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Domingo

El regreso a la escuela, en medio de una pandemia no controlada


Hasta la semana pasada, los alumnos de la escuela de la aldea Las Cumbres de Tuilacán habían asistido a clases presenciales sin interrupciones dos veces por semana. Un modelo de aprendizaje “híbrido”, como lo llamó el Ministerio de Educación. Jornadas sin recreo, y con menos de 10 estudiantes por aula eran parte de la nueva normalidad para ese centro educativo.

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Mientras la maestra Julia Sunum de la Cruz se encontraba en una reunión de profesores que surgió de imprevisto, sus cuatro alumnos saltaban en el aula para alcanzar una estrella. Dos niños y dos niñas corrían, en un espacio de dos metros, para agarrar impulso y saltar para tocar un globo dorado con forma de estrella pegado al techo como decoración. Pero de tanto golpe, el globo se desinfló. El juego había terminado. En ese momento Julia regresó al salón y cerró la puerta. “Hoy me duele mi corazón porque se suspenden las clases”, les dijo a sus estudiantes, que desde el inicio del curso escolar en el mes de febrero asisten dos veces por semana, durante dos horas, a clases presenciales. La catedrática se colocó en el centro de la clase, frente a su escritorio y no pudo contener las lágrimas. Uno de sus alumnos se saltó los protocolos de distanciamiento y no dudó en darle un abrazo para consolarla. 

Es el 21 de abril, día en que siete maestros reciben a 30 alumnos. Puntuales y pacientes, niños y niñas entre cinco y 11 años hacen fila afuera de la escuela, a la espera de su turno para que les midan la temperatura y les apliquen alcohol en gel en las manos. Ese día todos cumplían con la temperatura corporal adecuada y como ráfagas corrieron hacia sus clases. Pero el regreso no es normal. Los alumnos usan cubrebocas y caretas, que al transcurrir las horas se quitan porque les incomoda escribir o moverse con el plástico transparente en el rostro. 

Son los estudiantes de segundo primaria de la Escuela Rural Mixta Aldea La Cumbre de Tuilacán de San Martín Sacatepéquez, Quetzaltenango, y el miércoles pasado fue su último día de clases presenciales. Roger Cifuentes, director de la escuela, dice que volverán el 3 de mayo, pero que dependerá del desarrollo de la pandemia en Quetzaltenango. 

La escuelita de la aldea La Cumbre de Tuilacán, ubicada sobre la carretera que se dirige hacia el sur de Quetzaltenango,  era hasta este día una de las 8 mil 82  establecimientos educativos públicos que trabajaban bajo una modalidad híbrida, desde el 22 de febrero. Esta forma de dar clases solo está permitida para las escuelas que se encuentren en municipios donde el semáforo está en amarillo, como San Martín Sacatepequez. El problema son los municipios de donde vienen los maestros. 

Los profesores, después de varias solicitudes al Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, fueron colocados hasta hace una semana en el primer grupo de la fase dos del plan de vacunación. Antes, los maestros hacían parte de la fase tres y tenían que esperar que todos los policías municipales y miembros del Ejército fueran vacunados. 

Algunos aulas tienen indicaciones de la cantidad de personas que pueden ingresar y permanecer en ese espacio.

Dar clases de primero en segundo primaria 

Esta semana la novedad en todo San Martín Sacatepéquez eran los números del tablero de alertas de COVID-19. El  domingo pasado se reportaron dos casos de contagio en ese municipio. En los dos meses y medio de 2021 no se había registrado ningún enfermo con ese virus en ese pueblo. Sin embargo, el semáforo aún se encontraba en amarillo. 

Pero la cabecera departamental de Quetzaltenango (Xelajú) se encuentra en alerta roja. Ahí es donde viven tres de las siete maestras y maestros que trabajan en esa escuelita. 

En Xela se encuentra el hogar de la maestra Julia, quien esa mañana ha llegado preocupada a la escuela de San Martín Sacatepéquez. Dice que no ha podido dormir de la preocupación. Julia tiene una semana sin teléfono inteligente, el cual le habían regalado hace menos de un mes por su cumpleaños. Ahora usa un antiguo celular que solo saca llamadas y manda mensajes de texto. Nada más. 

Julia necesita usar WhatsApp, Facebook y tomar fotos. Esa es la manera de comunicarse con las familias de los 14 alumnos de segundo primaria. “Nunca pensé sentirme así por un celular. Pero, ahora, esa es la esencia de mi trabajo”, expresa con un tono  en la voz que denota cansancio, mientras saca los cuadernos de algunos escolares  para revisar el trazo de las letras y los números. Está en su aula, aún está vacía. Hace los últimos arreglos de su decoración y coloca de nuevo en el techo uno de de 10 discos compactos de donde cuelgan flores hechas con papel y globos. Por último recoge del suelo un hula hoop y lo pega en el centro de la clase. De la circunferencia cuelgan corazones de colores que tienen escrito el nombre de cada color en español en inglés. Mientras acomoda los escritorios, aplicando medidas de distanciamiento, deja al descubierto un medidor de estatura. Cada año miden la estatura de los niños y niñas al inicio del ciclo para observar los efectos de la refacción escolar. Este año no llegó el Ministerio de Salud Pública y no se hizo. Es una decoración más en la clase. 

El cansancio de Julia es porque las tareas que revisa son cosas que debieron aprender sus alumnos en primero primaria y, aunque ella era la maestra de ese grado en 2020, reconoce que la modalidad a distancia no le permitió dar clases de manera adecuada. Sus estudiantes no aprendieron como ella hubiera deseado. Dice que ella mandó videos explicando los temas, que dejaba las tareas y ejercicios para repasar, pero este método depende mucho de padres y madres de familia. “Algunos apoyaban poco a sus hijos por el trabajo y otros los apoyaban demasiado, porque yo detectaba que la tarea la había hecho un adulto”, cuenta la educadora. “Nos obligaron a aprobarlos, porque conscientemente yo sabía que era imposible”.

Este es el salón de la profesora Julia. Cada espacio de la clase es aprovechado y decorado con material, el cual sirve como soporte de aprendizaje para los niños y niñas.

Julia usa el libro de primero primaria para enseñar a sus alumnos de segundo curso. Les muestra cómo trazar las letras y los números, cómo identificar patrones y hasta cómo construir bolitas de papel de china para desarrollar la motricidad fina que les permita escribir con propiedad. Debería estar realizando dictados, enseñando los números hasta mil, mostrando cómo se suma y resta con dos dígitos. Pero la situación es cada vez más complicada. Sin embargo, no quiere terminar este año, sin enseñarles lo básico del segundo grado. 

El miércoles solo llegaron cuatro de los siete alumnos que esperaba. Por un momento expresa decepción, pero recobra inmediatamente los ánimos para atender a los que asistieron. Los niños y niñas dicen que en estos dos meses terminaron de aprender el abecedario, aprendieron a leer más fluido y a contar hasta cien. 

El mismo esfuerzo de Julia, hace el resto de maestras. Como Mercedes, que este año tiene a su cargo primero primaria. Ella también enseña a sus alumnos a hacer bolitas de papel de china, a pintar sin salirse del margen. Ese día los niños y niñas aprendieron el trazo de la “i” al ritmo de canciones de Cepillín, que la maestra coloca desde su celular. 

“Pero ríe más la “i” porque se parece a ti jijiji… pero no ríe la “u” ¿por qué no ríe la u? porque el burro ríe más que tú”, canta al fondo de la clase un niño que intenta pintar sin salirse de la línea. 

Melany es una de los cuatro alumnos de segundo primaria que asistieron ese día a clases. Julia esperaba que llegaran siete estudiantes

La difícil tarea de evaluar lo que no se aprendió 

Un día antes de que Julia recibiera la noticia de la suspensión de las clases presenciales, la ministra de Educación Pública, Claudia Ruiz, decidió no asistir a una citación en el Congreso para responder cómo medirán y evaluarán el aprendizaje de los menores de edad que se encuentran en sus primeros años de escolaridad. 

La citación la hizo la bancada Unidad Nacional de la Esperanza (UNE) y quien asistió a responder las dudas de los diputados fue la viceministra Zaida Aragón Ayala.

El plan del Ministerio de Educación (Mineduc) es realizar en mayo un “diagnóstico de matemática y lectura” a los alumnos de sexto primaria. En junio se tendrán los resultados. La explicación de los planes del Ministerio fue interrumpida por el diputado Carlos Barreda, quien sugirió que también se evalúe a los alumnos de segundo primaria, porque ellos debieron aprender a leer, a escribir, a sumar y a restar en 2020. 

Pero la situación en cuanto a conectividad de las escuelas es aún más desoladora. La Viceministra se sumerge en esta realidad, cuando dice que solo el 30 por ciento de las familias que tienen a sus hijos estudiando en el sector público cuentan con Internet. Que ninguna escuela tiene conexión a esa red y que los profesores tienen que arreglárselas ellos mismos para conseguir conectarse. 

Emely es una de las alumnas de la maestra Julia. La niña, durante las dos horas de clases, es una de las pocas que no se quita el cubrebocas y careta para hacer sus ejercicios.

“¿Y cómo piensan evaluar a tanto alumno en plena pandemia?”, pregunta Barreda. El panorama que ofrece la funcionaria no es alentador. Explica que las evaluaciones serán presenciales y virtuales. Aún no sabe cómo, porque, además de no tener Internet, muchos alumnos no tienen computadora en casa, al igual que algunos maestros. 

Mientras la Viceministra explica lo complejo que es hacer estas evaluaciones, el juego político se asoma a la discusión. Los diputados de la UNE se molestan al enterarse que la ministra Ruiz los había evadido para asistir a una reunión con el presidente de la Comisión de Educación: Roberto Calderón, diputado de Vamos.

A una cuadra de distancia se encuentra la Ministra conversando con el diputado Calderón, quien ha convocado a otros legisladores oficialistas. Les dice que vayan a “sus gallineros”, es decir a sus distritos, y escojan una escuela para repararla. Pero ellos no otorgarán el dinero. Su misión es hacer las gestiones para que los empresarios locales y la cooperación internacional financien las reparaciones. Claudia Ruiz les promete que les enviará una lista con las escuelas que necesitan reparación y en cuáles de estas tienen ayuda extranjera. Terminada la reunión, deciden trasladarse a la oficina del presidente de la Comisión de Educación para almorzar y conversar en privado. Sin periodistas. Sin nadie que les escuche sus planes. 

Pero los diputados oficialistas y la Ministra hablaban de algo que no es nuevo y que ha funcionado sin los diputados. La escuela de la aldea Las Cumbres de Tuilacán es un ejemplo de eso. No tienen problemas de agua, porque la poca  que provee la Municipalidad es guardada en las dos cisternas que fueron donadas. Una por el Club Rotario, y la otra ganada en un concurso de reciclaje organizado por los países cooperantes. Esas cisternas son el reflejo de cómo se ha construido ese centro escolar. Empezó con solo tres aulas durante el gobierno del presidente Álvaro Arzú. El resto de salones, los baños, la cocina, la pila, la cancha de fútbol y el lavamanos fueron construidos e instalados gracias a organizaciones sin fines de lucro, la cooperación internacional y algunos fondos municipales. Han crecido sin el Mineduc.

fotos:Jesús Alfonso

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