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Domingo

Los desvaríos de Yepo


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El pico de Yepocapa, un día se preguntó: ¿Si soy tan alto como el volcán de Agua, por qué no soy un volcán? Se quedó viendo “la orqueta” que une al volcán de Fuego con el Acatenango y la envidia lo invadió; esta chaparra -pensó- es más conocida que yo y lleva un nombre más digno. Ser casi tan alto, como el pico mayor de Acatenango, no lo hacía volcán y, sin embargo, decenas de enanos -reflexionaba- incluyendo al belicoso Santiaguito, son volcanes y él un “pico”; encima de todo, el “pico menor”. 

Después de rumear mil resentimientos, planteó una querella, con la asistencia de todas las instancias de derechos volcánicos que encontró. Primeras planas, reportajes profusos y extensas entrevistas, ocuparon los medios de comunicación. De pronto, la opinión de muchos volcanes -todos inactivos- propugnó porque la cumbre o pico  Yepocapa, fuese denominado volcán. 

Las pretensiones de Yepo, fueron desestimadas “in limine” por el juez competente, por considerarse que su naturaleza no era de volcán, o en todo caso, no se constituía un volcán por sí mismo, sino parte del colosal Acatenango. El juez se preparó, indicando que Yepo, no contaba una chimenea, ni era capaz de expulsar lava o gases a altas temperatura; de hecho, no cuenta con un cráter, de manera que, podría ser denominado -si quisiese emanciparse de Acatenango- como Montaña o Cerro, pero volcán… jamás. 

Siendo el caso mediático y novedoso, se convirtió en global y de inmediato fue apoyado por los más conspicuos miembros del “cinturón de fuego”, los que ofrecieron su apoyo, para llegar a las cortes internacionales y lograr, algo nunca registrado en la historia… ver a un pico, siempre inactivo y parte de un volcán, convertido en un volcán independiente. Corrieron millones de dólares en publirreportajes, entrevistas arregladas, opinión de volcanes expertos y vulcanólogos y de pronto, disentir con Yepo, se convirtió en un sacrilegio que acarreaba insultos y descalificaciones. Los abogados inmiscuidos en la causa, para procurar ganancia, defendían las razones de Yepo, indicando que, si para ser volcán fuese indispensable hacer erupción, solo podrían llamase así, el de Fuego, Pacaya y Santiaguito, además -plantearon con vehemencia- Fuego y Acatenango, nacieron siendo uno y luego se separaron. 

La gente empezó a ver a Yepocapa de otra forma, la hermosa estampa que agracia los atardeceres chapines, desde la capital, conformada, de izquierda a derecha, por los volcanes de: Agua, Fuego y Acatenango, con su pico de Yepocapa, no volvió a ser la misma; ahora existía la duda de que fuesen cuatro volcanes y no tres. Las cosas se complicaban, pero Yepo, no lograba, aún con todo el apoyo mediático y decenas de recursos legales, ser reconocido como volcán. El argumento de las cortes era simple… si cedían a sus pretensiones, seguirían inmediatamente, pidiendo lo mismo, los picos del volcán de Pacaya: cerro de Agua, cerro Chino, Hoja de Queso y cerro Chiquito. 

Al escuchar el nombre “cerro de Agua”, el volcán de Agua se sintió aludido y demandó al cerro, para que dejara de usar tal nombre. El único volcán de “Agua” era él, el icónico Hunahpú responsable –“y, a mucha honra”– de la destrucción de la segunda capital de Guatemala en 1541. En la exposición de motivos, el volcán de Agua plantea su noble historia multicultural, habla de la riqueza variada de sus faldas, incluyendo el pintoresco pueblecito de Santa María de Jesús, famoso, entre otras cosas, por sus variopintos cultivos. 

Por Alusión directa, el volcán Santa María, exige: en primer lugar, ser llamado “volcana” y además, reclama el nombre como propio y solicita que el antiguo municipio de Sacatepéquez, cese de utilizar su nombre. La confusión es enorme y -acto seguido- interviene, por proximidad y competencia, el Volcán Santiaguito. “No deseo que me llamen más Santiaguito” -reclama-, “exijo me llamen Don Santiago, porque no solamente soy volcán activo, sino considero un abuso discriminatorio que se minimice mi importancia, con un insultante diminutivo”. Las razones de Santiaguito parecen válidas; tiene un siglo de existencia y sus aspiraciones por desvincularse de Santa María, a esa edad, son del todo convincentes. 

Ante tanta exigencia de derechos volcánicos, Ipala, hizo su aparición, con planteamientos, no menos interesantes. En primer lugar -plantea- él debiera ser denominado volcán de Agua, porque Ipala le parece femenino, además, argumentó, su cráter si cuenta con una laguna y no es tierra seca, llena de feas antenas, como el cráter del -mal llamado- volcán de Agua. De esa cuenta exige que el volcán de Agua, deje de usurpar calidades y busque otro nombre; también solicita, el lago de Atitlán, que ha tenido -desde el colapso de su cráter hace 80 mil años- aspiraciones de volver a ser volcán, deje de llamarse lago, de una vez por todas. El lago de Atitlán respalda al volcán de Ipala,  presentando su renuncia a ser lago, por sentirse volcán y demanda que el volcán Atitlán, pase a ser considerado cerro, para que cerro de Oro, no se sienta solo y relegado,  mientras que Tolimán y San Pedro, pueden seguir utilizando la denominación de volcanes. 

El volcán Tacaná, que observaba silente aquella alucinante escena, se siente malquerido, pues,  pese a su prominencia, cree que es recordado, más que por su elevación, por la mención de una marca de cerveza desaparecida, hace muchos años; decide, entonces,  no quiere seguir siendo, el “segundo” volcán más alto del país, sino la montaña más alta de Centroamérica, conminando a la sierra de los Cuchumatanes que dejen de jactarse de su altura y renuncien a tal calidad, pues él los supera por doscientos metros. 

Nadie ganó nada, con los delirios de Yepo, ninguno fue mejor por considerarse otra cosa, cambiarse el nombre o imponer razones que son, realmente, disparates… pero se fomentó el odio, se generó la división y ser enriqueció abogados y jueces; una forma menos fea de referir  nuestra realidad, contrastada con observar y amargarse, con los líos entre malvados codiciosos y amorales que laceran a la patria y confunden a nuestros niños. ¡Piénselo!  

 

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