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Domingo

Evocando cobardías


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Ocupaba, junto a sus acompañantes, las Cabinas A-16 y A-20, de Primera Clase. Llevaban cuatro días de travesía y de pronto… del esplendor, al horror. De la cadencia y el boato, a la aparente cita inminente con la eternidad. En un preámbulo gélido y confuso, de muchos gritos, aderezados con agobio, paralización y asombro. El “insumergible”, se hundía; tardaría solamente dos horas y media a flote, desde que chocó, en el océano Atlántico, con un iceberg inesperado y -entonces- considerado “frágil”, por los constructores del coloso, de 52 mil toneladas. 

Viajaba acompañado y bajo nombre falso, según cuenta la historia, para evitar ser identificado, por la prensa, a su arribo a Nueva York, pues tanto él, como su esposa, eran muy conocidos. Sir Cosmo Duff-Gordon, aristócrata, esgrimista y exmedallista olímpico, rondaba, en aquel viaje, los 50 años.  Era la noche del 14 de abril 1912 (hace 109 años), cuando Frederick Fleet, el vigía del transatlántico del White Star Line, vio -demasiado cerca- aquel hielo mortal, con el que colisionaría el Titanic, empezando su azaroso final.  Siendo el “momento de la verdad”, para algunos puede llegar la serenidad y para otros la posesión del pánico… sin que, para ninguno de los grupos, sea sinónimo de muerte segura, Sir Cosmo, sacaría, de sus entrañas, lo peor de sí mismo; y es que es la virtud o mezquindad del ser humano, lo que se nota, tanto en la prosperidad súbita, como en condiciones adversas… mostramos de qué estamos hechos, punto. 

No tuvo más sentido ocultar su identidad, entonces, utilizó toda su influencia, para escapar del colapsado barco, en el bote salvavidas número uno. Sobornó a los oficiales, con cinco libras esterlinas y abordó, con sus acompañantes y una decena de personas más, aquella pequeña embarcación que se alejó a toda prisa del Titanic, con apenas 14 ocupantes y con espacio, para 40. Sir Cosmo, seis años antes, había representado a Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos de 1906, ganando en la gesta, una medalla de plata, por su talento en la esgrima; ahora aquel héroe que sabía blandir la espada, como ninguno –ante el miedo– tenía la opción de ser un cobarde… y decidió serlo; más tarde sería investigado por Scotland Yard, para finalmente tipificar su “falta”, como una “donación” de buen corazón, para garantizar la sobrevivencia de aquellos oficiales corruptos, a quienes les describiría como “pobres marineros”. La Ley lo absolvería, pero no su conciencia y la historia supo lo que había hecho; murió 19 años después, aún con la vergüenza a cuestas. 

La tragedia en la que murieron 1 mil 500 personas, 80 por ciento hombres y 20 por ciento mujeres y niños, revelan que Sir Cosmo, no era la regla, sino la excepción, dentro de los viajeros del Titanic. Es obvio que la caballerosidad prevaleció, en la nave sin futuro, aquella noche horrible de 1912. La prensa fue muy agria con sir Cosmo, pues existen testimonios de él y sus compañeros de viaje, en el que narran los terribles gritos de auxilio y lamentos, provenientes desde el agua fría, cuando el bote número uno, estaba a menos de doscientos metros de quienes se ahogaban o eran víctimas de la hipotermia. 

Me vino a la memoria la historia del Titanic, al ver la triste actuación de quienes –desesperados y actuando cobardemente– suplantaron, a quienes estaban destinadas las primeras vacunas del COVID-19: personal médico y de rescate de primera línea, así como adultos mayores. Los envolvió el temor y “enseñaron el cobre”. Traficaron influencias, usaron “conectes”, retorcieron la realidad y se apresuraron a “salvarse” de aquel naufragio que no era real, sino un espejismo fabricado por las elites globales, para dominar, someter y manejar a la población del mundo. La argucia comercial y de control, no era nueva, pero sí para quienes prefieren vivir en la ignorancia. 

En 2009, la influenza H1M1, provocó una alarma importante y también las farmacéuticas, se apresuraron a hacer un festín, con el miedo. Esta vez, el COVID-19 creó caos global, pese a su baja mortalidad, alto porcentaje de recuperación y estando claro que es ajeno, prácticamente a los infantes quienes, de todas formas, se ven obligados a aislarse y crecer en ambientes hostiles a su salud mental… lo mismo que los viejos.  Este pánico inmoral que destruye economías, familias y mata a miles de personas por falta de atención médica, depresión y ansiedad, fue posible porque –convenientemente– en 2009 (un mes antes de la anterior pandemia), la OMS cambió los criterios de “declaración de pandemia”, ya no vinculando la emergencia a la mortandad, sino a la expansión de contagios. 

Las vacunas que, sobradamente demostrado han generado trombosis y cuyos efectos a mediano y largo plazo, no se conocen, por estar justamente en la etapa cuatro de experimentación, son anheladas por quienes tienen pánico a morir, hecho que es insoslayable. La gente olvida la solidaridad, lo correcto, el pudor y las prioridades; no les importa que mueran adultos mayores y servidores de salud… solo quieren salvarse, apresurándose al bote número uno. Entonces sobornan, mienten y ocupan espacios que no son los suyos; todo ello, porque creen que el virus con letalidad global de menos del uno por ciento viene por ellos –seguramente– para matarlos. 

Comparando las situaciones de Sir Cosmo y los “colados” de las actuales vacunas, uno no puede sino concluir que, el antiguo aristócrata, sin duda, tenía amenazas muchos mayores que los medrosos “covidianos”, pues del naufragio sobrevivieron solamente el 32 por ciento, mientras que del virus lo han hecho el 99 por ciento de los contagiados en el mundo y más del 96 por ciento de los chapines. Sinceramente, espero que el resto de sus vidas no sea tan miserable, como la de Sir Cosmo y que logren encontrar la calma. ¡Piénselo!

 

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