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Domingo

Obama: el sueño de un niño


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Con el título bíblico Una tierra prometida ha llegado en español el libro memorial de Barack Obama, consiguiente del suyo anterior, La audacia de la esperanza. Leerlos es tanto como dialogar con un ideólogo que enseñó a transferir la humillación histórica a los valores de la respetabilidad inteligente. Recuento de una vida de propósitos, como lo mencionó uno de sus profesores de párvulos en Indonesia: el pequeño Obama dijo entonces aspirar a ser presidente. Ambos libros suman unas mil ochocientas páginas, lo que explica que no haya intento alguno de describir su contenido y mucho menos de tasar sus valores y significados, en solo una página. 

Recuerda Barack Obama los enormes esfuerzos que los desaventajados tenían que hacer para ubicarse en una posición política de liderazgo, adecuada a la defensa de derechos sociales, entre estos la impugnación de lo discriminativo, condición que devaluaba cualquier teoría constitucional y, más que esto, de los principios cristianos del derecho natural. 

Le tocó convivir a niveles parlamentarios con políticos de ambos partidos, pudiendo decir con cierta sorna: “Por difícil que cueste creerlo, la mayoría de los políticos son tipos muy simpáticos.” También comenta el sistema de las hegemonías parlamentarias de diseñar los distritos electorales, según fuera su preferencia, lo que resultaba que “los votantes ya no eligen a sus representantes, sino que son los representantes los que eligen a sus votantes.”

Tenía el joven Barack la capacidad de percibir las consecuencias de los fracasos electorales, y la dificultad emocional para superarlos. Cuestiones que tomaba de la realidad. “Lo que sucede es que a diferencia de la mayoría de la gente, que se puede permitir el lujo de lamerse las heridas en privado, las derrotas del político siempre suceden a la vista de todos.” 

Entendiendo desde luego la desventaja del sector económico al que perteneció, y conociendo la entraña social de los descendientes de la migración de tantos componentes humanos que habían arribado al suelo estadounidense, no emanan de él los reclamos de los resentidos o inadaptados. Sino la evidencia de que, aun cuando quizá más lento que los hijos de los migrantes europeos, los suyos fueron vanguardia de una clase media con tendencia a mejorar, en especial el tramo de padres a hijos, cada vez con mejores oportunidades. Lo admite con lealtad a su país natal (nació en Hawai, la mera orilla oceánica del inmenso territorio de EE. UU.) por lo que su reclamo y su propuesta era legítima reivindicación de una nueva generación americana. 

Barack Obama tuvo la integridad moral e intelectual de dejar estampadas en un libro, escrito por él y respaldado con su nombre y su apellido, sus opiniones y su posición frente a los principales hitos de la política, abordando temas difíciles con integridad personal. Esto es, presentarse como ha sido, como es y lo que se podía esperar de él. Quizás el único aspirante a la presidencia que se habría destapado y definido respecto de los casos más controversiales y difíciles de la vida humana. Entre estos no eludió abordar el tema del aborto sin causa para salvar una vida, sino talvez una reputación o una comodidad social. Lo importante es que políticamente sacó la cara y lo defendió como un derecho. Ello, sabiendo que los ministros de los principales credos religiosos optan por la vida. De esto ¿qué decir? Yo me quedo con la referencia de Ronald Reagan, quien simplemente comentó: “Los únicos partidarios del aborto que conozco, ya nacieron”.  

El discurso de Barack Obama no era el del resentido, agraviado o golpeado por un sistema discriminatorio, que excluía a los pueblos originarios de África por el color, elemento correlativo de ignorancia y pobreza. En su caso, ingresó él, por su coraje y lucidez, al grupo selecto de los poseedores de una formación académica universitaria, de primer nivel, gracias a su esfuerzo de distinción y calificaciones. 

Graduado muy joven de abogado, ejerció la profesión y también la docencia universitaria. El impulso que rigió los actos de su vida, lo llevaron muy temprano al Senado y, más pronto de lo imaginado, se alistó en la campaña para la nominación del cargo presidencial postulado por el  partido Demócrata, compitiendo contra políticos más veteranos. Relativamente muy jóven la logró, por lo que en torno a él la acción política de los demócratas seguirá girando por bastante tiempo. No se me ocurre qué decir a un político tan certero, por lo que dejaría que se lo diga Martín Fierro: “Sepan que olvidar lo malo / también es tener memoria.” 

El último y sustancial libro de Barack Obama está salpicado de buen humor y sana melancolía. Dice él que le ha sido difícil disfrutar con su esposa y sus hijas de pasatiempos tan sencillos, como visitar un zoológico, porque la gente del común lo identifican cuando va a los parques y lo acosan para sacarse fotografías con él. Comenta que le dijo a su compañera que le gustaría disfrazarse con una máscara para pasar desapercibido, pero que ella le objetó que no podría hacerlo porque lo denunciarían sus orejas de soplador (pag. 71). 

Los exgobernantes de Estados Unidos han publicado sus memorias. Algunos que he leído carecen de las confidencias del político y hombre de Estado que se perciban de su experiencia. A decir verdad, un tanto aburridos y poco contribuyentes a la intimidad. Esta queda a mano de los novelistas, algunos tan embusteros como Vargas Llosa. Todos, libros de grueso volúmen pero parcos en transmitir el mundo emocional del poder. 

Las memorias del expresidente Obama han de tener, sin duda, un sano efecto ejemplar, puesto que muchos chicos estadounidenses también tendrán el sueño futurista que tuvo ese niño del Hawai, revelado a su maestro con la naturalidad de esos años frescos y sanos. 

Pensando en la escuela parvularia en la que el pequeño Obama afirmaba su vocación de ser presidente, tuvimos aquí a una maestra que pidió a un niño de seis años pasar al pizarrón a hacer un dibujo con yesos de colores. Lo fue perfilando sin reparar en el interminable tiempo  que tarda y que los demás siguen con interés de averiguar el tema: ¿un árbol?, ¿un nido?, ¿un pájaro? Termina sin que nadie descifre el enredado croquis, sobre lo que no les permite conjeturas y lo presenta a todos: “¡el escudo nacional!” La educadora pide que lo premien con un aplauso. Intrigada por la vocación futura del dibujante, le pregunta: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?” –“¡Presidente de la República!”, contestó sin parpadear.  

 

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