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Domingo

¡Otro, otro, otro!


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Los alborotos políticos del pasado diciembre, ocasionados por un presupuesto elaborado en las cloacas y excuso decir a oscuras, trajeron a mi conciencia y mi memoria la visión pesimista del ser humano, expresada en una célebre frase de Kant: “Del tronco torcido del hombre no se puede esperar que salga nada recto”. La idea estaba implícita en el Génesis y en los profetas hebreos, y empapó la obra de Schopenhauer, Kierkegaard y la teología de Calvino, para quien la caída de Adán dejó a la humanidad dañada y sin capacidad para redimirse. Según este ideario teológico/intelectual, los hombres nacemos con una irrefrenable compulsión a retorcernos, como esas columnas de los altares barrocos que se enroscan en el fuste lo mismo que serpientes. E influido por tan positivas reflexiones, se me ocurrió pensar si no será eso lo que le ocurre a nuestra clase política y si la deformación que padece no tiene ya arreglo posible.

Pido perdón por decirlo así, pero no encuentro otra manera de explicarlo mejor. Las etapas de Serrano, Pérez Molina, Jimmy Morales y ahora Giammattei parecen cortadas por la misma tijera. Abuso de poder, manifestaciones públicas, peticiones de dimisión, marcha atrás forzada por las presiones de la calle. La imaginación política ha de estar tan exhausta o tan corrupta que la única solución de las masas pareciera ser defenestrar a los representantes del pueblo, como me contaba en cierta ocasión Jorge Skinner-Klee, padre, con aquel su mordaz gracejo que le era tan peculiar.  Ocurrió, me dijo, en cierta ocasión (no puedo recordar bajo qué gobierno) cuando una multitud invadió el Congreso de la República. Varios diputados fueron cazados en el hemiciclo y arrojados por una ventana ante las demandas de la multitud que, apretujada en la 9a. avenida, y tras patear al diputado de turno, gritaba con regocijo: ¡otro, otro, otro!

La clase política ha envilecido una democracia que tanta sangre  costó y las reiteradas llamadas al enderezado y pintura del sistema no son escuchadas. Vivimos una variante de  despotismo en el que los hombres y mujeres que gobiernan tratan todo el tiempo de sortear, evadir, violentar o burlar las leyes mediante una picaresca jurídica rayana en la desfachatez. Son como “los intocables”. Se sienten seguros porque el sistema les protege, lo mismo que a Justo Rufino Barrios le protegía la Constitución de su tiempo, una carta magna diseñada a la medida del dictador y a la cual se calificaba de “jaula con barrotes de seda”. A los diputados de hoy, no hay nada que les impida salirse de su sedosa pajarera y hacer cuanto disparate se les antoja. Son inmunes a las leyes. No hay corrección ni castigo. Los frenos y los candados no operan. Y del lado ciudadano faltan ideas para corregir el mal. De ahí que, tras los incidentes de noviembre/diciembre, sea legítimo preguntarse: ¿Se repetirá otra vez la crisis? ¿Es esto lo que nos deparará el nuevo año? 

Días atrás, mencionaba en estas páginas la teoría de Toynbee sobre el colapso de las civilizaciones. Ante un obstáculo mayor, escribió el historiador inglés, las minorías rectoras descubren que no tienen la creatividad necesaria para dar una respuesta. De resultas, las mayorías no saben qué camino tomar. No hay mímesis ni adhesión a las minorías. La dispersión y el caos les siguen. Por último, la civilización se desploma. Pues bien, el mecanismo es el mismo para gobiernos, corporaciones y, en general, para toda clase de organizaciones humanas complejas. Lo sé bien, lo he vivido. La falta de un liderazgo renovador ha sido siempre el principio del fin de aquellas cuando al grupo dirigente se le agotan las iniciativas. 

Quizá nos hallemos en una encrucijada así. Cuando en cenáculos y medios informativos empiezan a reiterarse frases como “no hay salida” o “no hay respuestas”, mala cosa. Las elites no saben qué camino tomar. No son imagen ni luz. Las mayorías viven agraviadas y sin brújula. Y si el ciclo no se rompe, una situación como la  de días pasados volverá a aflorar, haciendo buena la tesis de Calvino y demás entusiastas de la retorcida condición humana. 

En otros tiempos y otras circunstancias, la respuesta habría sido el tradicional  “barrido”  militar. Hoy, en cambio, contamos con instituciones de una conformación legal impecable, creadas para evitar esa situación. Pero tampoco ellas han sabido o podido evitar el deterioro. De manera que, si es cierto que la actual clase política tiene el fuste torcido, ¿qué hacer?  Era la pregunta que Lenin se hacía en un panfleto con ese título donde criticaba, entre otras cosas, a quienes confiaban en la espontaneidad de las masas para resolver esta clase de aprietos. Y creo que tenía razón. ¿Cómo enderezar, entonces, una democracia envilecida por la clase política? ¿Cómo prevenir un nuevo incidente de esta interminable serie de humillaciones y ofensas al ciudadano común? Y sobre todo, ¿cómo depurar una vida pública dominada por la codicia y el dinero sucio? 

De momento, no se ven respuestas. La promesa de los poderes según la cual, a partir de ahora van a estar bien portados ha sido solo buena para aplacar el hervor popular. Su efecto sin embargo, me sospecho, será como el de cortarse las uñas: volverán a crecer sin remedio. Y al cabo, podría repetirse algo tan humillante como ver de nuevo la fachada del Congreso tapiada con láminas y protegida por policías armados, no sea que a las turbas se le ocurra invadirlo para defenestrar uno a uno a sus representantes a los gritos de ¡otro, otro, otro! Un episodio semejante al que las turbas de Trump han protagonizado esta semana en el Congreso de Estados Unidos. 

Qué humanidad, válganme los cielos. ¿O no es para pensar que, en efecto, no tenemos compostura? 

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