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Domingo

Tres eran tres las hijas de Elena


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Allá por el siglo XV, una escritora francesa  llamada Christine de Pizan, se preguntaba entre extrañada y dolida cuáles podían ser las causas de que tantos grandes hombres, clérigos y laicos por igual, se empeñaran en vituperar y humillar a las mujeres. Y no se trataba de uno o dos, escribía Christine, pues raro era el libro que no estaba exento de misoginia. La mujer es mala por naturaleza, decían esos textos, siempre inclinada al vicio, descerebrada, cizañera y culpable de todas las desgracias que ha sufrido la humanidad. ¿Sería posible, concluía la escritora, que tantos varones ilustres, doctores de gran entendimiento y clarividencia, pudieran estar equivocados? 

Christine creía que no. Y durante largos años vivió en la creencia de que todo lo dicho por talentos tan preclaros como los de Aristóteles, Platón, Ovidio, Pablo de Tarso o San Agustín sobre el género femenino era cierto. Y así, poseída de una honda autorrepulsa, llegó al desprecio de sí misma y de todo el género femenino, sentimiento o compulsión vivos aún en muchos hombres y que ha sido con seguridad la causa de que, en los dos últimos años, 666 mujeres guatemaltecas se hayan esfumado o disipado o desaparecido. 

Nadie sabe dónde están ni qué ha sido de ellas. Algunas habrán sido asesinadas, otras reducidas a la trata y la prostitución y otras continuarán huyendo de una vida de servidumbre al padre, al esposo o al chulo.  En cualquier caso, la mayoría de ellas ha sido víctima, me temo, de esa tradición cultural de abuso y desprecio por la mujer que Christine denunciaba hace ya casi seis siglos y que el antiguo refrán expresaba así: Tres eran tres las hijas de Elena/tres eran tres y ninguna era buena. 

Es una extendida creencia que este menosprecio por la mujer, así como haberla considerado “un fracaso de la Creación” fue culpa de los teólogos cristianos. Y no anda esa opinión mal encaminada. En los años que Christine de Pozan escribía, fray Martín de Córdoba, un teólogo muy ilustrado en el tema, redactó un tratado de Gobierno, destinado a la entonces princesa Isabel de Castilla, más tarde llamada la Católica, donde advertía que, en las mujeres, la inteligencia racional no es tan fuerte como en los varones, pues ellas son más carne que espíritu y, por ende, más inclinadas a las pasiones. De ahí, redondeaba el bueno de fray Martín, que la mujer sea más tonta que el hombre y que represente un peligro para él, porque, debido a su estupidez congénita, se ve obligada a recurrir a la malevolencia y la astucia para dominar al varón, como había hecho Eva con Adán en el paraíso. 

La tirria hacia la mujer, sin embargo, se había forjado ya en la era precristiana, de manera que la culpa no es toda de los teólogos. Aristóteles introdujo la idea de la mujer como un hombre mutilado. Platón consideraba que había que desconfiar de ella “por principio”. Y si el judeo cristianismo tenía en Eva motivos para condenarla, los griegos contaban ya con el mito de Pandora, mujer creada a imagen y semejanza de los dioses, pero carente de inteligencia y causante de que todos los males guardados en un ánfora que ella había roto se extendieran por el mundo. Serían los estoicos, no obstante, quienes expondrían la doctrina misógina en toda su magnitud. La mujer es un peligro latente, contrario a la vida sin pasión a que debe aspirar el sabio, aseguraban, por lo tanto hay que tratarla únicamente con miras a la reproducción de la especie. 

La literatura al respecto es abundante. Y de esa ideología que colonizó la cultura occidental habría de nutrirse la misoginia, ese notorio desprecio al género femenino que aún perdura y que se manifiesta en casos como el de esas 666 guatemaltecas desaparecidas y en la constante violencia de género de que son víctimas, desde la violación al asesinato, pasando por el estupro o la paliza de cada día.

En 1405, Christine de Pizan oyó un trueno, tuvo una iluminación y se cayó del caballo. De pronto se percató de que todo el discurso misógino eran puras monsergas. Y eso la llevó a escribir una obra titulada La ciudad de las damas, en la que salía en defensa de su género, rememorando cada mujer notable de la historia y dándole vuelta a los estúpidos argumentos que sobre las mujeres habían declamado los más eximios y brillantes cerebros de la civilización occidental. Christine se erigía así en una de las primeras voces del feminismo, junto con el caballero valenciano Tirant lo Blanc, superhéroe de los libros de caballerías. El peso de la tradición misógina empezó a partir de ahí a aligerarse, y el espíritu y la presencia de la mujer, a alzar vuelo. De resultas, Eva se convertiría en nuestra primera madre y Adán, generoso él, compartiría con ella la culpa de la caída en el pecado. 

Ello no obstante, una opinión más moderna y complaciente, si bien fiel seguidora de la vieja, ha venido tomando forma en nuestros días. Según este parecer, cuanto más virtuosa e inteligente es una dama, más se parece al hombre. O sea, la Antigüedad en el presente. Los avances de la mujer y sus derechos se fundarían, según esta tesis, en la negación de su identidad, pues parecerse más al hombre hace de ellas seres menos imperfectos. No se crea que exagero. Es doctrina de respetables varones que explayan su misoginia con esta aclaración adicional: “No todas las mujeres son malas, pero solo una minoría es buena”. O sea, como las hijas de Elena. Y en esas andamos todavía, mientras aguardamos impávidos que otras 666 mujeres desaparezcan.

 

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