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Domingo

“Si estuviera bien ya hubiera llamado”


La comunidad de Comitancillo llora a sus familiares sin tener la certeza de que murieron en México. Hasta ahora aún no han recibido una notificación oficial y han llegado a la conclusión de que sus padres, hijos o tíos no cruzaron a Estados Unidos, como era el plan, porque desde el 21 de enero no han sabido nada de ellos.

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Comitancillo está de luto. Trece familias de este pueblo al suroeste de Guatemala lloran sin ninguna certeza, pues nadie ha podido confirmarles que sus padres, hijos o tíos viajaban justamente en las dos camionetas que fueron halladas calcinadas en Camargo, a 40 millas de la frontera con Texas, el fin de semana pasado.

Ellos han atado cabos sentados en el patio de sus casas y muchos ya se preparan para un funeral. Creen que sus familiares murieron porque lo informan las noticias; porque no han recibido nuevas llamadas diciendo que están bien; y porque otros vecinos también atendieron una llamada telefónica de desconocidos –que en algunos casos, presumen, son coyotes– para avisarles de la masacre.

Justo el lunes, la Fiscalía General de Justicia del Estado de Tamaulipas informó que investigaba lo ocurrido en Camargo, una zona dominada por los carteles, como un homicidio. Ese día en su nota de prensa detallaron que el 22 de enero supieron por la denuncia de un vecino que un vehículo estaba incendiado en una brecha del poblado de Santa Anita, en el municipio de Camargo. Cuando llegaron al lugar hallaron dos camionetas y 19 cuerpos baleados, algunos de ellos calcinados.

Las autoridades llegaron al lugar justo el día después de que muchas familias habían recibido la última llamada de sus allegados para avisar que estaban bien y, en algunos casos, emocionados diciendo que estaban a horas de llegar a la frontera entre México y Estados Unidos.

Sin tener la confirmación sobre el fallecimiento de sus familiares, hay quienes viajaron casi seis horas de carretera de Comitancillo a Ciudad de Guatemala para reclamar la repatriación de los cuerpos. Aseguran que el único consuelo que tienen después de lo ocurrido es poder tener a los suyos en Guatemala. Por ahora, la Cancillería solo pudo adelantarles que requerían muestras de sangre para hacer el cotejo de ADN entre ellos y los restos que fueron hallados. Llegar a la certeza de que son ellos y tenerlos en casa, dijo la oficina de Comunicaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores a Univision Noticias, puede tomar de seis meses a un año.

Así viven el luto las familias de este pueblo de campesinos de Guatemala, del que muchos han decidido emigrar en busca de una mejor vida:

“Cuando él se fue mi mamá se puso muy mal”

Lidia Tomás López, hermana de un migrante

Marvin Alberto Tomás López, de 22 años, no dio muchos detalles a su familia sobre su viaje a EE. UU. Solo dijo que tenía que viajar, que estaba todo arreglado y que avisaría a su familia cómo iba y por dónde. Cumplió esa promesa.

Supieron de él el jueves 21 de enero: “Me dijo que estaba caminando bien, cerca de la frontera, que no nos preocupáramos, que se sentía bien”, cuenta la hermana. “Cuando llegue a la frontera les escribo”, advirtió en el mensaje de texto. Pasó ese jueves y el viernes sin noticias de Marvin. No les respondió más.

El sábado recibieron una llamada: “Alguien que dijo que era amigo de Marvin, pero no se identificó, nos dijo: Se murieron”. Desde ese momento, todo lo que han escuchado o visto sobre su hermano ha sido en las noticias. Cansada, Lidia asegura que ya no quiere saber nada más: “Vamos a esperar la bendición de Dios. Si no, vamos a aceptar su muerte. Si es él, ni modo qué hacer. Eso no se puede devolver”.

Lidia dice que Marvin quería ir a Estados Unidos para poder ayudar a su mamá, que sufre con una hernia. “No tenemos papá y él es el único hombre. Aquí no tenemos suficiente dinero para cubrir los gastos y él no tenía trabajo fijo, sino como campesino en cada casa”.

Hasta ahora, la familia no ha recibido alguna llamada del Gobierno de Guatemala o de México para confirmarles o negarles la noticia. Lidia dice que su familia se conforma con que en algún momento alguien pueda informarles si Marvin fue asesinado y enviarles el cuerpo para enterrarlo en su tierra.

“No tenemos esperanzas”

Rodolfo Jiménez Marroquín, padre de un migrante

Rodolfo Jiménez está seguro de que su hijo viajaba en el grupo de migrantes guatemaltecos que desapareció. El mismo Ribaldo Danilo, de 18 años, les contó que se iba para EE. UU. porque en su pueblo, Comitancillo, no había trabajo. Ellos no creyeron que fuera capaz, hasta que los llamó el 21 de enero para decirles que iba por México.

“Él sabía que hay familias que han llegado allá y pensó que lo lograría, pero no logró su sueño (…) Después de la llamada no supimos más de él sino lo que salió en las noticias”, dice el padre, que lamenta no haberle preguntado más detalles sobre con quién viajaría o por dónde.

Aún nadie le ha confirmado la muerte, pero Ribaldo no ha vuelto a llamar. Por eso la familia vive su luto: “Como papá duele perder a un hijo y que el cuerpo se quede allá. El consuelo de nosotros es traerlo (…) No tenemos esperanzas. Si estuviera bien ya hubiera llamado y no lo ha hecho”.

Ahora no sabe qué hacer, porque no pueden ir a México y tampoco saben a quién llamar para saber de su hijo.

“Tenía una esposa y una hija de 11 meses”

Henry Pablo Tomás, hermano de un migrante

La última vez que Iván Pablo Tomás, de 22 años, llamó a su esposa fue el jueves 21 de enero. Apenas alcanzó a decirle que estaba bien, y que su teléfono se estaba quedando sin carga. Ella ha intentado llamarlo varias veces después de ese día, pero suena como si estuviera apagado.

“Nosotros seguimos llamándole, tenemos la esperanza de que no sean ellos los que están allá calcinados”, dice su hermano.

Zaidy Aguilón Zacarías, de 18 años y esposa de Iván Pablo Tomás, se sorprendió cuando un día él se le plantó enfrente y, sin más, le dijo: “Estoy listo, ya me voy”, y se fue a EE. UU. Ella apenas alcanzó a hacerle unas pocas preguntas; él, a la carrera, le respondió que iba a trabajar y que había pedido un préstamo en el banco de unos Q30 mil (casi US$4 mil). “Me dijo que no me preocupara de nada, que él lo iba a pagar con el dinero que produjera allá”.

Ahora ella sufre con la preocupación no solo por la falta de su esposo, con quien apenas tenía un año de casada y una bebé de 11 meses, sino porque no sabe cómo saldará la deuda con el banco y cómo mantendrá la casa.

La noticia sobre la masacre llegó a los Pablo Tomás por otros tres vecinos cuyos familiares también habían salido en el mismo grupo. “Nos dijeron que supuestamente había pasado un accidente, pero no sabemos si ellos iban juntos. No sabemos nada, pero cuando nos llegó la noticia a nosotros se nos fue todo y ya no estábamos para saber cómo pasó lo que pasó o qué fue lo que pasó”, lamenta el hermano.

Henry Pablo Tomás sabe que su hermano quería ir a EE. UU. en busca de un trabajo que le permitiera ayudar económicamente a un grupo de música religiosa en el que participaban juntos. También para poder comprar el tratamiento médico para la diabetes de su madre y para apoyar a su padre, que vive solo en Indiana desde hace siete años. Ya lo habían conversado.

El propio Henry en algún momento había pensado en irse de Guatemala, porque “a veces hay trabajo, pero a veces pasa un mes, dos meses, tres meses sin trabajo y llega la mentalidad de viajar”. Ahora, con la falta de noticias sobre su hermano y la posibilidad de que esté en el grupo de fallecidos de Camargo, la idea se le ha salido de la cabeza.

“Me dijo: estoy bien”

Santos Leocadio López, padre de una migrante

Santos recuerda con detalle la última vez que escuchó la voz de su hija: el 22 de enero a las 8:05 a. m.

“Nos llamó y nos dijo que faltaban tres horas para llegar a la frontera. Decía que había mucha migración, que estaban en una carretera y me dijo estoy bien”, recuerda el padre. El viaje estaba completamente planificado, nada podría salir mal, creía la hija. Le había pagado a una persona para que la ayudara a llegar a Estados Unidos.

Por eso cuando ella se marchó el 12 de enero, el padre sintió que al fin alcanzaría su sueño: “Aquí en Guatemala no hay fuentes de trabajo. Ella era asistente contadora pero aquí no hay oportunidades de empleo. Irse era su plan: Me voy, me voy, me decía. Ese era su plan desde hace tiempo”, cuenta. “Pero no logró su sueño”, lamenta el padre.

Dora, dice su papá, había acordado con él, que se quedaría cinco años en Estados Unidos y regresaría por sus hijos de 7, 5 y 3 años. “Pero ahora estos niños quedaron en el abandono. No sé qué voy a hacer con ellos”.

“Ya se murió”

Cristino Miranda, cuñado de un migrante

Fue Cristino Miranda quien atendió la llamada en la que un desconocido le dijo: “Me va a disculpar, le voy a decir una noticia. Hay un grupo de personas que viajaba y pasó una desgracia: Edgar López y López murió”. Después de eso, la llamada se trancó y Cristino empezó a llorar y se desmayó.

Cuando Edgar López y López, de 50 años, se fue, la familia pensó que todo saldría bien. Como muchos, se iba porque quería trabajar para dar una vida mejor a quienes quedaban en Guatemala.

Edgar partió el 12 de enero y una semana después llamó para avisar que estaba bien. Después de ese día no supieron más de él sino hasta esa llamada anónima.

“Creemos que por eso pasó la desgracia, porque él no nos ha llamado nuevamente”, dice Cristino Miranda. “Nadie nos ha informado más nada”.

La familia López y López estuvo entre quienes viajaron a la Cancillería en Ciudad de Guatemala para que les tomaran muestras de sangre que pudieran ser utilizadas en la identificación de los cuerpos. “Vamos a respetar el resultado. Esperaremos por esa llamada”.

Al momento de la entrevista, todos estaban reunidos: “Se siente muy triste. Hemos llorado y llorado, la gente viene a visitarnos, nos dan ayuda, maíz, azúcar”, cuenta.

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