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Domingo

“La mujer obedeciendo manda”


A principios del siglo pasado se oía el refrán: “La mujer obedeciendo manda”. Entonces las mujeres guatemaltecas no podían usar pantalones, no tenían derecho al voto y estaban limitadas en estudios superiores y posibilidades laborales que no fueran obligadas por la pobreza: sirvientas, campesinas y en el peor de los casos la prostitución. No había mujeres en el Congreso ni en los tribunales. 

Las mujeres siguen siendo subalternas de un sistema hecho para y por hombres. Son miembros sumisos de un modelo basado en el principio de autoridad del hombre como “cabeza de familia”. En la actualidad con la expansión de las iglesias fundamentalistas evangélicas, se ha reciclado la exigida sumisión de la mujer del refrán mencionado en lo que ahora llaman “obedecer al sacerdote de la casa”, es decir al hombre.

Las mujeres ocupan un lugar de subordinación social. La posesiva sexualidad del machismo más abyecto exige el uso de la mujer como objeto sexual y la vigilancia de la sexualidad femenina. La violencia de género ha sido una herramienta de subordinación y control de la vida y cuerpo de las mujeres.

La actitud de posesión machista llega a ser tan exacerbada que incluso la soltería de la mujer es cuestionada o “mal vista”. La carrera de la mujer, consideran muchos todavía, debe ser el hogar y “buen matrimonio”, lo demás son pasatiempos. Mientras el varón “que se respete debe mantener a su esposa”. La virginidad forma parte del imaginario masculinista. La tradición de doble moral entre madona y ramera facilita ese juego ambiguo y manipulador. La expectativa de casarse con una mujer virgen se contradice con la multitudinaria existencia de burdeles y la más barata y extensa prostitución callejera. 

La pandemia ha tenido efectos terribles en la violencia contra la mujer. El maltrato ha aumentado con los confinamientos y el desempleo. Pero las causas del femicidio en Guatemala hay que ubicarlas en la misma estructura de la sociedad, en el patriarcado excluyente, autoritario y agresivo. Los recientes casos de salvajes asesinatos de mujeres y niñas solo confirman lo que se ha venido diciendo desde hace mucho. Ya en 2006 (¡15 años!) Amnistía Internacional denunciaba el femicidio en Guatemala haciendo público un minucioso informe que tituló Guatemala, no protection, no justice: killing of women, sobre el cual un investigador de Amnistía, Sebastián Elgueta, afirmó: 

“La cantidad de asesinatos de mujeres en Guatemala sigue subiendo al no existir motivos que obliguen a los asesinos a terminar con la barbarie, saben que no hay consecuencias y fácilmente evaden las responsabilidades”.

Aquel informe sacudió a la opinión internacional y a la conciencia civilizada. Pero hoy preguntamos: ¿Cuánto ha cambiado la situación en el país desde 2006? 

No ha cambiado, Jack el Destripador sigue suelto en Guatemala. El femicidio es una degeneración exacerbada de las estructuras patriarcales, aunadas al desempleo, las drogas, el alcoholismo y la pobreza. Y la violencia de género en Guatemala es una vergüenza mundial.

No son exageraciones feministas ni ideología de izquierda, es el Inacif, son las morgues, las autopsias, los cuerpos muchas veces desmembrados, violados, vejados. Un eslogan que se ha difundido en las redes sociales describe literalmente esta situación: “¿A cuántas más tienen que matar para que nos dejen de llamar exageradas?” 

Buscar la igualdad entre hombre y mujeres es una tarea y meta de la democracia verdadera. Más allá de las ideologías, no es cuestión de izquierda contra derecha ni  de hombres contra mujeres. Es algo que compete a todos los ciudadanos en busca de una sociedad equilibrada, justa e igualitaria. 

Lamentamos que existan sectores, inclusive columnistas y comunicadores, que se resisten a aceptar una realidad tan palmaria que las estadísticas de la muerte confirman a diario. Estos sectores no contribuyen ni aportan a la democratización del país, reduciendo la problemática del femicidio, el maltrato a la mujer, las violaciones y los embarazos infantiles a un mero asunto ideológico de lo que consideran “la izquierda”, que resulta ser todo lo que no coincide con sus propias ideas neo liberaloides y conservadoras. Son los partidarios de la desinformación y la propaganda antidemocrática que hace apología del crimen y la corrupción. En esencia, afirman, que el femicidio no existe, sino es solo es una de las manifestaciones del feminismo. Y preguntan con fingida ingenuidad una cuestión de fondo perversa, pensando en las estadísticas del terror y los informes del Inacif: “¿Hay diferencia entre asesinar a un hombre o una mujer?”

En un impactante y bien documentado reportaje publicado en elPeriódico el domingo pasado, Cindy Espina trata el atroz asesinato de Luz María del Rocío López, un caso que se encuentra bajo reserva judicial pero sobre el cual salen a luz muchos aspectos que ilustran la violencia extrema contra una mujer guatemalteca de parte de su compañero de vida. 

Testimonios de familiares cercanos emergen como voces conmovedoras que constituyen una denuncia y una obligatoria toma de conciencia y reflexión. Cindy Espina entrega también la siguiente información: “Ese mismo día también encontraron en un vehículo el cadáver de Nora Lemus Martínez y, en un costal, a orillas del río Icán, Suchitepéquez, hallaron el cuerpo sin identificar de otra mujer. En el kilómetro 31, en San Lucas, Sacatepéquez, fue lanzada al fondo de un barranco una mujer asesinada. Y en Tiquisate, Escuintla, asesinaron a Cindy Laurena Chacón López. Ese día sumaban 28 femicidios en lo que iba de 2021. Más femicidios que días en el año.”

En una columna de opinión en la revista digital Gazeta recientemente publicada, Analinda Meneses señala que “En Guatemala, 3687 mujeres han sido reportadas como desaparecidas a través de la Alerta Isabel-Claudina, según el Ministerio Público (MP). La información corresponde al 7 de agosto de 2018 (un día después de que entró en vigencia la Alerta Isabel-Claudina) y 695 de ellas, durante un año de gobierno de Alejandro Giammattei. El número crece exponencialmente día a día”.

Volvamos a la historia, la violencia de género no es nada nuevo. Podríamos remontarnos a décadas anteriores. Baste recordar algunos nombres notables: el crimen espantoso, con previa violación múltiple y torturas, de la ex reina nacional de belleza Rogelia Cruz en 1968, la novelista Malín D’Echevers’s asesinada brutalmente en su casa en 1974, las escritoras y periodistas Alaíde Foppa e Irma Flaquer, desaparecidas en los años ochenta, las académicas Guadalupe Navas y Rita Navarro asesinadas en esa misma década trágica, el crimen inaudito de Myrna Mack Chang en 1990, la consagrada pianista Dorothy Ascoli asesinada en su domicilio, el asesinato a golpes de la actriz de 85 años Concha Deras en 2017 y el acribillamiento de la joven futbolista Dayrin Barrera en 2020. Desde luego no debe jamás olvidarse que el 8 de marzo, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, las 41 niñas calcinadas en el Hogar Seguro durante la deleznable Presidencia de Jimmy Morales.

La mujer como sujeto subalterno es víctima de un comportamiento machista que implica su sumisión y la convierte en un sujeto vulnerable y objeto de acoso, maltrato, violaciones y en el caso más extremo y trágico en femicidio.

En la vida cotidiana las mujeres sufren el acoso callejero. Los piropos no deseados y subidos de tono. Los pellizcos, nalgadas, miradas lascivas, gestos obscenos y “toques”. Aquí resaltamos la labor del “Observatorio contra el Acoso Callejero”. En Guatemala el acoso sexual no se considera delito. Esta organización ha hecho un mapeo citadino del acoso y en su página brinda apoyo y orientación a víctimas.(http://ocacgt.org/).

 Las generaciones pasadas tuvieron un sistema patriarcal autoritario, un sistema que aún sigue mandando que la mujer obedezca. La lucha continúa por la igualdad y se espera también que surja una nueva masculinidad que propicie la ruptura de las relaciones opresor-oprimida y sea agente del cambio para una sociedad donde la mujer no sea discriminada ni violentada.

No se ha roto el sistema patriarcal pero se ha roto el silencio y es un gran paso para que las futuras generaciones tengan una sociedad mejor, diferente a la nuestra.

 

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