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Domingo

Malas costumbres


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El mundo es peor ahora, hace un año, era mejor. Un año de incertidumbres, de confusión oprobiosa, de engaños inesperados, manipulación perpetua y sumisión tan pasmosa. 

Año de la división, del asedio a la honradez, de mérito al esfuerzo digno y desprecio a la vejez. Inicio de esclavitud, de un socialismo macabro que promulga, los gobiernos –que endeudan y traicionan– no traerán prosperidad, bienestar… tranquilidad. 

Se perdió la compostura, se terminó la vergüenza, se alborotaron los malos y se acentuó la indecencia. Del miedo por lo inminente que siempre ha sido la muerte, surgieron oportunistas, negociantes y arribistas. Azuzando al ignorante, manipulando conciencias, deformando a inocentes, mientras se exhibe opulencia; mal habida, impertinente, repugnante y pestilente. 

Vinieron malas costumbres… de las feas y las peores; no existe la cortesía, pero abundan los temores. No dar la cara es costumbre, ver al otro con recelo, desconfiar de los amigos, aunque ellos sufran desvelos. 

Lo virtual es la costumbre, o sea, ya nada es real. Se acabaron los abrazos, las visitas a las tiendas, las carcajadas de mesas… y sucumbe a la pobreza, la miseria y decepción, gente buena y laboriosa que trabajó con tesón. La depredación surgió, como acto de conveniencia, la necesidad imperante y la obvia decadencia. 

Mientras, la fe y la confianza, el esfuerzo continuado, la libertad de decidir… no dan nada por ganado. El parasitismo extremo –que promueven los gobiernos– da por hecho y por derecho, el ingreso no esforzado ¿Y de dónde saldrá el dinero?, ¿quién cancelará las deudas? La especie triste y callada, la de la gente de bien, la que paga sus impuestos y es tristemente timada. 

Se propone, los gobiernos, son asideros felices de esperanzas y salud, aunque su moral fachosa, pinte todos los colores, de hedentinas y de grises. Se piensa que nuestros niños, serán mejor orientados, alejados de otros niños y en entornos encerrados.

La monstruosidad propuesta, ha logrado disociar, al más sensato individuo, convenciéndole –a disgusto– que vivir solo, aislado… le genera bienestar. La codicia impera afuera, la desesperación y el hambre, la cesantía es fatal, la gente saca lo peor y muestra más empatía… cualquier sencillo animal. 

Las excusas del malandro ahora están “autorizadas”, son aprobadas acciones que otrora fueron sancionadas. Hijos lejos de los viejos, “para evitar enfermarlos”, matándolos, por abonos, con “tan solo” marginarlos. Los nietos ya sin abuelos, los hermanos distanciados y amigos “inseparables” … lastimados y alejados. 

Mala costumbre asumir, el oficio de no pensar; mala costumbre esgrimir, la bandera de la prudencia… si se prefiere ignorar. Mala costumbre la mía, de vivir tan inconforme, en un mundo ya deforme que promueve la anarquía; mala costumbre pensar, también cansarme de hacerlo; mala costumbre escribir y pretender reflexión, cuando tantos lucen cómodos… apagando el corazón. ¡Piénselo!

 

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