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Domingo

Sobre el secreto de la creación


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Leo que la familia Rockefeller ha solicitado el retorno del tapiz en tonos ocres, copia del Guernica, de Picasso, que colgaba hasta hoy de una pared en el edificio de las Naciones Unidas. El episodio me ha recordado un suceso parecido, tiempo atrás, cuando el Gobierno español pidió al Museo de Arte Moderno neoyorquino (MoMA) la devolución del cuadro original.  Picasso había ordenado que el Guernica  no regresara a España hasta que se restableciera allí un régimen democrático. Así que, tras la muerte de Franco, esta célebre pintura fue llevada al Casón del Buen Retiro, en Madrid, donde el arriba firmante descubriría al verla el secreto mejor guardado de la creación.

 La leyenda que yo había escuchado sobre el cuadro era que Picasso se había indignado al saber que la aviación alemana, en un ensayo preparatorio para la II Guerra Mundial bendecido por Franco, había bombardeado y destruido el pueblo vasco de Guernica y asesinando en la operación a un centenar de civiles. Y que en un enfebrecido arrebato de dolor y de rabia, el artista malagueño había pintado el cuadro en 24 horas.

Así las cosas, en una visita a Madrid, quise ver esta increíble pintura de cuyas dimensiones no tenía la menor idea y de la cual solo conocía reproducciones en revistas. Antes de entrar al salón donde se exponía la obra, había un pasillo con una especie de escaparate protegido con vidrios que llegaban al techo. Y allí, colgando de las paredes o depositadas en el piso se exponían, oh sorpresa, los más o menos 50 bocetos que Picasso había hecho del Guernica. Dibujos del caballo, del toro, de la mujer clamando al cielo con el hijo muerto en brazos. Bocetos grandes, pequeños, hechos a tinta y a lápiz, que en muchos casos no tenían nada que ver con la imagen del cuadro concluido. Y fue justo en ese instante que la leyenda de la mágica visita de las musas y la inspiración milagrosa se me fue al cielo. El mito del Guernica era falso. Aquella extraordinaria pintura había tenido que pasar, como todas o casi todas, por el fatigoso periodo de preparación, de búsqueda y de prueba y error que acompaña a toda obra de arte.

Lo recuerdo con la misma sorpresa y asombro con que contemplé minutos después la obra terminada, una inmensa pintura de ocho metros de largo por tres y medio de alto, toda ella en blanco y negro, con algunas zonas en gris. Y tal vez porque yo no era un artista, me sorprendí pensando que el misterio de la obra de arte no necesariamente se debe a cierta inspiración súbita, salida de no sé dónde, ni a la visita de las musas, ni al hágase la luz y la luz se hizo, sino a algo bastante más mundano. 

Se sabe que, luego de trabajar un tiempo en los bocetos, Picasso invirtió 40 días más en pintar el Guernica. Un trabajo bastante rápido, si bien se mira, cuando se compara con otros. 10 años le llevó a Víctor Hugo escribir Los miserables. Seis a J. K. Rowling concluir Harry Potter y la piedra filosofal y 16 a John Ronald Tolkien, la saga de El señor de los anillos. Cuatro le costaría a Miguel Ángel pintar la bóveda de la Sixtina y cinco a Flaubert poner su rúbrica en la última página de Madame Bovary. Camilo José Cela escribiría ¡20 veces! La familia de Pascual Duarte. Y si bien Hayden compuso 700 sinfonías, de ellas se conocen únicamente cien y solo se interpretan 20. 

El teatro, el cine, la danza, el canto, exigen exhaustivas pruebas y repeticiones. El poema nunca sale a la primera. Lo mismo le sucede a la novela o el ensayo. Hay, desde luego, creaciones explosivas, como el Mesías, de Haendel, del cual se dice lo compuso su autor en 48 horas. O como El elogio de la locura, de Erasmo, quien lo escribió en tres semanas. Pero el arte sería más bien exiguo si tuviese que depender de esos geniales chispazos. La creación no es un acto, es un proceso. Y con frecuencia muy largo. Las musas no vienen a uno, sino que uno tiene que salir a buscarlas. Todos los días. A veces con un megáfono, a veces con un farol y siempre como un albañil o un mendigo. Sus nombres además no son Clío, Talía o Terpsícore, sino Dedicación, Perseverancia, Concentración, Paciencia, Disciplina. Y trabajo, mucho trabajo, con el cual el creador ha de sentirse a gusto, pues, de lo contrario, el arte se vuelve un martirio.

No quisiera que sonara cursi, pero una obra de arte se asemeja mucho a ese río que partiendo de un modesto manantial, se nutre de multitud de afluentes hasta que se desploma en una catarata. Tener una idea no es suficiente. Hay que darle vida y asociarla a otras, y pensar que la obra no llega nunca íntegra. Toda creación emerge de borradores, arranques en falso, caminar a tientas, desvíos. No es un proceso natural, vaya. Tampoco artificioso. Todo depende de la habilidad y la paciencia del creador para hilvanar ideas, sonidos, colores, imágenes, palabras o formas, de modo que puedan ensanchar la vida de quienes se complacen en la afortunada asociación que ha logrado con ellas. 

El arte no es, en fin, esa inspiración afortunada que yo suponía años atrás, cuando vi por primera vez el Guernica. Es el decidido e incansable forcejeo por idear, mezclar, concebir lo que nadie antes ha concebido o mezclado. No siempre se acierta, claro está. Uno se puede pasar días o semanas golpeando el pedernal sin que se produzca el chispazo. Y no es fácil acercarse a la excelencia. Lo que el artista sí sabe es que sin esfuerzo, a veces agotador, todo hay que decirlo, no hay obra de arte que valga. Y ese es precisamente el secreto. O como el propio Picasso dijo una vez: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”.

 

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