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Domingo

¿Auténtico líder o “fake” Vicepresidente?


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La soleada mañana del primero de septiembre de 1980, siendo estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad de Georgetown, en medio del punto más álgido de la guerra civil en Guatemala, me enteré, al igual que miles de guatemaltecos de la renuncia, desde Washington D. C. del vicepresidente de Guatemala Francisco Villagrán Kramer (FVK), reconocido jurista y sin duda alguna, uno de los últimos políticos ilustrados de Guatemala.

La imposibilidad de influir en los temas de Estado del País, los asesinatos de sus amigos, Fuentes Mohr y Colom Argueta, y la toma de la Embajada de España no le dejaron mucho margen de maniobra al Vicepresidente del general Lucas García. “Muerte o exilio es el destino de aquellos que luchan por la Justicia en Guatemala”, concluiría FVK después de su renuncia. Para la administración Carter, dicha renuncia le fue, políticamente muy útil, y constituía un poderoso mensaje de los vientos que soplaban en la Casa Blanca. En 1977, Carter había suspendido la ayuda militar a Guatemala. La renuncia de FVK era de tomar en cuenta.

Diecisiete años después, en 1997, FVK fue propuesto como candidato para integrar, en calidad de comisionado, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH-OEA. En mi calidad de Representante Permanente de Guatemala ante la OEA, me correspondió promover dicha candidatura ante los países miembros de la Organización. En esa época, el presidente de EE. UU. era Bill Clinton y la secretaria de Estado, Madeleine Albright, la primera mujer en ocupar dicho cargo; era los tiempos imperiales de la “América Indispensable”.

Ocupada, como era lógico, con una agenda de carácter global, la Secretaria de Estado delegó el tema de la elección a la CIDH al subsecretario de Estado para Derechos Humanos, John Shattuk, quien, por recomendación de la embajadora de EE. UU. ante la OEA, Harriet Hattie Babbit, muy amiga de Hillary Clinton, y en forma coordinada con grupos de Derechos Humanos, en particular, Human Rights Watch, lejos de apoyar una candidatura de un personaje, cuya renuncia a la Vicepresidencia le había sido muy útil en su momento a EE. UU., se dedicaron en forma activa a bloquear dicha candidatura; y algunos grupos de derechos humanos, en palabras textuales del Director de una División  de uno de esos grupos, se esmeraron con entusiasmo “a tirarle mierda con ventilador” a la “bananera” candidatura de Guatemala, 

La sórdida campaña en contra de FVK, en el negativo marco geopolítico del diferendo Guatemala-Belice, argumentaba, entre otras razones, que la existencia de escuadrones de la muerte en Guatemala durante el mandato de FVK  y su tardía renuncia eran factores cruciales para que no fuera un candidato idóneo para el cargo que aspiraba. Al final, la campaña de desprestigio dio resultados y FVK perdió la elección por pocos votos, y el candidato ungido por el Departamento de Estado y los grupos de derechos humanos resultó electo, con el apoyo de Canadá y los países del Caribe. Lejos quedaban los tiempos de la oportuna renuncia del FVK en nombre de la justicia y la democracia en Guatemala.

Hoy, 40 años después, el doble de los años de la famosa novela de Alejandro Dumas, vuelven, en Guatemala, a surgir diferencias fundamentales entre los dos funcionarios políticos de más alto rango en el País; el presidente

Giammattei y el vicepresidente Castillo, quienes a lo largo de estos últimos 16 meses han protagonizado en público y en privado, entre intrigas y reales, y supuestas deslealtades, una serie de escaramuzas y desencuentros políticos que han dejado al descubierto las enormes diferencia de criterio entre ambos funcionarios.

El último desencuentro ocurrió este 10 de marzo y fue público. El motivo, la elección de los integrantes de la Corte de Constitucionalidad por parte del Organismo Ejecutivo, prerrogativa del Presidente de la República. En esta ocasión el señor Vicepresidente argumentó que el proceso era “poco transparente” y presentó su propia lista de candidatos, que en esencia era la lista de candidatos de un grupo de la sociedad civil. Como era de esperarse su propuesta fue desechada por el Gabinete, recibiendo por parte del Presidente, una dura lección política, medida en centímetros, ni uno más, ni uno menos de lo que establece la Constitución de la República. La dictadura disfrazada de democracia. El desencuentro público, concluyó con la publicación de un comunicado falso en el cual se informaba sobre la renuncia del vicepresidente Castillo; muchos pensaron, por dignidad, que era cierta.

El vicepresidente Castillo es un hombre de reconocida honorabilidad y vocación de servicio, muy cercano a las autoridades del Irtra, la Cámara de Comercio y de larga trayectoria en el Intecap. Con legítimas ambiciones políticas y asumiendo un riesgo político cuidadosamente calculado, Castillo aceptó la candidatura a la Vicepresidencia, promovida y facilitada entre otros, por un personaje vinculado a una familia de militares y hombres de negocios. Hombre de fino olfato político, el Vicepresidente no puede alegar ignorancia sobre quién era y es el Presidente, su compleja personalidad, su conocido carácter autoritario, su prepotencia, su afición a ser el único centro de atención y su rechazo absoluto a todo aquel que pueda opacarlo o enmendarle la plana.

Exiliado del poder y del “centro” y “corazón” del Centro de Gobierno, el Vicepresidente tiene, por razón de su cargo, la inesperada oportunidad de convertirse en un auténtico líder de los guatemaltecos, más allá de sus viejos y nuevos padrinos políticos y más allá de los pequeños e influyentes, pero desgastados, claustros de la sociedad civil y burócratas internacionales que lo quieren convertir en un ingenuo y bonachón caballo de Troya en cuyo vientre yacen, no los intereses del país, sino sus  intereses personales o institucionales, en un burdo crossover de fake vicepresident a fake president, solo para olvidarlo y desecharlo cuando deje de ser útil.

El Vicepresidente ha adoptado una agenda que no es necesariamente la suya, fotografiándose con personajes conocidos, pero cuya agenda choca, en algunos casos, con el interés nacional, colocándolo en una situación donde no queda bien, ni con Dios, ni con el diablo. Vicepresidente cuando gobernar es un martirio, la renuncia es un deber. O renuncia o toma el poder. Ni un centímetro más ni uno menos de lo que se requiere de un verdadero líder político. 

 

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