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Domingo

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A partir de 1945, el gobierno de Estados Unidos, inmerso en el obligado contexto de la “Guerra Fría” se despreocupó, en general, de los shithole countries al sur del Río Bravo; salvo para enmarcarlos en un Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en 1947 en Río de Janeiro, con el propósito de convertir al resto de las Américas en un engranaje más, en la guerra de EE. UU. contra la Unión Soviética, dando origen a la doctrina de la Defensa Hemisférica. El Tío Sam entronizado como guardián del hemisferio, entre vítores y aplausos de los hijos de Bolívar. 

Así, a partir de mediados de los años 50, varias dictaduras militares “aseguraron” la estabilidad hemisférica y contuvieron los avances del comunismo, tanto en el patio trasero de EE. U.U., como en otras áreas de América Latina y el Caribe. Fue la atroz época de los Generales Hijos de Puta, redimidos y entronizados en el poder por los norteamericanos –hasta que les dejaron de ser útiles– en una inverosímil consanguinidad que hizo de nuestros generales sus hijos de puta, siendo, el hijo de puta mayor, el derrocado y posteriormente asesinado Tacho Somoza. Irónicamente, contrario a lo previsto por la doctrina de Defensa Hemisférica, en lugar de la dinastía Somoza, gobierna hasta el día de hoy, una variante del Sandinismo liderada por Daniel Ortega; lejos de la versión de Augusto Sandino, traicionado y asesinado por órdenes de la propia embajada.

La temprana o tardía desaprobación de Washington, simplemente manifiesta o también esporádicamente activa, con intervenciones de las embajadas norteamericanas, de las misiones militares y de la CIA fue vivida en carne propia por personajes tan disímiles como Árbenz, Batista, Trujillo, Perón, Allende y Fidel Castro y aprovechada por militares como el coronel Castillo Armas, la seguidilla de dictadores argentinos y el general Pinochet entre otros. Los militares locales como actores principales y de relleno del guion escrito por los servicios secretos norteamericanos.

Con el fin de la Guerra Fría, el Glásnost, la Perestroika, la disolución de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín, la  derrota norteamericana en Vietnam y la consolidación de gobiernos electos democráticamente a lo largo y ancho de América Latina, los norteamericanos, frente al dilema moral surgido de las entrañas de la “conciencia liberal” y los autoproclamados “principios éticos”  de esa nación, comenzaron a reeditar para América Latina una nueva política del “Buen Vecino” aparentemente respetuosa de las decisiones y los derechos de los vecinos al sur del hemisferio.

La desaparición de la amenaza comunista en la región, y el surgimiento de nuevos enemigos de la democracia de la misma, tales como el narcotráfico, el terrorismo, el irrespeto a los derechos humanos, LA CORRUPCIÓN y la impunidad obligaron a la diplomacia a EE. UU., a diseñar una nueva estrategia y a buscar nuevos actores que fueran capaces de poner en escena, un renovado libreto, redactado nuevamente en inglés, para estar a la altura de los tiempos que corrían.

De esta cuenta, Washington cuenta con nuevos actores, menos sanguinarios, más eficaces y sobre todo políticamente correctos, para llevar a cabo políticas de intervención en contra de gobiernos que enfrentan su reprobación con o sin razón. Dentro de este contexto los norteamericanos han descubierto que es mucho más aceptable, menos sangrienta y mucho más efectiva la intervención de los jueces que la de los militares, en la defenestración selectiva de gobiernos, presidentes y políticos corruptos. 

La lista de expresidentes y candidatos presidenciales acusados y en ocasiones condenados por corrupción en América Latina cada vez se hace más larga, sumándose al aristocrático Calderón en Costa Rica, el prodigioso Menem en Argentina, Ricardo Soprano Martinelli en Panamá, el pretencioso Flores, el insoportable Funes y el habilidoso Saca en El Salvador, y el traicionado Juan Orlando Hernández en Honduras. En Guatemala, la cacería de los jueces se ha extendido al pacto de corruptos de la política local y a varios de los aspirantes a la Presidencia de la República entre ellos Baldizón, Sinibaldi, Estrada, haciendo cola, algún expresidente y esperando su inexorable destino, el actual Presidente.

Umberto Eco, en su novela, NÚMERO CERO describe a través de uno de sus personajes la actual situación política en Italia diciendo “Di Pietro (El juez) poco a poco está sacando a la luz una red de corrupción política que interesa a todos los partidos y las primeras consecuencias las hemos notado los días pasados. Llueven arrestos a raudales, los partidos se están desmoronando poco a poco y hay quien dice que, caído el muro de Berlín y disuelta la Unión Soviética, los americanos ya no necesitan esos partidos que podían manipular y los han dejado en manos de los jueces.” ¿Feliz coincidencia?

Los golpes de Estado militares yacen en el pasado; la recaudación de pruebas, la posterior acusación y la eventual condena de los funcionarios y políticos corruptos es la nueva forma de los golpes de Estado, mucho más efectiva, menos intervencionista, y políticamente correcta, siempre y cuando, he allí el problema, los jueces sigan instrucciones en inglés. En el reloj de la política, no de la Justicia, es LA HORA de los togados. Los quisiéramos imparciales, no vendidos, ni sometidos, ciegos, con balanza y espada en mano. Escuchar educadamente, responder sabiamente, ponderar sin presiones internas o externas y decidir imparcialmente, nada más. No se trata de enfrentar al Pacto de Corruptos, con un Pacto de Farsantes, calcado en el modelo de los años 50, nuestros jueces, su Justicia.

 

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