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Domingo

La aventura más hermosa


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Meridiano de la historia, frontera con el ayer y brecha de la modernidad, la revolución liberal de 1871, que en unos meses cumplirá 150 años, es el ejemplo palmario de lo que el ensayista José Antonio Marina ha llamado “el dolor de la inteligencia fracasada”, esa que no logra hacer de Guatemala, por ejemplo, el país que todos quisiéramos que fuese, la que no consigue solventar necesidades y carencias, recurre a la intolerancia, la corrupción o la demagogia, o desaprovecha las ocasiones que la historia pone en sus manos para dar a los guatemaltecos una vida digna y decorosa.

Dediqué mucho tiempo a investigar aquella revolución. Leí numerosos libros, panfletos, pasquines, coplas irreverentes, periódicos, documentos, correspondencia. Visité bibliotecas, archivos, museos. Reconstruí la ciudad capital con sus antiguas calles y sus viejos edificios. Busqué fotografías e imágenes a fin de familiarizarme con la vestimenta, los carruajes, las armas, los sombreros o la gastronomía de la época, así como con detalles auditivos, olfativos, literarios, musicales, muchos de ellos olvidados o desconocidos. Llegué a identificarme de tal modo con la revolución que terminé siendo arrastrado por ella. Viajé al puerto de Guadalupe de la Frontera, en la desembocadura del Grijalva, estado de Tabasco, México, donde ayudé a descargar los 300 rifles que habrían de armar la revolución. Crucé su pantanoso territorio y ascendí junto con los rebeldes las escarpadas sierras de Chiapas. Fui aprehendido por el gobernador, encerrado en una mazmorra y finalmente liberado gracias a la mordida que don Miguel García Granados, entonces en el exilio, envió desde la capital de México. Entré al país por San Marcos y combatí en la colina de Tacaná, al lado de Justo Rufino. Allí obtuvimos nuestra primera victoria. Bajé luego a la Costa Sur y, tras cruzar el río Nil, libramos batalla en Retalhuleu, donde le salvé la vida a Barrios. No me lo pagó muy bien, por cierto. Subimos luego a La Antigua y a San Martín Jilotepeque. Seguimos a Totonicapán y, en Tierra Blanca, entablamos una nueva batalla contra el Ejército del presidente Cerna. Derrotado por los nuestros, el mandatario huyó hacia la capital a uña de caballo. En la Cuesta de las Cañas, dimos alcance a su tropa. Un centenar de ellos se hicieron fuertes en el Cerro de la Embaulada, pero no resistieron nuestro asalto y se rindieron con las culatas de los rifles volteadas. Al siguiente día, bajamos a Villa Nueva. Subimos luego la cuesta de Villalobos y entramos a Guatemala por la Calle Real entre aplausos y vítores. En la Plaza de Armas, una multitud aclamaba a don Miguel García Granados, ideólogo de la revolución, y a Justo Rufino Barrios, su artífice. Don Miguel pronunció un discurso de conciliación. No habrá revanchismos ni venganzas, dijo, ni permitiré desmanes con los vencidos. Y ese día muchos pensamos que la libertad y la democracia serían las señas de identidad de la Guatemala del futuro. 

No pudo ser, triste es decirlo. Pues de la libertad como del amor nunca se obtiene todo lo que se desea. Y pese a estar animada por tan altos ideales, la revolución se truncó. Fue imposible sustentarla en los principios que la habían visto nacer. Hubo importantes reformas económicas, sí, pero no libertad, democracia ni justicia. Y “el sueño de los justos”, título que le di a mi gesta revolucionaria, se quedó en eso, en un sueño. 

Los liberales del setenta y uno aspiraban a crear un nuevo orden y un hombre nuevo. Exigían separar Iglesia y Estado y detener la excesiva  influencia y poder de un gobierno extranjero, cual era el del Vaticano. Pretendían instituir la democracia parlamentaria, la educación laica y el matrimonio y el registro civiles, proclamar la libertad de expresión y de credos, erradicar el proteccionismo económico y propiciar el libre comercio. Buen número de estos y otros ideales, empero, se verían confinados por una larga cadena de dictaduras que se habría de prolongar hasta 1944. De resultas, la revolución del setenta y uno se tornó un desencanto para buen número de los liberales genuinos que la hicieron, entre ellos el coronel Joaquín Díaz-Durán, quien, en un bellísimo canto a la libertad, escribió: “Tu insignia al despotismo arrebatada/ y por hombres ingenuos defendida/ trasunto es hoy no más de la avaricia/ la iniquidad, el fraude y la injusticia”. 

¿Quién hubiera dicho que 150 años después el desencanto sería tan parecido? El pasado es siempre un prólogo y “el dolor de la inteligencia fracasada”, una pesadumbre asidua. Barrios, el hombre que se apoderó de la revolución y se enriqueció con ella, como otros hacen hoy con la democracia, no permitió que un régimen de libertades se instalara en Guatemala. Pensaba que en un país pobre e ignorante eso era un peligro. Y así, aquella formidable iniciativa que había abatido los restos del Antiguo Régimen, sufrió el destino de la mayoría de las revoluciones que en la historia han sido: no alcanzar los ideales que le habían dado alas. 

Y sin embargo, cada vez que recuerdo aquel viaje me conforta haber cabalgado y combatido al lado de aquellos hombres, aunque lo hiciese como lo habría hecho un fantasma. Es un sentimiento semejante a lo que nos sucedió a muchos el día que salimos de la casa del padre para enfrentar el mundo y cambiarlo, aunque luego resultara que el mundo no quería cambiar o que la deslealtad y la ingratitud se habían conjurado para que nuestro sueño no se cumpliera. La vida tiene estos desencuentros, qué se le va a hacer. Lo que nadie nos podrá quitar nunca es el honor y el decoro de habernos arrojado ese día, con el entusiasmo de la edad, a una aventura tan hermosa. 

 

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