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Domingo

A la búsqueda de Los Pasaco


Los Pasaco fue la banda de secuestradores que más atemorizó a los guatemaltecos en los años noventa. Su nombre marcó a una generación que vio en vivo desde sus televisores como a dos de sus integrantes se les aplicaba la inyección letal. La pena de muerte. Veinte años después de ese hecho, una de sus víctimas relata la razón que lo llevó hace dos años a conversar con uno de ellos.

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Luis Pedro Corzo Spillari posa frente a las fotografías que muestran la mano izquierda de su padre, después de que Los Pasaco le cortaron el dedo. Junto a esa imagen esta la del lugar donde la banda de secuestradores dejo el dedo como prueba de vida.

El 3 de marzo de 2019, Luis Pedro Corzo Spillari, de 30 años, fue a buscar a la cárcel El Infiernito al hombre que lo secuestró cuando él tenía seis años. Ese día fue el fin de un viaje en el que recordó la herida que ya había sanado. De ese encuentro con el pasado solo quedó una hoja de papel arrancada de un cuaderno en donde se lee: “José Luis Barahona Castillo, de Pasaco, Jutiapa”. Este apunte es el único testimonio del encuentro de Luis Pedro con su secuestrador y principal verdugo de su padre. 

Es con esa misma hoja que Luis Pedro termina el recorrido de su muestra fotográfica Pasaco, 1996, expuesta en el centro cultural La ERRE, en zona 4. En esta galería, con paredes que dan la impresión de no haber sido retocadas a propósito, cuelgan los paisajes de su tránsito por el pasado. 

Viste prendas negras de pies a cabeza y lo único que cambia en su atuendo monocromático es el llavero plateado que cuelga de su cintura. Ese color oscuro y opaco solo caracterizan su apariencia, porque a pesar de que está a punto de contar un pasado lleno de traumas y de miedos, la expresión de su rostro es bastante cálida. Sosegada. Pese a lo incómodo que es volver a recordar. A repetir la historia. No habla con resentimiento cuando narra su visita al pasado. Tampoco se perturba al relatar cada paso de lo sucedido durante su secuestro. 

“Tuve mucho tiempo para reflexionar y volverme amigo de este trauma y así decir: Ya pasó, hay que salir adelante y compartir esto”. Esta es la respuesta que Luis Pedro da, cada vez que le preguntan las razones que lo llevaron un  domingo de marzo de 2019 a El Infiernito. 

Entrevista personal con el vampiro

El nombre oficial de El Infiernito es Granja Modelo de Rehabilitación Canadá. Luis Pedro no sabía que ahí se encontraba José Luis Barahona Castillo, el negociador y principal responsable de su secuestro y el de su padre, Juan Enrique Corzo de la Cerda. José Luis era uno de los líderes de Los Pasaco y fue condenado a pena de muerte el 28 de agosto de 1998, por ser el principal organizador de ese secuestro, pero una apelación a la sentencia lo mantuvo con vida y cumple 50 años de prisión. Contrario a lo que sucedió con otros dos integrantes de la banda, a quienes el 29 de junio de 2000 se les aplicó la pena de muerte por el secuestro y asesinato de Isabel Bonifasi de Botrán.

Luis Pedro tenía planificado visitar a Walter Barahona Castillo. La idea era verlo y preguntarle en qué cárcel estaba su hermano, José Luis. No le tomaría más de 15 minutos. Eso le dijo a su amiga, la única persona que sabía de sus planes y que lo esperó afuera de la prisión. 

Sin embargo, ese día tuvo que enfrentar una situación parecida a la que se relata en la película Entrevista con el Vampiro, en donde el personaje, interpretado por Brad Pitt, cuenta a un periodista cómo se convirtió en uno de esos seres inmortales que decide a cuáles de sus víctimas salvarles o arrebatarles la vida. La visita duraría más de 15 minutos. 

Cuando ingresó a El Infiernito, uno de los voluntarios que ayudan a ubicar a los reos durante los días de visita le indicó que José Luis se encontraba recluido en ese centro penitenciario, el mismo del que había intentado escapar el 16 de junio de 2001, junto a otros 77 reos. La noticia lo sorprendió y, a pesar de que no estaba preparado, decidió enfrentarlo. Era el último día de su viaje al pasado. Mientras caminaba por los recovecos de El Infiernito, un pequeño temor se apoderó de él, pero decidió seguir.  

Le informaron que José Luis Barahona Castillo era el propietario de una pequeña tienda y ahí lo fue a buscar. 

“Al principio mentí y le dije que yo era hijo de uno de sus amigos. Decía, con insistencia, que no recordaba y me vio nervioso. Me dijo que me sentara en uno de los bancos que tiene en la tienda y me dio una Coca Cola en bote de plástico. Fue ahí cuando le dije que él había secuestrado a mi papá y a mí”. 

– ¿Qué respondió cuando le dijo eso? 

– “Ya me acordé… sí pues. Me recuerdo de vos, ¿cómo está tu papá? Pero mirá, yo no tuve que ver mucho en ese secuestro” –responde Luis Pedro con tono irónico. 

 Fue en ese preciso momento en que Luis Pedro dejó por un lado su papel de víctima y se puso en el rol de investigador para su proyecto fotográfico, que intenta explicar de manera menos personal y más profunda los orígenes del crimen y de la violencia que marcó su infancia y que marca también el presente de Guatemala. 

Cuando le explicó que su visita no era para juzgarlo, sino para saber cuáles habían sido las causas que lo llevaron a ser parte de la banda Los Pasaco, José Luis se calmó. Le dijo que la brecha social lo había llevado a delinquir. Que no entendía por qué él era pobre y por qué otros tenían mucho dinero. Había empezado por eso, porque quería tener dinero. Pero después, el asunto se convirtió en “maña” y ya no pudo parar. 

José Luis se jacta de haber sido él quien “inauguró” el pequeño barrio en el que se ha convertido El Infiernito. Antes, dice, era “muy feo”. Asegura que él vive muy bien ahí, incluso mejor que algunos de sus amigos que se encuentran en libertad. 

Sobre el secuestro hablaron muy poco. Sin embargo, los nervios que sintió en ese momento no le permiten a Luis Pedro recordar esa conversación.

Cuando me muestra las fotografías de los lugares que Los Pasaco utilizaron para retener a sus víctimas, Luis Pedro lamenta no haber ido más preparado el día que habló con José Luis. Me dice que le habría gustado saber el lugar exacto de su cautiverio en las montañas. 

Después de una hora, la conversación terminó. Luis Pedro no quería seguir y la plática había llegado a un punto muerto. Tampoco quería empatizar con alguien que torturó a su padre, a él y a toda su familia. Fue en ese momento que le pidió que, en una hoja de papel, escribiera la fecha, su nombre, su lugar de nacimiento y su firma.  No tenía otra forma de documentar el encuentro, no lo habían dejado ingresar su celular. Fue su entrevista con el vampiro. 

La familia Corzo no sabía que Luis Pedro había ido a visitar a uno de sus secuestradores. Dice que no lo hubieran permitido, que lo supieron hasta cuando él les habló de sus planes de revivir este episodio por medio de la fotografía. No le fue fácil, su familia, en especial su abuelo paterno, preferían mantenerlo en el olvido. 

Este es el papel que José Luis Barahona Castillo entregó a Luis Pedro durante su encuentro en El Infiernito.

Pasaco, 1996 

Las primeras tres imágenes de la exposición son de una vivienda, de una iglesia y de la fachada de una tienda de productos agrícolas. Son áreas comunes en Pasaco, un pequeño municipio ubicado en las costas de Jutiapa. De ese lugar son originarios los miembros de la banda de secuestradores. Luis Pedro pensaba que era necesario ir a conocerlo y retratarlo. La cuarta fotografía es su antigua casa, ubicada en la colonia Mariscal. El lugar donde vivieron hasta 1997. Es en ese punto de la exposición, en que el fotógrafo empieza a narrar su secuestro. 

A sus 30 años trata de recordar un hecho que sucedió hace 24, cuando él apenas tenía seis. La memoria del niño nubla en ocasiones la historia que cuenta el adulto. 

Narra los hechos sin resentimiento y, a ratos, hace pequeños esfuerzos para pronunciar una palabra, ya sea porque olvidó cómo se dice en español, o porque le cuesta mucho recordar o porque es difícil explicar algo doloroso de una manera sencilla. 

Luis Pedro desconoce la hora exacta en que todo sucedió. Solo tiene la certeza de que aún no eran las siete y cuarto, hora en que, a una cuadra de su casa, el bus escolar los pasaba a recoger a él y a dos sus hermanos. Era el 18 de abril de 1996. 

María Spillari, madre de Luis Pedro, había creado un protocolo de seguridad porque los secuestros ya eran un problema de seguridad en la ciudad de Guatemala. Esta medida consistía en llevarlos en carro a la parada del bus. Como era costumbre, Luis Pedro  y su hermano, dos años mayor, esperaban a un costado de la puerta de la casa, mientras su hermana mayor aún se encontraba en su habitación. Los niños debían salir cuando su mamá tocara la bocina del automóvil, señal de que todo estaba bien y era seguro salir. Ese día la rutina se modificó un poco y, mientras  María subía al carro, su esposo, Juan Enrique Corzo de la Cerda, dijo que quería aprovechar el pequeño recorrido para acompañar a sus hijos, porque no había podido cenar con ellos la noche anterior. Juan se ubicó en uno de los asientos traseros del auto y María con un control eléctrico abrió la cortina del garaje. 

Fue en ese momento cuando entre seis u ocho hombres, la mayoría con la cara cubierta, entraron a la casa. Eran Los Pasaco. 

El objetivo principal era Juan, quien trabajaba con su padre, un importante empresario dedicado a la producción de papel en Guatemala. Él fue el primero en ser secuestrado. Después buscaron a los niños y el único que estaba en el garaje era Luis Pedro y se lo llevaron. 

Ese momento lo tiene muy claro, al igual que el día en que fue liberado en Chiquimulilla, Santa Rosa. En medio de la noche, sin ver hacia atrás, recuerda que caminó en dirección a la estación de bomberos y le entregó a uno de sus miembros el papel con el número de teléfono de su familia. Pero cuando habla de su cautiverio los recuerdos son más escasos. El hecho que marcó su infancia son ahora pequeños episodios y no porque haya tratado de olvidarlos, sino porque su mente de niño no pudo registrarlos. 

“Algo que siempre recuerdo de los días en que estuve secuestrado es esa canción de El Venado. Sonaba a cada momento”. Sonríe al relatar esto, tal vez porque le parece gracioso o porque ha hecho un gran esfuerzo para recordarlo. 

Mientras muestra la fotografía del disco en que Los Pasaco grabaron la primera prueba de vida para entregarla a la familia Corzo, otro recuerdo le viene a la mente. Se trata de un guacal rosado. Era lo que veía cuando miraba hacia arriba mientras estaba acostado en la cama. Cree que ese guacal aparece en las fotografías que las autoridades recabaron como evidencia en contra de la banda. Lo señala con la mano, porque es parte de la exposición, pero no está seguro que sea  el mismo. 

El resto de fotografías tratan de hechos que vivió, pero que no recuerda y que su familia le tuvo que relatar. Uno de estos hechos está relacionado con la tercera prueba de vida. Fue una carta que Los Pasaco obligaron escribir a su papá y en la que no mencionó a su abuelo. Después de que, frente a su hijo, a Juan Corzo le laceraron la espalda con hojas de afeitar, los secuestradores le hicieron creer que todo eso le sucedía porque su padre no quería pagar el rescate. Era mentira. 

En la exposición resalta la fotografía de una mano con un dedo amputado. Es la mano izquierda de su padre. Fue la última prueba de vida que enviaron. En la denuncia que la familia hizo del secuestro, Juan Corzo declaró que, una vez supo que le quitarían el dedo, él pidió que fuera uno de su mano izquierda. Suplicó a sus secuestrados que fuera esa mano, porque la mano derecha la utilizaba para escribir. Este hecho marcó a Luis Pedro, y fue parte de un trauma que inconscientemente manifestó por mucho tiempo. Recuerda que cuando eso sucedió, los secuestradores pusieron música a todo volumen, para que no se escucharan los gritos. Sin embargo, él, que estaba en la habitación contigua, sí pudo escuchar el dolor de su padre. De niño, siempre que oía ruido o música a volumen alto entraba en pánico. Ese hecho fue grabado en video y enviado a la familia. El video mostraba la violencia y saña que Los Pasaco aplicaban a sus víctimas. El dedo anular de la mano izquierda de Juan Corzo fue encontrado en el tanque de un sanitario de Pollo Campero. 

“Una de las razones por las que decidí fotografiar donde dejaron las pruebas de vida, es para retratar que en esta ciudad, en este país, hay rastros de violencia en cada esquina…Uno va a un restaurante y nunca pensaría que ahí fue alguien para cometer un crimen”. 

Un mes después de su secuestro Juan Corzo fue liberado y tres días después Luis Pedro caminó hacia la estación de bomberos de Chiquimulilla. Seis meses después se mudaron a vivir a Estados Unidos. No han regresado. 

Un trauma de posguerra 

Carlos Menocal conoció a Los Pasaco como periodista. Explica que los secuestros que ejecutaban, captaban la atención de los medios de comunicación de la época. Después conoció más a fondo sobre los secuestros como Ministro de Gobernación (2010-2012). Pero antes de llegar a ese punto, también quiere volver a 1996. Recuerda el caso de los Corzo, el de Beverly Sandoval, el de la señora Bonifasi de Botrán, entre otros. Recuerda la violencia que caracterizaba a Los Pasaco. También dice que es importante resaltar que el comando antisecuestro que el expresidente Álvaro Arzú montó en el Estado Mayor Presidencial, era en ese momento, lo más adecuado. Era lo que demandaba la emergencia ante la ola de secuestros cuando la  Policía Nacional Civil (PNC) y todas sus instituciones aún no existían. 

Esta época de violencia, según el ex-Ministro, es “un trauma posguerra”, el cual han atravesado la mayor parte de los países de Latinoamérica. 

Menocal señala que con sus luces y sombras, el comando antisecuestros que manejaba Víctor Rivera fue clave en algunos rescates. Sabían negociar y conocían los límites de las bandas de secuestradores. Esto pese a que no eran estructuras criminales débiles, ya que contaban con un adiestramiento característico de los militares, además de tener  información privilegiada sobre las familias de sus víctimas. 

Fue un delito al que le pusieron mucho empeño para combatir y explica que actualmente el secuestro no es parte de las preocupaciones de los guatemaltecos y tampoco es el  delito que más se comete en el país.  

La primera Encuesta Nacional de Percepción de Seguridad Pública y Victimización (Enpevi), realizada entre 2016 y 2017 en el país, señala que el 80.4 por ciento de los encuestados dijo que el secuestro es el delito cuyo combate más resultados satisfactorios ha tenido. En 2020 la tasa interanual de secuestros fue de 0.09 por cada 100 mil habitantes. Menos de un guatemalteco. 

Menocal considera que se llegó a este resultado gracias al fortalecimiento de la investigación criminal, principalmente la del Comando Antisecuestros de la PNC, la cual en un momento estuvo manejada por el grupo de jóvenes que empezaron su carrera policial con el comando de Víctor Rivera en los años noventa. Dice que su análisis se encuentra sustentado con estudios basados en experiencias. En este proceso también resalta la valentía de las familias y las organizaciones de sociedad civil que surgieron en esa época y acompañaron a las familias a enfrentar un juicio en contra de sus secuestrados. 

Una de estas organizaciones fue Familiares y Amigos contra la Delincuencia y el Secuestro (FADS) que surgió en 1996. Una de sus fundadoras, Eleonora Muralles, recuerda cuando junto a Madres Angustiadas se instalaron enfrente del Palacio Nacional para exigirle al presidente Arzú que hiciera algo para combatir la ola de secuestros. Uno de los primeros logros fue que se creara el número 110 para reportar emergencias. 

Eso fue clave, porque las personas llamaban para reportar sucesos extraños en sus vecindarios. 

Cuando el momento de los juicios llegó, FADS fue una de las organizaciones que acompañaron a las familias. El apoyo emocional y psicológico era clave en estos procesos. Muralles cuenta que supo que muchas personas llamaban a los Corzo ofreciéndoles eliminar a Los Pasaco a cambio de dinero, pero la familia de Juan y Luis Pedro fueron firmes en su decisión de llevar a juicio sus victimarios. 

Según Eleonora, la causa de que hoy en día el secuestro es el delito que menos preocupa a los guatemaltecos, es porque las víctimas se atrevieron a denunciar y sí hubo una respuesta del Estado. 

Ahora, dice Muralles, son las mujeres las que desaparecen, secuestradas por estructuras de trata de personas. Ahora los criminales extorsionan desde las cárceles. Las bandas criminales se transformaron y a eso no le ha puesto mucha atención ni esfuerzo el Estado. El trasfondo del problema. Ese que busca Luis Pedro al hacer caminar en círculos a las personas que recorren su exposición, que muestra lugares y personajes comunes, como su abuelo, quien ha construido en su casa una puerta secreta. Una puerta de escape para cuando la violencia que enfrentó en 1996 regrese. 

EL JUICIO CONTRA LOS PASACO

En marzo de 1998 dio inicio el juicio de la familia Corzo en contra de los secuestradores de Juan Enrique Corzo de la Cerda y su hijo, Luis Pedro Corzo Spillari. El juicio tuvo una gran cobertura mediática y el sector privado empresarial lanzó campañas para promover la pena de muerte en contra de los integrantes de esa banda de secuestradores.

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