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Domingo

La gorra de Willy (I)


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La vida cambia en segundos. Y para la familia Ramírez Gálvez eso ocurrió la madrugada del 14 de febrero de 1984, cuando uno de los grupos de operaciones de la Dirección de Inteligencia (DI) del Ejército de Guatemala irrumpió en su casa. Los golpes –secos y fuertes– contra la endeble puerta de metal cortaron el silencio de la noche. La luz de la calle iluminaba las paredes del interior de la casa, hasta que don Carlos, el padre, encendió la luz de uno de los focos y tuvo que abrirle la puerta a la mismísima muerte. 

“Mi hermana, la más pequeña de las mujeres, les pidió una identificación, y les preguntó por qué estaban en la casa. Entonces, vino uno de ellos, y le dijo que también a ella se la tenían que llevar”, nos cuenta Miriam, otra hermana. “La agarraron del pelo y se la querían llevar. Pero vino mi papá y se metió, y a mi papá le pegaron. Mientras tanto, ellos registraban la casa y se fueron a meter al cuarto de mis hermanos, pero solo estaba Hugo, el más pequeño, le pusieron la luz de la linterna en la cara, y dijeron: ¡no está aquí! ¡Aquí falta uno! Entonces, vino mi papá y les dijo: él no se encuentra aquí. Él está ahorita en la zona cinco, se fue con mi esposa. Entonces nos acompaña, le dijeron ellos. Y se llevaron a mi papá. Al rato, ellos regresaron con mi hermano, Carlos Guillermo, lo traían atado de pies y manos, sin camisa, sin zapatos, y sin calcetines. Yo escuchaba que mi hermano como que tenía la boca tapada, porque al sentir un dolor, sólo gemía. Le preguntaban cosas, nombres. Le pusieron choques eléctricos, lo torturaron aquí, en la sala. Ya después cerraron la puerta, y se fueron, y se llevaron a mi hermano, y mi hermano ya no regresó.”

En el tiempo de su captura, Carlos Guillermo estudiaba soldadura autógena en la sede del Intecap (Instituto Técnico de Capacitación y Productividad), que se halla en la colonia Justo Rufino Barrios. Había hecho sus prácticas en el Hospital Roosevelt. Y antes, había estudiado en el Instituto Normal de la zona 13. Con sus 19 años recién cumplidos, todo en Willy era entusiasmo, alegría vital.  

“Como había tienda, ellos (los agentes del grupo de operaciones de la DI) -apunta ahora Miriam- consumieron de todo lo que había en la tienda. Mis papás se esforzaron para tener una tiendecita y ayudarse económicamente, y ellos barrieron con lo que pudieron ese día, comieron y tomaron de todo.”

Con el tiempo, don Carlos logró combinar su trabajo con la militancia en organizaciones de familiares de detenidos desaparecidos: se integró al Grupo de Apoyo Mutuo (GAM). Miriam recuerda que: “mi papá estuvo cuando tomaron la Catedral”. En julio de 1987 el GAM decidió tomar aquella sede de la iglesia para intentar hacerse escuchar, y tener una entrevista con el presidente Vinicio Cerezo. Doña Natalia, la madre, recuerda la militancia de don Carlos en el GAM: “(él) iba a conseguir patoja. Por eso se iba solo”, dice y se echa una carcajada. “No le gustaba que yo participara”. Llegado este punto de la entrevista descubro que en realidad doña Natalia es una mujer de una alegría indestructible. En realidad, Miriam cree que por el peligro que aquella militancia representaba en ese tiempo, don Carlos no quiso que nadie más de su familia le acompañara. Don Carlos murió, en mayo de 2005, en la emergencia del Hospital Roosevelt. No alcanzó a saber del paradero de su hijo. Él fue testigo –y una víctima más– de la podredumbre del sistema judicial guatemalteco. 

Formada por doña Natalia y don Carlos, la familia Ramírez Gálvez estaba compuesta por seis hermanos: María Leonor, Miriam, Jorge Alberto, Nina Antonieta, Carlos Guillermo, y Hugo Leonel. Doña Natalia era maestra en la Escuela Quirina Tassi de Agostini, que está en Ciudad Real; mientras, don Carlos trabajaba como bodeguero en Fabrigás. A inicios de los años setenta, hacerse de casa propia en la colonia Justo Rufino Barrios fue un sueño hecho realidad. El proyecto de la colonia iba a ser el último desarrollo habitacional con casas individuales del Banvi (el Banco Nacional de la Vivienda). Las casas de ayuda mutua, que ese era el nombre que estos proyectos tenían, requerían del trabajo de las familias que, los fines de semana, iban trabajar en el traslado de material para la construcción de la casa. Miriam recuerda ahora que don Jorge Chacón, uno de los vecinos, les daba jalón en su camionetilla Volkswagen, porque hasta la colonia aún no había llegado el transporte público. Los Ramírez Gálvez eran una familia ejemplar de la clase media emergente de los años sesenta y setenta.  

“La gorra de Willy. Ahí en el ropero tengo su gorrita. – Andá a traerte la gorra, mija, para que la mire el joven. Le vamos a enseñar la gorra de mi hijo. Recuerdos quedan. Recuerdos dejan los hijos”.

Así respondió doña Natalia a mi pregunta, sobre qué objetos conservaban aún de su hijo, Carlos Guillermo Ramírez Gálvez. Miriam, hija de doña Natalia, llevó a la sala, donde esa mañana de julio estábamos platicando, un gorrito de lana azul, con líneas blancas. Y lo colocó sobre la mesa. 

“Mi mamá estuvo haciendo varias misas aquí, nos cuenta Miriam, en la iglesia de la colonia; pero, ya después, el padre le dijo que ya no era necesario seguir haciéndole más misas”. 

Las misas tenían lugar en la parroquia de la colonia Justo Rufino Barrios, cada 5 de febrero, la fecha del cumpleaños de Willy. Con estos pequeños actos era como aquella familia recordaba a Carlos Guillermo. Pero, claro, recordar, se recuerda siempre, a veces por pedacitos, y otras, como en un vendaval, que arrasa. Que para recordar no hay hora del día, ni fecha en el calendario. 

“Lo más triste –dice doña Natalia– es que se lo llevaron, para ironía del destino, el 14 febrero, el Día del Cariño. Y lo mataron el 6 de marzo. Lo torturaron 21 días. Eso sí lo sé. Las horas y minutos si no los he contado todavía, de repente los cuento”.

La fecha de la ejecución de Carlos Guillermo se conoce, porque el caso de él hace parte de la bitácora de operaciones de uno de los grupos de la Dirección de Inteligencia del Ejército de Guatemala. Imagino cómo, a los integrantes de estas unidades la sangre de sus víctimas –casi 40 años después– sigue estando en sus caras, en sus almas. El documento, al que se le puso el nombre de El diario militar, fue dado a conocer en 1999. 

 De 2017, cuando fue la entrevista con doña Natalia, para ahora, en 2021, ha pasado poco tiempo. Pero el parkinson y la demencia senil han hecho estragos en su salud. Ella ahora usa silla de ruedas. Y a pesar de eso, Miriam me cuenta que cerca del 14 de febrero de este año, la madre todavía recordó a su hijo desaparecido, y comentó esto: “Tantos años y no se ha encontrado a mi hijo, verdad”. Para aquellos que dicen que es mejor olvidar, quizá doña Natalia les dé una pequeña lección de humanidad. 

 

***

 

Ahora como hace 37 años, cuando los señores de la muerte se paseaban montados en la panel blanca engullendo seres humanos, las leyes y los derechos prevalecen para otros, los privilegiados, quienes tienen a sus jueces, a sus magistrados; para todos los demás, Guatemala sigue siendo el paraíso de la impunidad. Bienvenidos al último eslabón de la cadena del sistema de justicia de Guatemala.  

 

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