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Domingo

El sentido de la Nación


Sabiendo que el Derecho, bien sea en sus expresiones más sublimes de perfección o en sus primeros atisbos de ordenamiento, está en todo, es palmario que el concepto de Nación se encuentra tan vinculado, que el primero la reconoce y la respeta como marco generador de la costumbre jurídica, punto inicial de normatividad y, a la vez, es objeto de los desvelos del Estado nacional o del plurinacional. 

La dificultad, como sucede con tantas cosas, está en que no se cuenta con definiciones terminadas y definitivas, cuestión muy seria porque afecta una esfera de la mayor sensibilidad social. Por ello, las acepciones de diccionario no ayudan mucho a entender qué es la nación, resultando más propicio acudir a la entrada de enciclopedias que ofrezcan las variables más significativas. Resulta mejor auxiliarse en la doctrina de los filósofos, antropólogos sociales, sociólogos, juristas, politólogos y, también, del criterio popular, último que refleja, fuera de teorías, el sentimiento del común.

Para Herman Heller, en sintético predicado, hay conexión con la cultura, la conciencia y la voluntad política. Max Weber, imprescindible, también acentuará el toque subjetivo societario que radica en el sentimiento y la solidaridad. Recaséns Siches, tan atinado en el concepto que lo hace accesible por su afortunada calidad didáctica, también señalará el sentimiento nacional. Tan fascinante como práctico resultará acudir a la riqueza espiritual de ideólogos y de autores que investigan acerca del entorno de las agrupaciones humanas. Útil y necesario también debe resultar entender en qué medida el sentimiento de nación pudiera generar un espíritu excluyente, agresivo, discriminatorio y conflictivo, al punto que la virtud del nacionalismo degenerara, por distorsión, en la aberración del exterminio o de la guerra.

En tiempos antiguos el Estado se encarnaba en el sujeto que detentaba el poder absoluto. Con la evolución jurídica la explicación se torna más compleja y progresivamente representativa, hasta llegar a la concepción actual que afina la idea de que el Estado lo constituye la sociedad general incluyente en sentido de comunidad total. Tendríamos que repasar desde las épocas remotas de las primeras agrupaciones humanas, en las que de modo espontáneo surgían formas de estructura política y normativa, fundadas en la costumbre hasta las posteriormente asentadas en la razón. Así pasaríamos revista a los antecedentes de reivindicación del pueblo como sujeto activo creador de las instituciones y, a la vez, titular de la seguridad que la inspiraron. El proceso cultural es de largo recorrido y de penosas luchas para concretar los conceptos políticos. Lo resumió el genio de pensadores egregios y lo materializaron, en diversas formas, grandes acontecimientos mundiales como las revoluciones inglesa, norteamericana, francesa y rusa.

El Estado surgió de la dinámica social, imponiéndose como necesidad de coherencia de los individuos agrupados políticamente, primero por fines de seguridad interna y externa y, luego, ampliados al bien común. Los elementos que conforman el Estado son virtuales, pero hay uno que es radical: el pueblo, constituido en una nación o un conjunto de naciones vinculadas por un fuerte lazo de solidaridad. Así lo indica el genio de Renán: “La nación está formada más por los muertos que por los vivos”.

La agrupación de individuos en sociedades y las sociedades en naciones da curso a la institucionalidad política. Las naciones son más, mucho más numerosas que los Estados. A este punto se identifican apenas una veintena de Estados nacionales y se sabe de por lo menos 2 mil “naciones” cohabitando en unos 200 Estados. Si el Estado es la unidad característica de la identidad política, la Nación es la más entrañable de la sangre y del espíritu, porque configura la comunidad humana de un mismo origen étnico con sus ingredientes históricos de cultura, religión, idioma y costumbres.

Parece común que se identifique Estado con Nación, suponiendo que uno y otro conforman el mismo ente o que son la misma cosa. Esto no es correcto porque se mezcla una entelequia o idea con una realidad o naturaleza. Puede haber quien nace y muera sin entender la idea del Estado, aun cuando este se apodere de mucho de su destino, lo obligue y lo constriña. En cambio, algo más entrañable, que lo sabe suyo y tangible, cuyas costumbres entiende y asimila, las replica y las inculca, es ese sentimiento de pertenencia a una colectividad con la que comparte rasgos que le son característicos, tales sus afinidades, su idioma, sus deidades y sus ritos, las formas de constitución familiar y la transmisión de su acervo. También se identifica por compartir sus áreas territoriales que delimitan sus propias identidades culturales. Si bien se detectarían naciones sin Estado y otras naciones errantes o migrantes, también es signo de los tiempos los Estados plurinacionales.

Reflexivos filósofos han señalado algunas cosas que es conveniente observar con cuidado. Por ejemplo, que una nación necesariamente sea una comunidad de sangre; no obstante se ponen a la vista los casos de pueblos que se han amalgamado más por la historia que por los rasgos biológicos. De esa manera se han llegado a preguntar: ¿Qué comunidad de sangre puede hablarse en España, donde se mezclan a lo largo del tiempo linajes íberos, celtas, ligures, fenicios, cartagineses, romanos, judíos, germanos, árabes, bereberes, normandos, flamencos, y otros? (Recaséns Siches: Sociología)

Esta diversidad de naciones con diferentes características dentro de un solo Estado es evidente en aquellos que cubren vastos territorios, como se pueden apreciar en China, India, Rusia y Estados Unidos de América. Asimismo concurren en países de escaso territorio como Suiza o Bélgica que las constituyeron nacionales de distinta raíz.

Las virtudes de las naciones son de tal naturaleza que la vida de los seres individuales alcanza su mayor significado en esa agregación formada por el registro histórico-cultural, simbólico y emblemático, que se ha construido desde tiempos remotos y se ha consolidado en un espíritu, una sensibilidad colectiva, legendaria y tradicional, que ha formado el genio y la figura de cada una. De esa continuación de la estirpe o el linaje social, surgen los elementos del patriotismo, mortero de la solidaridad que las identifica. 

Tulio Cicerón encontró el origen natural del Estado en el instinto social de los seres humanos, reunidos por el consentimiento a la ley y asociados por el bien común. De ahí que un Estado que no postula ni garantiza la equidad, la igualdad y la no-discriminación carece de la base unitiva que lo justifica y fortalece. Afirmar la existencia de una sociedad auténticamente plural impide que sector social alguno pretenda distinguirse por negar las culturas ajenas ni por su pretensión de predominio. La coexistencia cultural y étnica tiene la importancia de la diversidad en la unidad del país. 

Lo han dicho los iluminados: Herman Heller: “El pueblo cultural que en sí es políticamente amorfo se convierte en nación cuando la conciencia de pertenecer al conjunto llega a transformarse en una conexión de voluntad política”. Abraham Lincoln: “Una casa dividida contra ella misma no puede sostenerse”. Ernesto Renán: “La existencia de una Nación es un plebiscito de todos los días, como la existencia del individuo es una afirmación perpetua de vida”. Nelson Mandela: “Al público blanco le decía que necesitábamos de ellos y que no queríamos que abandonaran el país. Eran sudafricanos, como nosotros, y aquella tierra era también la suya. No podía morderme la lengua a la hora de hablar de los horrores del apartheid, pero repetía una y otra vez que debíamos olvidar el pasado y concentrarnos en la construcción de un futuro mejor para todos”.

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