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Domingo

La nación indispensable, claro que “yes”


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En 1996, el periodista Sidney Blumenthal y el historiador James Chace tuvieron la ociosa ocurrencia de buscar una frase que describiera el papel de Estados Unidos en la época de la posguerra, después de la política de distensión de Henry Kissinger, y acuñaron la feliz frase de “América, la nación indispensable”,  frase, que según uno de sus autores, significaba que solo  EE. UU. tenía el poder  de garantizar la seguridad global y sin su presencia o apoyo, cualquier esfuerzo multilateral  estaba condenado al fracaso.

La primera funcionaria en usar reiterativamente dicha frase fue Madeleine Albright, la primera mujer secretaria de Estado de los EE. UU., quien en una entrevista manifestó que si  EE. UU. tenía que usar la fuerza era porque ellos eran eso, la nación Indispensable. Eran ellos, la nación que estaba en posición de mirar por encima las demás naciones y ver con mayor claridad el futuro global y los peligros globales para Estados Unidos.

La frase no tuvo mayor éxito académico ni mediático, pero sí el concepto de la “indispensabilidad” de Estados Unidos en los asuntos de orden mundial, desde el presidente Bill Clinton, pasando por Barack Obama, hasta llegar al actual presidente Joe Biden, quien recientemente conmovido afirmó en una videoconferencia realizada en Múnich, frente a la mayoría de líderes europeos, “América is back”. Por supuesto, como explica Moisés Naim, la pregunta obligada, dada la inestabilidad política de EE. UU., es “¿hasta cuándo?”

Si los chinos suprimen la democracia en Hong Kong o violan los derechos humanos de las minorías uigures en la región de Xinjiang, si Rusia envenena y luego encarcela al líder opositor Alexei Navalny, si los militares dan golpe de Estado en Myanmar, si en el mundo solo los gobernantes de esa conveniente ficción denominada Triángulo Norte de Centroamérica son corruptos y  narcotraficantes, Estados Unidos estará allí por razones de geoestrategia e interés nacional, porque después de todo son una nación indispensable. Así fue el siglo pasado y así será el presente siglo. Claro que yes.

Es, en este contexto de superioridad moral e indispensabilidad que a finales del 2006 se crea, en Guatemala la CICIG, un sui géneris organismo de Naciones Unidas, “independiente”, cuyo mandato original, era apoyar a las instituciones del Estado guatemalteco encargadas de la investigación penal de los delitos presuntamente cometidos con ocasión de la actividad de los Cuerpos Ilegales de Seguridad y Aparatos Clandestinos de Seguridad (CIACS). Esa era la tardía respuesta de los indispensables, al cargo de conciencia que tenían por los desmanes cometidos por las fuerzas armadas guatemaltecas, en la época de la contrainsurgencia, desmanes que ellos mismos apoyaron a través de dinero, inteligencia, armas y capacitación.

Con el tiempo y después de dos comisionados inocuos, la CICIG adquirió mayor relevancia bajo el mandato del comisionado Iván Velásquez,  quien develó el escandaloso grado de corrupción e  impunidad que existía en las esferas gubernamentales del país, le puso nombre y apellido a la corrupción nacional, y, con la ayuda de los indispensables, puso tras las rejas, a los principales protagonistas de la corrupción, en especial a la pareja presidencial que el 2015 representaba el epítome de una corrupción nunca antes vista.

Sin embargo, en el camino, el comisionado Velásquez perdió el rumbo, engolosinado por el poder adquirido por la CICIG, dogmático y carente de cintura política alguna, no supo elegir sus batallas, peleando por igual las grandes y pequeñas, sin medir la fuerza de sus adversarios ni su capacidad de reacción, y al mismo tiempo que cooptaba la Justicia, por miedo o por convicción, incursionó, sin mandato alguno, como extranjero, en la política nacional, pretendiendo legislar a su leal saber y entender, proponiendo sesgados cambios constitucionales y promoviendo la poco carismática candidatura presidencial de su alfil en el Ministerio Público, politizando e ideologizando la CICIG; situación que terminó que su expulsión del país y el retiro por la puerta de atrás de la CICIG. Infeliz tarea de redentor y sepulturero.

Hoy, quince años después de su creación, la salida de la CICIG, muy lejos del efectivo cumplimiento de su mandado original, dejó un país polarizado, donde la Justicia no solo tiene un parche en el ojo, sino que además es sorda. Lejos de acabar con la corrupción, la CICIG logró unificar a los corruptos en un Pacto que se ha apoderado, sin pudor, sin recato, sin clemencia, sin misericordia, sin medir las consecuencias de los tres poderes del Estado. 

Un Pacto desafiante, sin credibilidad, que en nombre de una falsa soberanía rechaza el libreto de la administración Biden. El “pecado original del financiamiento electoral” pecado venial que se comente en todo el mundo, aquí fue elevado a la categoría de pecado mortal, y en consecuencia, por no pecar, los “cabales” se abstuvieron de financiar a los candidatos de su preferencia, dejándole la vía libre al dinero del narcotráfico para financiar a su sabor y antojo a candidatos a alcalde, diputados y a la Presidencia, además de comprar ministerios e instituciones gubernamentales a su sabor y antojo. Ellos saben que pecan, pero la santa muerte los protege.

La recién estrenada administración Biden, en un déjà vu ha nombrado a la vicepresidente Kamala Harris, para liderar los esfuerzos de su administración para detener las causas de la migración hacia Estados Unidos por parte de mexicanos y centroamericanos; responsabilidad que en su oportunidad le fuera delegado por el expresidente Obama al ahora al presidente Biden. La migración es el rostro, pero el combate a la corrupción será el eje central de la política de Biden hacia Centroamérica -no, curiosamente, hacia México- creando para ello una fuerza de tarea, además de confeccionar listas, quitar visados y reactivar el Plan Alianza para la Prosperidad propuesto por Obama, el cual, por cierto, tuvo pocos resultados concretos.

Para Guatemala, EE.UU. continúa siendo una nación indispensable en la lucha contra la corrupción, pero hacerlo con las mismas recetas y solamente con los mismos y desgastados actores locales, convocados a dedo, respetables la mayoría, pero sin liderazgo alguno y tal vez solo por tres años, no augura ningún éxito, sino por el contrario genera más polarización. La convocatoria tiene que ser más amplia, con los que influyen, con los que deciden. Es lo que hay.

Where have you gone, Dr. Kissinger? Our nation turns its lonely indian eyes to you. Claro que yes.

 

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