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Domingo

Los aguacates de la vida pública


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El día que vi Lawrence de Arabia (cine Capitol, sesión de noche, un peso la entrada, hará un par de eternidades), quedé extasiado ante aquel personaje que, haciendo flamear una blanquísima túnica y cabalgando a lomos de un camello, encendía en el desierto jordano la rebelión de las tribus beduinas contra el Ejército turco. Más que un guerrero, me pareció entonces un héroe a la antigua usanza cuyos altruistas y nobles afanes provocaron en mi espíritu una gran admiración. 

Tiempo después, sin embargo, guiado por la curiosidad y las lecturas, descubrí que Thomas E. Lawrence, su nombre real, arqueólogo, militar y aventurero, había sido un agente al servicio de los intereses británicos que buscaban sabotear el ferrocarril que unía Siria con Arabia Saudita, desestabilizar la región y sacar tajada del debilitado Imperio Otomano. 

Con lo cual, mi gozo en un pozo. Todo el idealismo que a mis veintitantos años abrigaba sobre aquel arrojado mesías se empezó a agrietar. De pronto había descubierto la enorme distancia entre el personaje y la persona, el oro y el oropel, la realidad y el paradigma. Un pedazo de repello, alguna teja, se había desprendido de mi ingenua concepción del mundo y de la vida, hecho que se iría repitiendo con cada nuevo raspón hasta que mi inocencia se volvió una bonita colección de escombros. Y de esa larga lista de desencantos, uno de los más notables sería el progresivo declive de las ideologías político económicas, latitud a la que fui adepto muchos años.

El proceso no es difícil de explicar. Toda ideología surge inmaculada como una bellísima orquídea, con sus soluciones integrales y sus respuestas a cualquier duda. De su aplicación a la realidad, sin embargo, surgen contradicciones, intolerancias, fracasos, que la ensucian y desdicen. Así y todo, la rígida ortodoxia que la impulsa, con su visión unívoca de la vida humana y sin otra interpretación válida que la suya, no cede. Y al cabo, la sublime, pero pretenciosa, concepción del intelecto deriva en un monótono e inflexible discurso que la gente oye como quien oye llover. 

Las ideologías no nacen como un mero ejercicio intelectual. Todas aspiran a ser llevadas a la práctica y todas deben pasar por los molinos del poder, que es en definitiva quien las pone a prueba. Y lo que los canonistas y custodios de estas doctrinas no quieren ver es que, tras el desenlace de la Guerra Fría, han venido siendo utilizadas por los poderes fácticos de manera parecida a como las señoras eligen los aguacates: los toman en la mano, los palpan, este sí, este no, ese muy caro, aquel muy duro, mejor busco en otro sitio. 

Tal es la experiencia común de nuestro tiempo y la causa de esa expresión de desdén hacia personajes y partidos políticos de quienes se dice: “No tienen ideología”. Lo cual es cierto. Pero es que, en realidad, no la necesitan, pues el votante no se mueve por construcciones  intelectuales, sino por sensibilidades políticas. ¿Por qué entonces las ideologías, sean del color que sean, continúan vivas, si no tienen ningún chance de construir las sociedades que sueñan? 

Pues porque a nadie nos gusta que nos cambien nuestras convicciones. Lo común es que uno se aferre a ellas como a esos viejos zapatos que, pese a estar pasados de moda, seguimos conservando y usando porque nos sentimos cómodos con ellos. Ideas y creencias poseen esa virtud. Y no examinamos su envés, pues hacerlo nos causa inseguridad y nos distancia de aquellos con quienes las compartimos. De ahí que hayamos desarrollado la coartada de la coherencia: “ Yo he pensado siempre así y lo mismo seguiré pensando por el resto de mis días”. En otras palabras, no queremos que el purísimo Lawrence de Arabia se convierta en el aventurero Thomas E. Lawrence. 

Y los demás respetamos esa actitud porque una vida es demasiado corta como para cambiar de parecer en asuntos tan sensibles. Intuimos que la inviabilidad de una ideología es lo que a fin de cuentas la sostiene. Y a eso nos acogemos. Con lo cual, el “yo siempre he pensado así”, vendría a ser la conveniente vacuna que nos inmuniza contra la revisión de nuestras viejas certezas, por más obsoletas o socialmente ineficaces que hayan demostrado ser. 

De tales sistemas de ideas, la mayoría refugiados hoy en categorías inferiores denominadas grupos de presión, siguen sin embargo en pie soluciones o propuestas que el poder de turno incorpora según la ensalada política y económica del momento. El resultado es una especie de cocina fusión, donde al comensal se le ofrecen inverosímiles combinaciones ideológicas, empezando por la más insólita de todas, la china, donde un gobierno comunista alienta una economía de corte capitalista. 

¿Disparate? ¿Herejía? No seré yo quien lo juzgue. El nuestro es un mundo mal hecho donde la perfección social no es posible y todo a cuanto se puede aspirar es a modelos que funcionen. Guste o no guste admitirlo, la vida pública es así. Las ideologías no sirven para gobernar, sirven para llegar al poder. Y una vez acomodados en él, los políticos se dedican a seleccionar aguacates. 

Esto es en resumidas cuentas lo que la democracia, un orden político incompatible con ideologías cerradas y redondas, ha traído a nuestras vidas. El sistema no exige visiones de largo plazo ni soluciones globales. Demanda remedios específicos a modo de las apps de un celular y según las necesidades del momento. El político de un orden así, de otro lado, no es precisamente un intelectual. Así que, en vez de perder el tiempo en idearios celestiales, prefiere darse una vuelta por el mercado y ver que encuentra a buen precio para la ensalada del mediodía. 

 

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