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Domingo

Marcha triunfal


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El lema de la campaña electoral de Donald Trump era “hagamos a América grande de nuevo”. El candidato deseaba alcanzar la esperada gloria que todo gobernante desea en la medida que lo habría hecho un César. Cuatro años más tarde, empero, el ahora imputado presidente deja tras él una América anglosajona más pequeña. 

Aquel eslogan implicaba que su país había dejado de ser todo lo grande y poderoso que había sido y que era necesario rescatarlo del estado de postración en que se hallaba tras ocupar la Casa Blanca durante ocho años un negro. Pero el imputado no pudo ceñirse la corona de laurel ni escuchar los claros clarines que festejan el triunfo de los paladines, como habría dicho Darío. Estados Unidos es hoy una potencia anímicamente alicaída, sumida en una crisis política sin precedentes y azotada por una terrible pandemia. Y que un hombre de edad avanzada, salud frágil y carácter aparentemente débil, reciba las riendas de un poder tan descomunal en tales circunstancias no augura que esa grandeza vaya a retornar muy pronto. 

Leer o escuchar a los medios estadounidenses estos días, a sus críticos y sus analistas, es desnudar este profundo trauma. No pueden comprender que una turbamulta haya asaltado el Capitolio, comparan su democracia con otras del Tercer Mundo, se arrojan ceniza sobre sus cabezas, se refieren al imputado como un presidente fascistoide y lo tachan como el peor en la historia de una democracia considerada hasta hoy ejemplar. Pero lo que más sorprende a esa prensa, al ama de casa de Wisconsin, al empleado de cuello blanco o al republicano de pueblo es que la plebe que se abalanzó sobre el templo de la democracia estadounidense haya sido blanca. Y quizá en este detalle radique un matiz del análisis que a veces no tenemos en cuenta.

El componente étnico de Estados Unidos ha cambiado dramáticamente en el último medio siglo. Tanto que, para 2060, los blancos anglosajones, es decir, los meros gringos, serán solo el 44 por ciento de su población. Para entonces, los latinos rondarán ya el 30, y los negros, el 13. Y este hecho se les hace insufrible a los grupos tradicionales y supremacistas. El poder se les escapa como agua en un canasto y el temor de perder peso político a manos de gente así les aflige y desespera. 

El temible humor inglés, expresado monóculo al ojo y sin un temblor de voz, reseñaba este sentimiento en un grafiti que, allá por los años setenta, vi en una pared londinense: “No olvidéis nunca, yanquis, que si no hubiera sido por nosotros, los ingleses, ahora seríais todos latinos”. Puede o no gustar la broma, pero ese temor ha sido la razón del muro, de las arremetidas de un Trump beligerante y supremacista y de la profunda división en que ha dejado a su país, justo cuando China levantaba sus estandartes y hacía sonar sus tambores como primera potencia económica mundial

Son estas verdades como puños las que explican en buena parte la crisis de una democracia que un hinchado presidente pretendió volver cesárea. El cambio etnográfico ha transformado a Estados Unidos en un país donde la mayoría blanca no podrá seguir gobernando a su aire. Y el fracaso del señor Trump es el de una sensibilidad política envejecida que ya no podrá dominar el país como lo hizo en días mejores. Hay un componente étnico irreversible que ninguna supremacía puede detener, salvo que la democracia se rompa: los blancos tienen cada día menos hijos, los no blancos más cada día, sin contar la inmigración. Y eso lo desequilibra todo: el voto, el poder, la riqueza, las exigencias sociales. 

Tal es el legado de un presidente que fue incapaz de dominar la marejada política que él mismo levantó con sus actitudes chulescas, sus desplantes y su afán de desprestigiar el sistema político que lo llevó al poder. Líderes civiles y religiosos, medios informativos, instituciones políticas y jurídicas, opinión, redes, se le echaron encima. Los comicios que reflejaban la desgarradura fueron declarados legales. El electorado volvió a situar a una persona de color en la Casa Blanca. Y el pretendido César aguarda ahora juicio, imputado por incitar a la rebelión a un puñado de energúmenos. 

Con los años, uno aprende que, en política, ninguna verdad es duradera y ninguna victoria es definitiva, lo que obliga a ser cauteloso en los pronósticos. El futuro no está escrito, nunca lo está. Los hechos, en cambio, cantan con más brío que lo hacía Pavarotti. Estados Unidos es hoy un poder humillado y ofendido, no solo a los ojos del mundo, sino también a los suyos. Todavía sigue siendo árbitro y gendarme del planeta, pero nadie sabe cuánto podrá durar ese estatus, viendo su decreciente participación en el PIB mundial a lo largo de los últimos decenios. 

En los días de la república romana, siglo y medio a. de C., la brecha entre ricos y pobres llegó a ser tan grande que el Senado dispuso crear un nuevo cargo político, “el tribuno de la plebe”. Su función era proteger a las masas de los abusos del patriciado. Pero la institución no prosperó. Sus dirigentes se convirtieron en demagogos, golpistas y conspiradores, a imagen y semejanza de los populistas de nuestros días, en especial el señor Trump, tribuno ilustre de la plebe blanca, adalid de la involución política y líder impresentable de una potencia deshonrada y una nación escindida. 

Ave, César. Que la gloria y el laurel de tan portentosa hazaña sean por siempre contigo. Halagos, saludos, coronas de flores. Los claros clarines ya honran tu tacto y tu pulso y entonan los sones que anuncian gozosos tu marcha

 triunfal…

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