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Domingo

Don Óscar está muriendo “sanamente”


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Lo llamé para que me hiciera un trabajo, por ser una persona muy confiable y eficaz; esta vez no atendió él su teléfono, con su enérgico “¡Cómo le va don César!”; al contrario, este sonó por mucho más tiempo que de costumbre. Finalmente me contestó una voz joven y al preguntar, por don Óscar, luego de algunos segundos de silencio y preguntarme: “De parte de quién”, finalmente escuché la voz de aquel ejemplar hombre mayor, aunque con un tono tenue,  distinto al acostumbrado. No hubo saludo entusiasta -como era su costumbre- ni siquiera me reconoció, hasta que le expliqué todos nuestros antecedentes de trabajos previos. Cuando me identificó, se escuchó gustoso, amable como siempre… pero con poca energía y ánimo ausente: “No me dejan salir don César, perdí todos mis clientes; hasta me escondieron las llaves del carro, me siento enfermo, pero no entienden que me mata estar encerrado”, -dijo de corrido- para después, escuchar palabras de consuelo y aliento que, sinceramente, creo le sirvieron de muy poco… porque él lo único que quiere es trabajar honradamente, extremo que se ha vuelto incomprensible, desde que los ladrones lo manejan todo y juegan, a su sabor y antojo, como si fuesen dueños de “vidas y hacienda”, emulando a los más aciagos feudales, solo que estos, con una idiotez, degeneración y cinismo, desbordados.  

Conocí a don Óscar, años atrás, abriendo el portón de mi casa, una noche de inclemente lluvia y un frío que penetraba, hasta los huesos. Me encontré un picop de trabajo, con por lo menos, treinta años encima y visiblemente muy bien conservado. Al instante, de entre las sombras -las luces estaban apagadas- surgió un hombre mayor, con un linterna y completamente empapado,  cubierto con una camiseta solamente y con mucha pena y educación me indicó que movería su carro, lo cual hizo rápidamente, para volver a su faena. Apenado por las condiciones en las que trabajaba, le ofrecí otra ropa o algo para cubrirse… “No tenga pena, yo no me enfermo”, me dijo carcajeándose, y regresó a lo que le ocupaba. 

Me dejó perplejo, su energía y actitud frente a la vida, me pareció correctísimo, proactivo y sobre todas las cosas, inspirador. Luego de arreglar cuentas, me quedé con la satisfacción de haberle conocido y a partir de entonces, me ha ayudado, de tiempo en tiempo, con la misma gentileza, cabalidad y eficiencia; le he referido a algunos clientes y, de forma idéntica, sus impresiones son de satisfacción y admiración. Don Óscar, cuando lo conocí superaba ya los 75 años y su fortaleza física, era admirable. Se trataba de uno de esos guatemaltecos que no saben otra forma de ganar su sustento, más que a través de su esfuerzo. Ni “carero” ni “baratero”, como comúnmente se dice, sino justo y cabal… virtudes que los sinvergüenzas que tuercen leyes y trafican influencias, jamás entenderán. 

El 2020, todo cambió para don Óscar. No se enfermó de COVID-19, ni fue hospitalizado, ni ha muerto. Simplemente, ante toda la oscura parafernalia global, vendiendo al virus, como sinónimo de muerte, aunque su mortalidad siempre fue marginal,  primero le solicitaron  sus hijos que no saliera y acto seguido, le prohibieron que lo hiciera; hoy es un prisionero de la propia casa que él erigió con esfuerzo de muchos años. De pronto se convirtió en reo de quienes seguramente piensan quererlo mucho y no quieren que muera jamás… lo cual es imposible. La gente ha suscrito, la falacia, vendida de como verdad de “obedecer a las autoridades”, aún y cuando ello sea a costa de su propia libertad y vida. 

El trabajo de don Óscar es típicamente, al aire libre, lo realiza solo y seguramente habría podido seguir, con éxito, felicidad y sintiéndose útil -como él quiere- y hasta que su corazón fallara, o lo asolara una enfermedad de esas insoslayables, o quizá una caída inesperada o un accidente en su automóvil, provocarán su muerte. La forma de morir que le impone -el engañoso discurso del sistema amoral por lo que nadie pagará las consecuencias- es sumirse en la tristeza, para que llegue en seguida la depresión (creo que en esas está) y que su organismo no se interese ni alimentarse, ni en vivir. Estos crímenes no son relatados por ninguno, porque los viejos “deben morir”: viven demasiado, consumen recursos, contaminan y ya no producen… son las excusas de los apologistas del desprecio a la edad, entre los que pueden contarse, todos los diablos y falsos agoreros  que manejan el circo, quiebran el emprendimiento y destruyen la economía, con fines espurios y de control. 

En una publicación de 2017, la desprestigiada OMS, parecía hacer una exposición de motivos disfrazada, para reducir la cantidad de adultos mayores en el planeta; lea usted: 1- La población mundial está envejeciendo rápidamente. Entre 2015 y 2050 la proporción de la población mundial mayor de 60 años se multiplicará casi por dos, pasando del 12 al 22 por ciento. 2- La salud mental y el bienestar emocional tienen la misma importancia en la edad mayor que en cualquier otro periodo de la vida. 3- Los trastornos neuropsiquiátricos representan el 6.6 por ciento de la discapacidad total en este grupo etario.  4- Aproximadamente un 15 por ciento de los adultos de 60 años o mayores sufren algún trastorno mental.

Luego de las decenas de miles de muertes misteriosas, nunca aclaradas, en varios hogares de ancianos en EE. UU. y España, por citar dos ejemplos, lo que sirvió de perversa publicidad, para asustar a los adultos mayores del planeta, restringir su locomoción e incluso, negarles la entrada a diversos sitios… vendrá el verdadero drama. La explosión de muertes, con motivo de la depresión, ansiedad y la gran gama de desórdenes de salud que dependen justamente de la pérdida de salud mental. Nadie vela por los viejos, ni siquiera los farsantes promotores de los “derechos humanos”; se les han arrebatado sus derechos, en obediencia a gobiernos corruptos y miserables. Nada bueno le depara a un mundo que, en lugar de privilegiar a sus mayores y proteger su integridad física y mental, los refunde en sus tristezas, para que no jodan y se mueran lo antes posible. ¡Piénselo! 

 

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