sería postular que la mejor ética es aquella que genera una conducta deseable en las personas y no la que da lugar a crímenes, escándalos sexuales o guerras sangrientas. Y eso tiene difícil arreglo a la hora de un tú por tú entre los credos.

Pero volviendo a la pregunta de Martini —¿dónde encuentra el laico la fuerza para hacer el bien?—, la respuesta es sencilla. La energía que da sentido a la existencia de quienes han perdido la fe o nunca la han tenido es el deseo de paliar el sufrimiento ajeno y de procurar a sus semejantes una vida digna. El mundo está repleto de laicos ejemplares que han seguido y siguen este impulso por caminos a cual más disímil. Y esta intuición natural, no basada en premios o castigos ni en una moral presuntamente revelada, tiene fundamento suficiente para justificar el bien y practicarlo.

Lo cual no excluye en modo alguno el sustento religioso de la ética.  ¿Por qué sustraer al laico, se preguntaba Eco, la posibilidad o el derecho a seguir el ejemplo del Cristo que ama a sus semejantes y perdona a sus enemigos, aunque ese laico no crea que Cristo es el hijo de Dios? ¿Y por qué no pensar que una moral fundada en la fe y la trascendencia puede salir al encuentro de una moral natural, basada en la experiencia de lo puramente humano?

Ignoro si Martini o Hans Küng, ambos jesuitas, por cierto, lograron liberarse de sus dudas sobre la capacidad natural de los hombres para el altruismo, la solidaridad o la justicia sin necesidad de que su conducta o sus valores se guíen por una normativa sagrada. Pero si hubiese un espacio en el que la moral laica y la moral religiosa pudieran encontrarse sería aquel que no excluyese la idea según la cual el ser humano, por sí mismo, posee la facultad y el arbitrio para hacer el bien, así como sentirse moralmente digno ante los demás y su conciencia.  

 

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