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Domingo

Mundo sin luz


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Ya me habían advertido que las aguas eran profundas, ¡nunca imaginé cuánto!; en todo caso habría de profundizar en el asunto, pues la superficie estaba llena de confusiones. Gente paralizada por el terror, confiando en los seres más traidores, aferradas a la voz de mentirosos y criminales que, entre amenazas y autoritarismo, destrozaban sus vidas, fracturaban sus familias y destruían sus medios de subsistencia; debía saber lo que ocurría… y no estaba en mi mejor momento. 

Me adentré en aquellas aguas que cada vez dejaron pasar menos brillos; de cualquier forma, las luces que flotaban en el océano enorme del pavor eran artificiales, chillonas y atormentantes; era mejor no verlas, pensé. Así que me sumergí, en parte porque quería hacerlo y en parte, porque no podía evitarlo. Impotente de poder emerger, por un cansancio que invadió todo mi cuerpo, debí seguir bajando, hasta donde la luz era casi ausente; estaba, apenas, a 200 metros de la superficie. 

Nada lucía tan mal, hasta hace poco. Sentía que lo tenía todo resuelto, sabía que el sacrificio de tantos años había valido la pena, estaba persuadido que la autoexigencia, la disciplina y organización, daban resultados y que, mis hijos, navegarían en aguas menos turbulentas, de las que a mí me tocaron en suerte. Pero todo cambió, un cambio abrupto, mucho más que la zozobra de la Guerra Fría, más sorprendente que la llegada del hombre a la Luna y contrario a la caída del Muro de Berlín. El mundo ahora construiría muros en cada casa, relegaría a las familias al encierro y proveería, como ventana a una realidad inexistente, la pantalla de un celular o computadora; a la gente pobre, ni siquiera eso. Las personas “estarían seguras”, en su casa; los gobiernos se “harían cargo” de su sobrevivencia y –de golpe y porrazo– ya “no era importante” trabajar; la disciplina económica se convirtió en despreciable y los Estados, gastaron a manos llenas… en campañas de miedo, en contubernios, en manipulación de masas y en control.  

La gente mordió el anzuelo, se entregó masivamente al engaño y estuvo dispuesta a todo… con tal de no morir; ocioso afán y anhelo inalcanzable. Mientras bajaba, me daba cuenta de la ausencia de sustento, de pronto ya no noté vida; muchos se fueron convirtiendo en zombis, expectantes de obedecer al más idiota y despreciable ser que, ahora, se convertía en su soberano.  Al pasar los 400 metros, todo se vuelve tinieblas bajo el agua; dicen que en el mar Caribe, la luz solar es capaz de penetrar más allá de los 800 metros, pero este era un mar siniestro, ajeno a arrecifes de coral y peces de colores. No había lugar para más planes, ni cosas resueltas, ni futuros ciertos, ni certeza alguna; la gente se vio con odio, o al menos con recelo, y desconfiaron todos de todos… menos de los siniestros que proponían el engaño y lo manejaron a su sabor y antojo; el negocio del terror ¡Era el negocio! y los líderes del mundo, crueles genocidas, proponiéndose a exterminar a niños y ancianos. 

En la oscuridad, no se encuentra ni la derecha ni la izquierda, todo es una nebulosa confusa que me demostró mi pequeñez, vulnerabilidad y, sobre todo… lo poco que sabía de mí mismo. Entonces me dejé llevar por largo rato, decidí confiar en los cuidados sobrenaturales de los que siempre he sido beneficiario y dejé de patalear; al final y por primera vez en mi existencia, no sabía a dónde iba; me faltaban fuerzas y era mejor no usar las pocas que tenía, en una lucha infértil que excedía, por mucho, mis posibilidades. Traté de gritar que nos engañaban, perdí “amigos” que nunca fueron tal cosa, dejé de frecuentar a gente con miedo… realmente me llegó a repugnar tan suprema cobardía. No logré entender el sometimiento de mi generación y menos aún, la de los más viejos. De los jóvenes no se podía esperar juicio crítico, pues les enseñaron a leer cosas tan extensas como un meme y tan vacías, como las alienantes redes sociales. Dominaba el mundo, una generación que vivía en la superficie, sin importarle el fondo de las cosas. 

No supe cuánto más descendí… con atisbos de emerger y realmente no sé si lo quería. De pronto, una luz tenue, pero lo suficientemente atractiva, en medio de la penumbra, para dirigirme a ella. Se trataba del “Pez linterna”; de enorme boca, prominentes dientes, mucho más pequeño de lo que uno se imaginaría, a aquel monstruo que es básicamente una cabeza amorfa con aletas, no más grande que mi mano. Pero me habló y me dijo claramente, imagínese usted que lo escuché fuerte y claro, en medio de la nada, con un oído inútil y –después supe– a casi cuatro mil metros de profundidad. Me dijo –serio– “la luz está allá arriba, no busques más en las profundidades, porque aquí hay solo tenebrosidades”. 

No tuve otro remedio que subir, subir lentamente y emerger. Supe que llegaría, porque empecé a notar la abundante confusión de colores, la gente hostil, ya no buscando sueños, sino temiendo morir todo el tiempo; como si el evento inexorable tuviese algo de novedoso. Encontré las desilusiones flotando a poca profundidad, anhelos perdidos, niños aislados y ancianos tristes. Planes truncados, negocios vacíos, hordas de malvivientes con micrófonos; apologistas del engaño, terror y fraude; finalmente salí a la superficie y el sol fulgurante estaba allí, justo encima de mí. 

Sentí mi rostro hirviendo, vi embarcaciones navegando en total desorden; no había rumbo, ni prisa, ni consuelo… solamente el sol, calcinando ilusiones ¿Es esta luz la que decía el pez? Me pregunté mil veces, en tan solo un instante; lejos estaba de imaginar tal impresión, en medio de la presencia del astro rey, figura de la deidad más antigua y “todopoderoso”; ahora sabía que no lo era, de hecho, era incapaz de penetrar más de 200 metros –en promedio– aquel inmenso océano que entonces resultaba más poderoso que él y mucho más pequeño. En las profundidades recónditas, donde el depredador no llega, ni el hombre puede contaminar, con su soberbia y porquería, el pequeño pez linterna, es un gran guía. En fin, mis brazos que trataban de mantenerme a flote me empezaron a arder, por el calor y francamente me resultaba menos infausto, sospechar la realidad que presenciarla, a plena luz del día. 

Finalmente tuve una revelación, cosa de magia, una visión que no dependía de mis sentidos, ni de mi intelecto o de mi ego, ajena a mi cuerpo y mis complejos. Estuve atrás del sol, convirtiéndome en espectador y renunciando a ser “protagonista” de esa historia, en la cual mi existencia era irrelevante. Allí estaba, viéndome nadar ansioso, sintiendo el detestable abrazo del inclemente sol y escuchando, más claro de lo que desearía… la confusión, la pena y el engaño. Supe que el refugio y la luz serena, estaban allí, más allá del sol, en la paz de quien lo construyó todo y de cuya esencia formo parte. Demasiado pequeño para intentar cambiar mi entorno, demasiado ingenuo, para hacer valer razones, demasiado confuso, para digerir que alguien que no quiere morir, busque la muerte de forma voluntaria y hasta suicida, mientras confía en los criterios fatuos de corruptos, de parias y homicidas. ¡Piénselo! 

 

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