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Domingo

Sin Dios en la ecuación


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“Dios, Patria, Libertad”, se lee en el escudo de la República Dominicana, un país con muchísima historia, más que la mayoría de los latinoamericanos. La existencia de esa nación, con muchísima inversión extranjera, desarrollos turísticos  impresionantes y que ha logrado avanzar, mucho más que Guatemala, en términos de desarrollo humano, no ha sido fácil y pasó del sometimiento a la corona española, a la sujeción -que hoy pareciera increíble- de Haití, también por gobiernos aciagos como el de Leónidas Trujillo y muchas otras vicisitudes más. 

República Dominicana, se ubica en el ranquin de desarrollo humano, dentro de los primeros cien países, con un desarrollo “alto”, mientras que Guatemala, 25 escaños abajo, con un desarrollo “medio”, según la clasificación que por muchos años ha llevado la PNUD. Haití, por su lado, cuenta con un desarrollo humano “bajo”, aunque en términos de desnutrición infantil, en menores de cinco años, está “menos mal” -porque mejor no se puede decir- que Guatemala.

El enunciado citado al principio, usado y manoseado, por distintos políticos, a lo largo de América Latina, fue originalmente promulgado por Juan Pablo Duarte -padre de la patria dominicana- y expresaba claramente, los valores en los que se sustentaría esa república, llena de gente afable y feliz que, aun y cuando ostenta aún rezagos, tiene un sentido de avance que la hace distinta y especial. Duarte, quien logró la independencia de Haití en 1844, no tuvo empacho en citar la Biblia, poniendo como cimiento, los versos de Juan 8:32 “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Tampoco se inmutó al denunciar las prácticas de seudoimperialismo haitiano -llamadas luego- “agravios oprobiosos” que sofocó por Ley, las prácticas religiosas cristianas, mientras impulsaba el vudú, como la religión dominante de la otrora isla, denominada “La Española”. 

El afán de las últimas décadas, por sacar a Dios de toda ecuación de la ética, patria, enseñanza y norma… es innegable. De hecho, mencionarlo, es una especie de anacronía que le resta popularidad a cualquiera. El fenómeno es comprensible, porque -indudablemente- en “nombre de Dios” se han perpetrado grandes engaños, atracos, estafas y se ha hundido la democracia. Parece ser que, mientras el funcionario público mencione más a Dios, es menos confiable. Mencionarlo ha sido una argucia y no -como en el caso de Duarte- una convicción convertida en acciones positivas. 

En lo privado no es muy distinto; muchos de quienes se muestran demasiado religiosos, ostentan pereza, indolencia e irresponsabilidad… no son confiables; otros en cambio, sin mencionar a Dios, como una muleta del lenguaje, mantienen valores firmes, expresados en su honestidad, entereza y dedicación; también Dios “se nota”, en su solidaridad con el prójimo, búsqueda de la verdad y especialmente, en la formación de sus hijos, normalmente, gente honrada y útil al país. 

Es importante recordar que los primeros en “eliminar” a Dios, de todas partes, fueron los socialistas, que justamente han pretendido vender al Estado, como dios. El dominio haitiano, sobre Dominicana, no fue la excepción y siguió una ruta del socialismo más radical, sin que ello significara, claro está, mejoría para las mayorías, ni la abolición de la miseria. En 1822, se habían prohibido las expresiones religiosas, se expropiaron muchos bienes y las iglesias se redujeron a una especie de bodegas de alimentos. Sobre esta temática, discurre ampliamente Manuel Núñez Asencio. 

La “ética de Dios”, propone, realmente solo cosas buenas: respeto, equidad, solidaridad, trabajo, propiedad privada, entereza, franqueza, esfuerzo, responsabilidad, educación, dignidad y coherencia. La perseverancia en esos referentes que fueron base de naciones tan poderosas como Estados Unidos de América, mostraron unidad, alrededor de principios y valores pétreos que, de ninguna forma promovieron ni el abuso, ni la corrupción, ni el engaño. Con la llegada del relativismo, desde cuya perspectiva trastocada, “nada es bueno ni malo”, los valores son nebulosos y las realidades fabricadas. 

A diferencia de este marco ético, el socialismo -como bien- lo expresaría Winston Churchill, “es la ideología del fracaso”. También anotó, muy acertadamente: “Los primeros cristianos decían, todo lo mío es tuyo, los socialistas dicen todo lo tuyo es mío”. Martin Luther King, el gran defensor de los derechos civiles, cristiano profesante y líder de la Iglesia bautista, aunque pudo haber sido tildado de socialista, no lo fue. Al contrario, fue un hombre que hablaba contra el resentimiento y el rencor, siendo una de sus frases célebres: “El perdón no es un acto ocasional, sino una actitud constante”. Indudablemente, sin ser perfecto, manejaba una rectitud inclaudicable, lo cual dejó expresado con cientos de frases, pero más que eso, con su forma de vida y su carácter firme, aun y cuando ello representara grandes riesgos que terminaron llevándolo a la muerte. Imposible no mencionar de él: “Siempre es el momento apropiado para hacer lo correcto”. 

Nuestra patria está confrontada y ello no ayuda en nada, dos grupos de delincuentes solapados se la disputan sin pudor y valiéndose de falsas ideologías. El sacar a Dios de la ecuación, convertirnos en un pueblo religioso que ni olvida ni perdona, solamente garantiza el eterno rezago humano y la sobrevivencia, entre lujos y odio, de los más repudiables oportunistas. Cada uno de ellos seguirá ofreciendo el oro y el moro… la gente seguirá creyendo, más a ellos que a los preceptos de Dios. Hoy en día, sobran dioses falsos; el mundo se parece más -en cuanto a misticismo se refiere- a Haití que, a República Dominicana, vea usted los contrastes de ambas naciones, una con Dios y otra rindiendo culto a la brujería. Y es que la humanidad siempre se afianzará de algo sobrenatural, sea que provenga de la luz o de la sombra… en el fondo, reconoce su pequeñez y fragilidad. 

Seguiré confiando en Dios, hasta la muerte. No he encontrado un ser que ame como Él, ni que tenga su poder creativo o haya diseñado un mecanismo tan maravilloso como nuestro cuerpo, capaz -por ejemplo- de luchar con mil pandemias y vencerlas, sin necesidad de timos, sin hacer ostentación o producir horror.  Mientras la civilización occidental cae hincada, frente a un socialismo ateo y posmoderno, siendo esclava de sus normas y estupideces, prefiero ver al cielo y agradecer todas su misericordias lo cual solamente puedo lograr, encontrándole en la sonrisa, a veces triste, del prójimo. Él tiene la última palabra y ello ha sido y será así… siempre. ¡Piénselo!

 

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