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Domingo

La pobreza es virus mortal


La pobreza es la peor de las pandemias. Sobre todo para los niños. Durante casi mil años se creyó en el Limbo, concepto de San Alberto Magno, curiosamente patrono de los estudiantes de ciencias naturales. El Limbo era una región fronteriza con el infierno, donde los niños muertos sin bautismo esperarían el Juicio Final. La Iglesia católica ha suprimido la idea del Limbo pero en Guatemala los niños continúan muriendo, muchos de desnutrición. ¿A dónde irán ahora las almas de los niños muertos?

En una pintura medieval un artista anónimo europeo pintó la Capital de los Ángeles. Eran las almas de los niños muertos sin pecado ascendiendo hacia el cielo. ¿Qué quiso decir con ese lenguaje simbólico reflejado en su lienzo?

Visualizo también el maravilloso cuadro de un pintor español. El título de la obra es Muchachos comiendo uvas y melón. Los niños alegres de Murillo que vio acaso en el sueño. Bartolomé Esteban Murillo nos habla desde un rincón de su siglo de pestes, guerras y miseria, para repetirnos con colores y formas el mensaje imperecedero del maestro de todos los artistas: “Dejad que los niños vengan a mí…”.

Pero en Guatemala continuamos viendo procesiones que trágicamente ascienden a esa simbólica Capital de Los Ángeles. Los niños sin infancia, sin pecados ni culpa alguna. Murieron desnutridos pero bautizados, cruel 

paradoja.

Augusto Monterroso fue categórico al considerar a la organización social de un país donde los niños trabajan y los adultos son desempleados como un verdadero excremento. Sin eufemismos Tito afirmaba de tal organización: “es una mierda”.

El sabio jurisconsulto Lorenzo Montúfar escribe en sus memorias que él nació con toda seguridad el 11 de marzo de 1823, ya que consta en su partida de bautismo redactada por el presbítero Manuel Anguiano y Maestre. Afirma Montúfar que “no se permitía que un niño pernoctara sin bautismo”. Explica que si no hubiera nacido dentro de la religión católica no se sabría a ciencia cierta el día de su nacimiento. La razón, indica el pensador liberal, es que en la Guatemala de hace doscientos años los niños recién nacidos se bautizaban el mismo día del nacimiento para prevenir, en caso de muerte, que pararan en el Limbo. 

Montúfar cuenta también que no pocas veces el precipitado bautismo producía la muerte de los recién nacidos. En el campo los aldeanos, escribe, celebraban la muerte del niño bautizado creyendo que tendrían un ángel en el cielo que velaría por ellos. Montúfar se alarma por esta creencia que hacía que muchos campesinos se sintieran hasta contentos. Escribe: “Cada campesino desea aquella dicha y todos ven como una gran felicidad perder a un niño en la cuna”. Y agrega: “La gente de la ciudad tiene la misma creencia de los aldeanos, el niño está en el cielo y es preciso alegrarse”. Sin duda estamos ante un trágico ejemplo de cómo la religión puede ser el opio del pueblo. ¿Cuánto ha cambiado Guatemala desde entonces?

En la publicación Guatemala ante la lente 1870-1997 editada por CIRMA está incluida la fotografía mortuoria de un infante en su féretro blanco. Fue tomada en el estudio Yas-Noriega en La Antigua hace un siglo. Recuerdo un día de mi propia infancia, en esa misma ciudad colonial, mirando a una mujer indígena que lloraba desesperadamente en las puertas del Calvario frente a una cajita blanca que había dejado por un momento en el suelo empedrado. Mis padres me tomaron de la mano y entramos rápidamente al templo donde se me clavaron, como puñales invisibles, los ojos cristalizados e inverosímiles de la Virgen de la Piedad.

Aquel lúgubre recuerdo de infancia es por desgracia todavía una realidad: los ataúdes blancos continúan produciéndose por miles en Guatemala. Es terrible la situación de la infancia guatemalteca. Se viene advirtiendo sobre la crisis humanitaria de los niños migrantes por la gran cantidad que cruza la frontera y que son detenidos en condiciones inhumanas y separados de sus padres. 

La escritora mexicana Valeria Luiselli puso en el mapamundi de la literatura la grave situación de los niños indocumentados que migran a Estados Unidos. En 2016 Luiselli publicó Los niños perdidos: un ensayo en cuarenta preguntas donde transcribe su experiencia como traductora en Nueva York en los tribunales de migración que deciden el destino de los niños indocumentados procedentes de México y Guatemala. El año pasado salió su novela Lost Children Archive (en español: Archivo de los niños perdidos). En esta obra de ficción se recoge la problemática ya planteada en 2016 en el ensayo citado. La novela está escrita en inglés y es el primer libro que Luiselli ha escrito en esta lengua.

Mujeres y niños resultan las mayores víctimas del inoperante sistema social del país guatemalteco. Las mujeres tienen en promedio 3.8 hijos, cuando a escala latinoamericana el promedio es de 2.2. Los pobres continúan con la práctica de reproducirse y siguen escapándose cuando pueden a Estados Unidos. Informes de Naciones Unidos refieren que en los países más pobres, las altas tasas de natalidad frenan el desarrollo y hacen permanente la pobreza. Es evidente que el crecimiento de la población no está en proporción con la producción de alimentos y de bienes y servicios. Continuando con las estadísticas trágicas, una encuesta indica que el 46 por ciento de las mujeres entre 15 y 49 años ha sufrido violencia física, psíquica o sexual. 

La pobreza ha aumentado en los últimos años. Según un informe de la Secretaría de Planificación y Programación de la Presidencia (Segeplan), la pobreza alcanzó un nivel inaceptable, al ser pobres la mayoría de guatemaltecos, es decir llegó a 59.3 por ciento de habitantes en pobreza y pobreza extrema, de los cuales la población indígena y campesina ocupa los índices más altos. La pobreza es un virus mortal.

Las remesas mantienen al país, son “las inversiones que vienen del extranjero” en este país de fuga de capitales, evasión de impuestos y lavado de dineros.

En educación el promedio de escolaridad es de  5.60 años en el ámbito urbano y más baja aún en el área rural, donde apenas llega a 3.84. Todas estas cifras nos ponen entre los últimos lugares del continente. 

La eliminación de la pobreza no reside en eliminar a los pobres, sino en las causas que los hacen pobres y que impide que Guatemala sea un país realmente moderno en lugar de una sociedad machista, racista y fanático-religiosa. Aunque haya mentecatos que afirmen que la pobreza no tiene causas. Las elites corruptas no combaten la pobreza, viven de ella, y en cambio han inventado fábulas como el llamado castrochavismo. Se dedican también a la adoración del vellocino de oro al cual llaman “soberanía”.

Indignan asimismo las actitudes y palabras de pastores evangélicos que defienden a gobernantes corruptos como Jimmy Morales. Orar con los lobos es un acto moralmente irresponsable. Corrupción y pobreza son dos caras de la misma moneda. Desayunos de oración en un país donde miles de niños no desayunan es hipocresía. Conviene recordar las palabras de Asturias, nuestro premio Nobel: “Para un pueblo hambriento e inactivo, la única forma en la que Dios puede aparecer es en la de comida y trabajo”. 

Guatemala necesita cambios radicales. Alejarse del limbo de las ideas conservadoras que impiden la educación integral de la población, inclusive la educación sexual. No debe tampoco seguirse en el camino excluyente de no integrar y ampliar los beneficios de la tecnología. Queremos que la tecnología mundial llegue a la mayoría de la población para reducir los índices de pobreza. Que la tecnología manejada con honradez y sentido social, levante una infraestructura más segura, base para el desarrollo de la economía, el turismo y las comunicaciones. Y que no queden miles de niños en el campo excluidos de las plataformas digitales integradas a la educación.

Ante todo debe prevalecer la perspectiva del infante sobre las demás. Que cese la fábrica de huérfanos, de niños de la calle y de migrantes. Un sistema que produce pobres debe cambiarse. Richard Adams presentaba a Guatemala como un país crucificado por el poder corrupto de abogados y militares. ¿Hasta cuándo?

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