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Domingo

El hombre institucional


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Indagar en nuestros días qué es el hombre y qué esconde en sus meninges es penetrar en una selva de visiones a cual más sorprendente y creativa. Uno se cruza en ella con el homo ludens, del holandés Joan Huizinga, quien concibió al ser humano como un personaje cuya propensión a jugar, a festejar, a reír o a la poesía, es capaz de construir con todo eso una cultura. O bien con el homo videns, del italiano Giovanni Sartori, quien lo ve como un tipo estupidizado por la televisión, en un mundo donde la imagen ha destronado a la palabra.

Muy popular es también el “hombre sin atributos”, del novelista austriaco Robert Musil, quien retrató un individuo sumido en una existencia carente de objetivos. No digamos “el hombre unidimensional”, del pensador francés Herbert Marcuse, quien a mediados del pasado siglo delineó un hombre impotente y sometido a los designios impuestos por la sociedad de consumo.

En vista de todo lo cual, a uno, que es por naturaleza aficionado a estos líos, le gustaría describir aquí un homo como los citados, el cual ha venido observando desde que se le empezó a caer el pelo. Se trata del “hombre institucional”, ese individuo que siente que no es nadie si no forma parte de una alianza de intereses, sean de la naturaleza que sean. Ser miembro de una institución así es hoy día esencial para el estatus y el currículum. El hombre institucional necesita ser miembro de alguna cofradía laica, un gremio, una oenegé, un grupo de opinión, altruista, de poder o de canto gregoriano, dicho sea con perdón. Si no lo hace, es un tipo raro, alguien que sale a la calle con cara de raro, dice cosas raras y tiene un modo de entender la vida muy raro.

El hombre institucional gusta de presumir ante los demás del grupo al que pertenece. Lleva en la solapa un botón, un emblema, un lacito, un logo en la gorra o un lema en la camiseta. Son sus señas de identidad y pertenencia, una especie de heráldica en boga que lo transforma, casi, en hombre anuncio.

Otro rasgo peculiar del personaje es su complejo de cinta adhesiva. No puede vivir sin adherirse y menos sin adherencias. No existe per se ni para sí, si no está inscrito en alguna institución que le dé norte a su vida. De ahí que hable siempre con palabra ajena y que obedezca ciegamente al conjunto, pues los intereses de la institución, como se sabe, están más allá y más arriba de los de sus miembros, ya se trate del sindicato de maestros o del comité para la defensa del cultivo de la coliflor.

Toda institución y todo grupo de interés, deforma la realidad con su respectivo monóculo. Y sin embargo, esa visión transmite al afiliado una enorme sensación de poder que recibe a cambio de su lealtad al grupo. También recibe algo más: protección y autoconfianza. Las fechorías, los agravios, la retórica de la agrupación, se diluyen en el anonimato de sus miembros que no se sienten culpables de nada. Es el mundo, no la institución, el responsable de todo lo que ocurre. O como diría Anthony Harris, uno de los creadores del Análisis Transaccional: Yo (la institución) estoy bien y todos ustedes (la sociedad) está mal.

La democracia ha hecho proliferar instituciones de este tipo, como es el caso de la multitud de ellas que firma la declaración de una página en el diario que leo. No me llaman tanto la atención sus demandas, cuanto los nombres y el número de entidades que la apoyan. Han de ser unas 50. Ninguna novedad, cuando menos para mí.

He visto publicaciones de este porte a ambos lados del Atlántico, como una que leí en cierto diario madrileño, donde firmaban entes tan diversos como Justicia Interfranciscana, Asociación de Insumisos, Hermandad de Pensionistas Indignados, Agrupación de Homosexuales y Lesbianas y así hasta un centenar. Todo un universo de pequeños grupos de presión en los cuales se es alguien solo por pertenecer a los mismos.

Hay que entender el fenómeno. Nuestra sociedad vive hoy una progresiva organización en clanes y pequeños enjambres ante la falta de respuestas de las instituciones públicas. Es otra forma de hacer política. Origen de amistades, conexiones, privilegios y prestigio, el aliciente para unirse a estos grupos es enorme. El individuo defiende mejor desde ellos sus derechos e intereses y obtiene con más facilidad respuestas y privilegios. Pero no es menos cierto también que, en una sociedad de esta índole, el individuo puede cada día menos y es del todo un desvalido ante la prepotencia de los grupos.

La compulsión gregaria de la naturaleza humana, en suma, se va imponiendo a ojos vistas. Lo que es sin duda paradójico pues, a más libertad política, que es sinónimo de diversidad humana, mayor es la opresión de los grupos, minorías sin representación, pues solo se representan a sí mismas, pero que pasan por encima de los demás sin importarles un bledo. Como cuando bloquean el tráfico de una carretera, obtienen un subsidio, cortan el paso de un puente o paralizan la ciudad con una manifestación.

Nada que objetar, en principio. Todo el mundo tiene el derecho a expresarse como mejor tenga a bien, salvo si se piensa que lo que obtienen lo alcanzan a costa de quienes no pertenecemos a ninguna institución ni comité, individuos que, como tales, tenemos cada día menos peso específico en la vida pública y somos cada vez más vulnerables ante los poderes grandes y pequeños. Lo que hace cierta la observación, según la cual, la democracia no es otra cosa que el poder de las minorías organizadas sobre las mayorías desorganizadas, que somos la mayoría.

Pero eso a quién le importa y de qué sirve decirlo.

 

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